Este jueves la lente del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF, por su sigla en inglés) puso especial atención en el Líbano, el país invitado de honor de la edición XXI del encuentro, la pequeña nación de Medio Oriente que discretamente ha sumado talento y cultura al México del último siglo, y una industria cinematográfica que está creciendo exponencialmente a nivel mundial.

Si bien a lo largo del certamen fílmico se ha exhibido una selección de 61 cintas de producción o coproducción libanesa, el grueso de actividades dedicadas al Líbano se llevó a cabo durante este segundo día de actividades; la primera de ellas, el Foro Bilateral México-Líbano, una serie de mesas de diálogo en las que directores, productores y distribuidores, tanto privados como públicos de ambos países, compartieron experiencias sobre los aciertos y retos de la industria del séptimo arte y buscaron puntos adyacentes que permitan fortalecer los lazos de cooperación.

Sarah Hoch, fundadora y directora del festival, dio la bienvenida a los ponentes, entre ellos, el embajador de Líbano en México, Sami Nmeir; el productor libanés y presidente de Abbout Productions, Georges Schoucair, y la directora de Promoción Cultural del Imcine, Ana Lila Altamirano.

“Más que sentarnos a platicar qué hacemos nosotros y qué hacen ustedes, queremos encontrar las herramientas y poner las bases para crear un tratado oficial entre ambos países. Buscamos encontrar mecanismos para el futuro. Entendemos que un trabajo de este tipo puede tardar hasta tres años, pero hay que empezar hoy. Nos encontramos en un momento en el que la tercera generación de la comunidad libanesa en México tiene interés en contar las historias de sus abuelos y sobre la inmigración. Hay que buscar las herramientas para facilitar (que se cuenten) esas historias”, detalló.

Un cine en crecimiento

El encuentro fue enriquecedor para ambas partes. Los exponentes del Líbano compartieron cómo en tan sólo cinco años el sistema de producción fílmica creció significativamente a través de la inversión privada y la coproducción con otros países, así como el surgimiento de nuevos productores para cintas propias.

“La expansión de las películas libanesas y su producción ha crecido mucho a pesar de que no tenemos fondos públicos. Pasamos de una o dos películas al año a 30. Poco a poco la industria comenzó a estructurarse.

“Primero solamente teníamos a los directores, que eran quienes hacían la producción. Hacer una película era muy difícil, pero, poco a poco, han surgido nuevos puestos en la industria para los realizadores”, dijo la ponente y productora libanesa Myriam Sassine, representante de la Fondation Liban Cinema, una de las principales impulsoras de esa industria en los años recientes.

Sin embargo, los diálogos revelaron un punto de inflexión para ambas industrias, un elefante blanco compartido. “Las películas tienen que encontrar un mercado más allá de los festivales de cine, que son su salida natural. Las historias personales no son competencia en las pantallas con la maquinaria de Hollywood. Por ello, el tema de distribución es la piedra en el zapato”, refirió Montserrat Sánchez, directora de proyectos y eventos internacionales del Imcine.

Homenajes, panoramas y sabores

El misticismo de la cultura libanesa, sus secretos, las tragedias, la música, el pasado y el tiempo contemporáneo, se han dejado ver en las varias proyecciones del certamen fílmico.

Hubo trabajos de reconocidos realizadores del país de Medio Oriente, como Caramel, la historia de las vidas de cinco mujeres que se entrecruzan en un salón de belleza en Beirut, filmada por la actriz y directora premiada en Cannes, Nadine Labaki, quien además fue objeto del homenaje internacional en las escalinatas de la Universidad de Guanajuato.

Ese día las actividades cerraron con una fiesta ofrecida para la delegación libanesa, con la gastronomía y la música típicas del país invitado de honor.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx