Moscú.-  Frida Kahlo de ojos verdes, guerreros aztecas con la piel blanca, playeras verdes y muchas máscaras de luchadores. La festividad de los aficionados mexicanos despierta el interés de residentes y extranjeros. Es común escuchar, como en las culturas prehispánicas, que la primera unidad de valor en el mercado, el trueque, sirve para realizar las primeras transacciones en Rusia.

“Te cambió mi ushanka por un sombrero de charro”, dice un joven moscovita. El gorro tradicional ruso sirve para soportar los 20 grados centígrados bajo cero que hay en invierno.

Un guerrerense hace efectiva la operación y con eso pasará el invierno de Acapulco de 18 grados. Ya tiene con qué cubrir su cabeza.

Moscú ha sido la ciudad de tránsito de la Copa del Mundo. A sus 12 millones de habitantes, que la convierten en la ciudad europea más grande del mundo, el Ministerio de transporte indicó que se le sumaron entre 60,000 y 80,000 aficionados extranjeros por día. En una tregua donde está permitido mostrar tu orgullo nacional, con banderas o playeras, los mexicanos son quienes más vestuario y teatralidad han utilizado para los días de partido.

Los argentinos con sus cánticos, los peruanos con su camiseta para indicar que regresaron a un Mundial después de 36 años, y a los pocos aficionados marroquíes, iraníes y tunecinos es fácil identificarlos porque hacen un ritual ceremonial donde realizan reverencias al centro.

Los aficionados mexicanos prefieren el bullicio, la exhibición y extravagancia de las plumas en los penachos, los taparrabos con Converse y las mascaras de Rey Misterio, Blue Demon y Dr. Wagner.

“Yo traje tres máscaras, dos sombreros, cinco playeras y varios llaveros para poder intercambiar con aficionados locales o extranjeros”, dice Daniel Arriaga, aficionado mexicano que viajó desde Acapulco para ver los tres partidos de la Selección Mexicana en fase de grupos.

“A ellos les gusta cómo nos vestimos sólo para ir a ver un partido de futbol”, añade.

Ya lleva en la maleta de regreso a México una playera de San Lorenzo, un gorro moscovita, y un par de botellas de vodka.

Roger Bartra, sociólogo mexicano, en su obra la Jaula de la melancolía, intenta explicar lo mexicano desde la variable del desmadre, ese carácter que define al “pelado, migrante pobre y de origen campesino en la ciudad, atrapado entre dos mundos: el primitivo y el moderno”.

Los aficionados que viajaron a Rusia no pertenecen al grupo que define el sociólogo, algunos han pagado hasta 150,000 pesos por el viaje al Mundial ruso, pero para demostrar lo mexicano recurren a los símbolos que definen la identidad en el mundo.

Es aquella persona que ha perdido contacto con sus tradiciones, pero que en un evento donde también se lucha por demostrar el nacionalismo, los mexicanos destacan los rasgos nacionales, el tequila, las luchas, lo indígena.

El relajo, dice Bartra, es una forma de lenguaje que convierte todo en caos. Así es en Rusia, donde entre Fridas rubias y con ceja delineada, guerreros aztecas con tenis Nike, y enmascarados que nunca han asistido al cuadrilátero, utilizan a la Selección Mexicana para comprobar la teoría de Roger Bartra. 

El relajo mexicano es una novedad en Moscú.