La investigación sobre la conspiración rusa para intervenir la elección presidencial estadounidense del 2016 se ha nutrido de los rastros digitales que dejaron durante sus viajes los sujetos implicados, haciendo pagos o comunicándose por medio de tecnologías como Facebook y Gmail.

Estas migajas aportaron información suficiente para que el fiscal especial, Robert S. Mueller III, presentara una acusación formal contra la Agencia de Investigación en Internet y 13 asociados rusos.

Sin embargo, cuando al cabo de dos años finalmente se está prestando atención a la campaña rusa de desinformación, destaca que existe poca claridad sobre cómo evitar interferencias futuras en la política estadounidense.

Amenaza

La semana pasada, las agencias de inteligencia estadounidenses advirtieron que el gobierno federal no está equipado para combatir las campañas de desinformación, lo cual resulta alarmante si se considera que este otoño se asoman las elecciones intermedias al Congreso.

Por su parte, las empresas de tecnología han cooperado con los investigadores federales, aunque reconocen que aún es difícil detectar y atacar la propaganda extranjera sin infringir el derecho de expresión de los estadounidenses.

Clinton Watts, un antiguo agente del FBI, advirtió reiteradamente al Congreso sobre estos problemas. “No hay nadie a cargo de esto. A nadie se le ha asignado esta tarea (…) El FBI no contempla monitorear las redes sociales con anticipación. No será posible detectarlo anticipadamente”.

Algunas compañías de tecnología se han mostrado reacias a permitir un mayor escrutinio gubernamental o a coartar la capacidad de los usuarios para expresarse anónimamente y, si así lo desean, usar herramientas para maximizar el alcance de ciertos mensajes. Pero el evidente poder de sus plataformas —y como los rusos los han usado— ha forzado a las compañías a discutir este tema con legisladores y reguladores.

Las consecuencias de sus estrategias de negocio se hicieron evidentes en días recientes, cuando las plataformas de monitoreo que vigilan las campañas de desinformación en Twitter detectaron conversaciones en torno al tiroteo del miércoles en una escuela en Florida y los esfuerzos aparentes por ampliar la polarización en los debates en torno a la regulación de armas.

Herramientas necesarias

En enero, este mismo sistema de monitoreo —Hamilton 68, alojado por la Alianza para Asegurar la Democracia en Washington— evidenció los esfuerzos sistemáticos de los rusos para impulsar la campaña digital #ReleaseTheMemo, que finalmente tuvo éxito en promover la publicación de un memorándum republicano, alegando la negligencia del FBI en la vigilancia a un asistente de campaña de Trump.

“Como escuchamos esta semana de los principales funcionarios de inteligencia del país, Rusia sigue utilizando las redes sociales para atacar nuestras instituciones democráticas y sembrar la discordia entre los estadounidenses”, dijo el senador Mark R. Warner, el principal demócrata en el Comité de Inteligencia del Senado, en un comunicado después de que se diera a conocer la acusación del fiscal especial. Warner ayudó a dirigir una investigación del Senado sobre la manipulación rusa en Facebook, Twitter y Google.

Los expertos en redes sociales son particularmente críticos con Twitter porque los usuarios pueden registrarse con nombres falsos y, dentro de ciertas pautas, usar herramientas de automatización para publicar a un ritmo difícil de igualar para los seres humanos. Twitter se reservó sus comentarios sobre la acusación del viernes.

“La investigación es verdaderamente certera. Sabemos que en Twitter estas aplicaciones se utilizan con más frecuencia para atacar y dividir que para comunicar a las personas”, dijo Samuel C. Woolley, director de Investigación del Laboratorio de Inteligencia Digital del Instituto p

ara el Futuro, en Palo Alto, California. “Es hora de que las compañías de redes sociales promuevan la democracia”.

La mayoría de los investigadores consideran que Facebook es significativamente más influyente. El requisito para que los usuarios utilicen sus nombres reales al crear cuentas no impidió que la Agencia de Investigación de Internet creara cuentas falsas, comprara 3,000 anuncios dirigidos a votantes estadounidenses y creara publicaciones gratuitas con gran alcance (126 millones de personas). Instagram, que también es propiedad de Facebook, no requiere de nombres auténticos de usuarios, por lo que también fue objeto de la campaña de desinformación rusa.

De acuerdo con la acusación formal de Mueller, la Agencia de Investigación de Internet, una empresa privada establecida en San Petersburgo y definida a menudo como la principal granja de trolls de Rusia, robó la identidad de varios estadounidenses, incluyendo fechas de nacimiento, domicilios y números de seguridad social, para crear cuentas de Facebook y PayPal.

La división entre lo que podemos saber del pasado y prevenir en el futuro luce abismal, según Watts y otros expertos, debido a la renuencia del presidente Trump a respaldar lo que las agencias de inteligencia federales han expresado sobre la campaña de desinformación rusa y su negativa para emplear recursos gubernamentales contra estas amenazas.

Expertos independientes cuestionan cuánto pueden hacer las empresas de tecnología y los funcionarios de los Estados Unidos contra un adversario determinado y capaz de explotar las fortalezas tradicionales de Estados Unidos: herramientas tecnológicas, libertad de expresión y estado de derecho.

Michael Carpenter, un exfuncionario del Pentágono y de la Casa Blanca que trabajó en asuntos de política rusa durante la administración de Obama, dijo que la respuesta podría ser una mejor educación sobre la amenaza. Señaló que, durante las elecciones presidenciales de Francia en el 2017, el envío de correos electrónicos en menoscabo del candidato Emmanuel Macron no le impidió ganar.

Todavía no está claro si Estados Unidos será capaz de resistir una campaña rusa de desinformación —o de otros países— en las próximas elecciones.

Los esfuerzos para comprender lo que sucedió en el 2016 avanzan rápidamente, aunque los esfuerzos para evitar que ocurra de nuevo no avanzan al mismo ritmo. “Tendremos que encontrar una forma para que la conversación en Internet sea más sólida ante estas formas de trolleo institucionalizado y profesional”, dijo Peter Eckersley, jefe de Informática de la Electronic Frontier Foundation, un grupo promotor de las libertades civiles con sede en San Francisco.