Hace unos años perdí cierto gusto por los conciertos de rock. Supongo que a todo rocker le pasa: cumples 33, 34, 35, empiezas a descubrir nuevos géneros, las bandas cada vez te entusiasman menos, el público te cae mal. No sé. Decidí no convertirme en un chavorruca.

En especial dejé de ir a festivales. Mis rodillas y mi tolerancia a los Sanirent no son los mismos a los 16 que a los treintaitantos, pero no es sólo eso. Los festivales me parecen mediocres. Y eso que estamos en la era del festival. Se supone que cada vez son mejores: se supone que el Corona trajo un gran cartel este año, pero ¿Pet Shop Boys? ¿Really? ¿Voy a echarme 10 horas de pie para ver a The Killers? ¿Esas son las grandes bandas de hoy?

Creo que mi desencanto por los conciertos vino de uno en especial: el de Bruce Springsteen en el Palacio de los Deportes hace un par de años. No porque fuera un mal concierto, no, lo contrario: fue un concierto inmenso. Horas y horas de la mejor experiencia rock de mi vida. Oh, Bruce, me destruiste para los demás.

En estos años sólo he encontrado solaz en el heavy metal. Los metaleros todavía saben cómo dar un show. La Diablo Swing Orchestra le da 10 patadas en la entrepierna a los Killers.

Me puse a hablar de rock porque el Gustavo Casasola propone que este año vayamos a más festivales y shows al aire libre. Lo pondré en mi lista. Ay, volver, con la frente marchita.