Mi único tema es lo que ya no está

Y mi obsesión se llama lo perdido

Contraelegía

Qué triste se abre hoy este Garage. Qué desolada se siente la dueña del changarro. Es lunes por la mañana, el lunes después de la muerte de José Emilio Pacheco.

Como escribió Fabrizio Mejía ?Madrid en Twitter estos días, todo será yo lo conocí , fue mi maestro , no me contestó . El funeral de Pacheco será, como el de su amigo Monsiváis, una pasarela. Los intelectuales (así les dicen) son, en estas ocasiones, como adolescentes ricos afuera de un antro: van a que los miren. Algunos escribirán testimonios enrevesados de su relación con el poeta, otros sacarán a relucir sus riñas secretas, en fin. Será divertido, tal vez, pero ¿será el homenaje que se merece el poeta?

Los premios, los títulos, las citas, ¿alcanzan a dibujar al personaje?

José Emilio Pacheco siempre dejó que fuera la palabra la que hablara. Casi no dio entrevistas. Iba a los homenajes a regañadientes. No era el intelectual público que opinaba de lo que le preguntaran. Si uno quiere conocerlo para eso están los libros.

Entre los reporteros culturales, la entrevista con Pacheco era un grial, un Moby Dick: cacería de toda la carrera.

La reportera Irma Gallo escribió hace un año para la revista Variopinto un texto de título Crónica de la entrevista que no fue . Como se imaginarán, es la narración de un intento fallido de entrevistar a Pacheco.

Dice Irma, recordando un homenaje que le hiciera la UAM al escritor: La memoria (paradoja cuando se quiere aplicar este ejercicio a él, maestro de ésta) lo dibuja fuerte, entero, y hay que decirlo, gruñón . A veces los mejores retratos son a distancia.

En la crónica, Pacheco es un hombre mayor en silla de ruedas, sentado en un cansador homenaje en Yucatán; un abuelo aburrido que sólo se alegra cuando habla con sus nietos, sus jóvenes lectores, que se comportan como fans: le preguntan si es feliz ( creo en la alegría, no en la idea comercial de la felicidad... A mí me da placer un trago de agua fresca, comer un pan ) y por supuesto le preguntan por Las batallas en el desierto, su novela más querida y famosa.

Después, nada. La entrevista acordada no sucede. Cristina Pacheco, entrevistadora famosa y pareja de José Emilio, es la encargada de negar el encuentro. Pacheco se escapa, me imagino, con el alivio de un introvertido que huye de un cuarto con gente extraña.

Congruente con esa vida tan reservada fue su muerte. El sábado en la tarde se coló la información de que Pacheco estaba hospitalizado. Su hija Laura Emilia confirmó la noticia sin explicar claramente qué pasó. La versión más repetida es que se cayó en su casa, por la noche, y se pegó en la cabeza. Se fue a dormir sin darle importancia y ya no despertó. Cuántas maneras hay de morir, dormir y ya no suena mal. Todos los grandes artistas deberían morir sin dolor.

Yo nunca conocí a Pacheco, ni quise entrevistarlo, ni fui nunca a alguno de sus homenajes. Jamás soñé con preguntarle si era feliz o con pedirle consejos literarios. Pero lo quise, lo quiero, porque sus palabras se repiten mucho en mi cabeza.

Me acuerdo, no me acuerdo , ese inicio tan sencillo para una novela sobre la memoria. Las batallas en el desierto, que como medio México (la mitad afortunada) leí en primero de secundaria, sembró algo en mí. Varios años después me di cuenta cuando caminaba por el DF, mi ciudad, y era la voz de Carlos, el protagonista de Las batallas, la que narraba cuadro a cuadro lo que veía. Muchas veces me he topado con escenas y situaciones que son como extensiones de Las batallas: me como una torta cubana y pienso en Carlos; entro a un Sanborns, leo un cómic, mastico un trozo demasiado grande de carne: Carlos, Carlos, Carlos. Esa novela la llevo under my skin , como canta Sinatra. Se ha vuelto parte de mi ser, un dedo extra, un cuarto de sangre más. Yo escribo porque un día a los 11 años leí Las batallas en el desierto. No conozco modo mayor en que una obra puede cambiarle la vida a alguien.

Al final de Las batallas en el desierto, Carlos dice que sin Mariana la ciudad jamás volverá a ser la misma, que ese México se fue. Con José Emilio Pacheco se nos va la infancia. Y el DF, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, es hoy un lugar triste: perdió un pedazo de su alma.