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El T-MEC y el efecto de incertidumbre

Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“La incertidumbre es la única certeza que existe y saber vivir con la inseguridad es la única seguridad.” John Allen Paulos, matemático
Este 1º de julio, la Comisión de Libre Comercio del T-MEC, integrada por representantes de México, Estados Unidos y Canadá, llevó a cabo la reunión que inicia formalmente la revisión conjunta prevista en el tratado desde su firma. La nota que dominó las noticias señala que Estados Unidos no aceptó renovar el tratado en su forma actual, lo que generó alarma y urgencia entre muchos grupos.
Pero conviene precisar qué implica lo anterior: el T-MEC no se suspende, no se congela ni cambia de forma inmediata ni una sola regla de origen ni un arancel. Sigue operando como lo ha venido haciendo y los tres países confirmaron una tercera ronda de negociaciones bilaterales entre México y Estados Unidos para la semana del 20 de julio.
La confusión entre no renovar y terminar, aunque comprensible, constituye un error de interpretación del texto del acuerdo. El artículo 34.7 se refiere a la vigencia y revisión del tratado y ahí se señala que, a los seis años de haber entrado en vigor, las tres partes deben manifestar si extienden el tratado por 16 años adicionales. Si no hay confirmación unánime, como ocurrió hoy, el tratado no desaparece: entra en un régimen de revisiones anuales que puede prolongarse hasta por diez años, con fecha límite el 1 de julio de 2036. En cualquier punto de ese ciclo, los tres gobiernos pueden acordar la extensión de 16 años que hoy no se acordó. Solo si nunca se llega a un consenso, el acuerdo expirará en esa fecha.
Ese mecanismo es distinto de la denuncia o del retiro unilateral, también previsto en el tratado, que exige una notificación con seis meses de anticipación. Ninguna de las tres partes lo ha activado ni ha dado señales de que pretenda hacerlo. Además, existe la vía de consultas prevista en el Capítulo 31 y la posibilidad de enmiendas puntuales previstas en el Artículo 34.3, que permiten ajustar áreas específicas sin necesidad de reabrir el texto completo. El acuerdo contempló desde su diseño la posibilidad de que cualquiera de los tres países decidiera no renovarlo de inmediato. Lo que estamos observando no es una ruptura del marco trilateral, sino uno de los escenarios previstos en el tratado.
Aclarado el alcance, tampoco es adecuado restar importancia al tema. Más allá de una lógica estrictamente jurídica, en la que hoy no se altera ninguna regla operativa, sí existe un claro efecto de incertidumbre, sobre todo para las empresas que toman decisiones de inversión a largo plazo.
Estudios con enfoque conductual sobre la aversión a la ambigüedad coinciden en que los agentes económicos no reaccionan de la misma manera ante un riesgo cuantificable que ante una incertidumbre sin fecha de resolución.
Un tratado vigente, pero en revisión perpetua, no genera el mismo comportamiento de inversión que un tratado "renovado por 16 años", aunque el texto legal aplicable sea idéntico en ambos casos. Por ello, el costo del anuncio de EUA no está en el articulado mismo, sino en la potencial postergación de decisiones de inversión que exigen certidumbre para concretarse.
Los especialistas que han seguido de cerca el proceso coinciden, en lo esencial, con esta lectura. Luis de la Calle, quien participó en la negociación original del tratado, ha sostenido desde hace meses que el escenario más probable no era llegar a julio con una renovación cerrada, sino precisamente activar el mecanismo de revisiones posteriores sin tocar el núcleo del acuerdo. Para muchos especialistas, la probabilidad de que Estados Unidos abandone el T-MEC es muy remota debido al alto nivel de interdependencia productiva entre los tres países.
Kenneth Smith Ramos, quien encabezó técnicamente la negociación por parte de México, ha insistido en que no hay indicios de una salida inminente, pero sí ha advertido de un riesgo distinto: que la administración Trump prefiera mantener el proceso abierto indefinidamente, usando la revisión anual como instrumento de presión constante sobre nuestro país.
La vigencia del T-MEC nunca estuvo en duda entre los especialistas; pero lo que está en juego es cuánto tiempo de ambigüedad puede tolerar la inversión productiva, antes de que el costo de la incertidumbre se traduzca en proyectos pospuestos y decisiones diferidas o dirigidas hacia otras regiones del mundo.
La pregunta que debería ocupar la agenda pública en las próximas semanas no es si el T-MEC sobrevive, sino si México llegará a la ronda de negociación del 20 de julio (y las que vengan) con la capacidad institucional y el respaldo del sector privado. Son indispensables.

