La imagen de la destrucción de las Torres Gemelas permanece encapsulada en la memoria de quienes la observamos, casi en tiempo real, la mañana del 11 de septiembre de 2001.

Lo imposible saltó a la realidad con figura de pesadilla.

La trampa del tiempo presente consiste en convertir el pasado en líquido, pero al solo mencionar “11 de septiembre” no es necesario referir el año. Lo sabemos es 2001.

Lo sólido del tiempo presente lo representa el regreso del grupo talibán al poder en Afganistán. La mirada estratégica del presidente George W. Bush oscurece o solo emite sombras.

Sobre la intervención en Irak solo queda la cifra de muertos y la caída del dictador Sadam Husein.

El contenido semiótico de la imagen de la destrucción de las Torres Gemelas solo es comparable con la figura del hongo que dejó la bomba nuclear en Hiroshima.

El espacio que dejaron las Torres Gemelas no está vacío, permanece en nuestra mente.

En 2001 era difícil asimilar la proyección de escenarios donde la migración se convertiría en estelar de los noticieros; lo mismo en Damasco, Tapachula o Caracas, los flujos migratorios retratan la desesperanza de quienes huyen de sus respectivos apocalipsis.

La vulnerabilidad que representa el cambio climático ha sido condensada en planes, acciones, estrategias y tácticas. El protagonismo de la mujer, también. Avances significativos.

La tecnología ha reducido de tamaño del planeta Tierra, o si se prefiere, ha colocado hombro con hombro a quienes se comunican a través de teléfonos celulares.

La distancia corta con la ludopatía la facilita Apple o Netflix.

Las audiencias globales atienden al mainstream que empujan las tendencias a través de redes sociales.

En septiembre de 2001 no era imaginable que la política en América Latina se pareciera más a la africana que a la europea en 2021. Sorprende que, en la actualidad, la agenda geopolítica, con excepción de China, no contemple a América Latina. En esta región la democracia se devalúa más que las monedas. El desencanto crece más que la inflación. El populismo, como el cuarto poder transversal.

Durante 20 años la mirada geopolítica continúa centrándose en Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y, en la última década, China, sin embargo, América Latina ha salido de cuadro.

Nayib Bukele no se habla con el hondureño Juan Orlando Hernández. Con el guatemalteco Giammattei, lo mínimo indispensable. Bukele ha criticado al chavismo pero al parecer, es su inspiración.

Álvaro Uribe heredó su sistema, pero Santos se distanció de él. Iván Duque ha ingresado en una espiral de debilitamiento tan pronunciado como el del chileno Sebastián Piñera.

En Bolivia, Evo Morales violó la Constitución para intentar perpetuarse en el poder. Provocó una crisis multidimensional, pero Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador lo santificaron para intentar salvarlo.

Nicolás Maduro se enfrentó a una oposición sin visión de Estado. La dividió y triunfó. Venezuela es una dictadura tipo Cuba, pero en el camino, más de cinco millones de venezolanos han dejado el país y un conjunto de sanciones económicas provenientes de Europa y Estados Unidos han debilitado a Maduro, pero no al ejército.

En 20 años, al fantasma de la inflación argentina se le ve todos los días caminando con salud, lo mismo vestida de peronista que de macrismo. Cambian los años, pero no las crisis.

En México, el presidente López Obrador no habla del futuro, pero sí del pasado. Un pasado que oscila entre la conquista española y el llamado neoliberalismo heredado por Salinas de Gortari.

11 de septiembre.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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