El descalabro del crudo se ha convertido en una pesadilla para los inversionistas. Lejos quedan los llamamientos al júbilo por el abaratamiento de la factura energética, que, a priori, debía estimular el crecimiento mundial y, por ende, los mercados. Pero, lejos de generar optimismo, el desplome del petróleo provoca cada vez mayor inquietud. Aunque los beneficios de una energía barata son evidentes, esta realidad -como cualquier realidad económica- presenta una cara menos afable, que, en opinión de José Luis Martínez, de Citi, pesan más que los factores positivos.

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Y es que, sin ir más lejos, el ahorro esperado por los países importadores de petróleo representa, al mismo tiempo, una elevada merma en los ingresos de los productores de crudo. Los presupuestos de países como Arabia Saudí, Rusia, Irak, Noruega, Venezuela, Canadá o México se ven seriamente dañados. "La capacidad de compra de estas economías se ve muy penalizada, con efectos negativos para las compañías de los países desarrollados que tradicionalmente les han vendido productos y servicios", apunta Juan José Fernández-Figares, de Link Securities.

A priori, un mal menor, pero sus implicaciones van más allá. Sin ir más lejos, como comenta Pablo García, de Carax-Alphavalue, países como Arabia Saudí tienen importantes posiciones en deuda que, probablemente, no van a renovar. La posibilidad de que algunos de los principales fondos soberanos, afectados por la situación del crudo, deshagan posiciones es otra de las cuestiones que aquejan a los mercados. "El colapso de los precios del petróleo ha elevado la preocupación de que muchos fondos soberanos se verán obligados a liquidar sus grandes tenencias de activos financieros, poniendo más presión sobre los precios de mercado", señalaba recientemente Capital Economics.

Además, algunos analistas empiezan a alertar de los riesgos geopolíticos que un petróleo a estos niveles conlleva en regiones especialmente convulsas como Oriente Medio o en la misma Rusia.

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Lógicamente, el descalabro del petróleo tiene un efecto nada desdeñable sobre las compañías del sector energético. Éstas, han pagado la situación con una pérdida conjunta de valor en las bolsas mundiales próxima a los 3 billones de dólares en apenas 18 meses. Teniendo en cuenta el peso de este sector en las bolsas -en el Stoxx 600 representaban por entonces el 7.5%-, es lógico que su declive haya tenido un impacto notorio en el conjunto del mercado. Estas caídas en Bolsa tienden a generar un efecto psicológico negativo entre los inversionistas, que lo interpretan como una pérdida de riqueza.

Pero más importante que esto resulta el previsible frenazo en la industria. Existe consenso entre los expertos en que a los precios actuales buena parte de la industria energética resulta insostenible. Esto tiene notables implicaciones en economías como la de Estados Unidos, que ha tenido en toda la inversión relativa al shale oil uno de sus grandes apoyos. Un impulso que en el entorno actual comienza a apagarse a nivel global. Según la consultora Wood Mackenzie, desde 2014, proyectos energético por valor de 380,000 millones de dólares han quedado aparcados. Esta parece una de las claves de la desaceleración a nivel mundial del sector industrial, una de las grandes amenazas para la recuperación económica.

En una dimensión financiera, la enorme deuda acumulada por estas compañías es otro foco de inquietud. Se calcula que hasta un 27% de la deuda high yield emitida en Estados Unidos en los últimos años está vinculada a compañías petroleras. El mal tono de este mercado en los últimos meses evidencia los miedos de los inversionistas. Y algunos expertos advierten de que esos problemas podrían acabar colapsando el mercado high yield. "El principal riesgo y driver del mercado, a día de hoy y en el futuro inmediato, es que la previsible secuencia de impagos de empresas energéticas, y el impago de los llamados Oil & Gas leverage loans, se extienda más allá del propio sector", afirma Alex Fusté, de Andbank. En su opinión esto podría colapsar las opciones de financiación de muchas empresas en Estados Unidos, lo que generaría un efecto dominó.

Y los bancos también podrían verse afectados. Esta semana, Bank of America reconocía tener más de 21,000 millones de dólares en créditos expuestos al sector energético. Y JPMorgan también ha mostrado inquietud por esta misma razón.

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Por si fuera poco, a esto habría que añadirle el impacto negativo de este escenario sobre la inflación. Aunque las valoraciones que toman como referencia los bancos centrales suelen excluir los precios del crudo, por su volatilidad, resulta indiscutible que, el descalabro actual del sector, traslada presiones bajistas sobre otro tipo de activos, como los metales industriales que son utilizados de forma abundante en las infraestructuras energéticas. No en vano, las expectativas de inflación a nivel mundial han caído en picado en las últimas semanas, de la mano del petróleo.

Esto supone un nuevo hándicap en los planes de los bancos centrales, cuya lucha por generar inflación no es un capricho, ya que ésta resulta básica para que se ejecute el necesario desapalancamiento de la economía.

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Porque, además, las favorables expectativas de un incremento del consumo en las economías importadoras no se han visto cumplidas del modo esperado. "Esto hace de esta crisis del petróleo una excepcional, diferente al resto", apunta Rodrigo Villamizar, profesor del IEB. Los expertos creen que la debilidad de la demanda a nivel mundial resta atractivo al abaratamiento de la energía.

Esta serie de amenazas explica el nerviosismo de los inversionistas ante las caídas del crudo. Para la mayoría de expertos los riesgos de que esto desemboque en una nueva recesión son muy limitados. "Viendo las actualizaciones macro del Banco Mundial y del FMI, parece exagerado. El riesgo de una desaceleración mayor está ahí, aunque los últimos datos apuntan más bien a un frenazo suave", comenta Pablo García.

Tampoco parecen racionales los descensos del petróleo. "Hay mucho momentum y poca racionalidad. Mucho miedo, especialmente en los niveles actuales", apunta José Luis Martínez. Firmas como Natixis, BNP Paribas y Lloyds prevén que el crudo cierre 2016 por encima de los 40 dólares. Pero, como observa Rodrigo Villamiza, existe tal exceso de oferta (con escasas expectativas de recorte) y una demanda tan poco pujante, que, "vamos a tener que esperar mucho hasta que la demanda pueda absorber el exceso del petróleo, por lo que el repunte hasta niveles que se consideran más razonables, entre 50 y 70 dólares puede dilatarse aún bastante tiempo", concluye.

Una suma de riesgos e incógnitas en torno al crudo que oscurece las perspectivas de los mercados.

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