Nada obtuvo fácil. Y nunca le importó. Estaba convencido de que el único lugar donde se podía encontrar una mano que lo ayudara estaba en el extremo de su propio brazo. Necio, con el ánimo feroz que caracteriza a los que por su estatura corta casi siempre miran hacia arriba, puso al mundo entero a sus pies. Napoleón Bonaparte tenía un destino de grandeza.

Su circunstancia lo llevaría a convertirse en un personaje para el inicio del siglo XIX, la posterior evolución de la Europa contemporánea y la historia nacional de Francia, país que revolucionaría al mundo entero y fue durante muchos años epítome de la gloria. Los antecedentes son sabidos por todos, aunque bien vale la pena recordarlos. Antes de la aparición de Napoleón en escena, el trono del país galo estaba vacante por la muerte de Luis XIV y el puesto había sido ocupado por su bisnieto, Luis XV, un niño de cinco años. El reinado de este infante iba a durar 59 años, desde 1715 hasta 1774, y como durante su minoría de edad había gobernado el duque de Orleans -príncipe de costumbres licenciosas, manirrotas y deshonestas- las finanzas públicas estaban arruinadas.

Después pasó lo de siempre: cuando Luis XV llegó a la mayoría de edad, sólo sabía de malos ejemplos y nada pudo hacer contra la corrupción y el despilfarro. Se habían declarado varias guerras también y en ellas Francia había perdió territorios, colonias, ejércitos y prestigio. Después llegó Luis XVI. Para ese momento la ruina ya no podía arreglarse ni con las mejores intenciones. La nobleza no estaba dispuesta a hacer ningún tipo de sacrificio por el bien público, la gente estaba cansada y ofendida, el clero era un horror y la injusticia tanta, que 14 de julio de 1789 el pueblo asaltó y destruyó La Bastilla, una fortaleza medieval usada como la prisión del Estado. Todo aquello fue un símbolo: la monarquía y todas sus cabezas cayeron una tras otra y la ejecución Luis XVI, seguida por la de su mujer María Antonieta -que había sugerido darles pastelillos a los campesinos para que así ya no protestaran por la falta de pan- hicieron evidente que el mundo como se conocía hasta aquella fecha nunca volvería ser el mismo.

Dos años después de la muerte del rey, el 15 de agosto de 1769 , nació Napoleón Bonaparte. Hermano de siete, hijo del abogado Carlos Bonaparte y de la bella María Letizia Remiolina, Napoleón siguió la carrera militar en la especialidad de artillería y pronto se convirtió en la figura militar más brillante de su tiempo. Sucesos como la reconquista del puerto de Tolón, su campaña en Italia derrotando a los austriacos y su popularidad como estratega fue conocida, temida y admirada muy pronto. No hubo peldaño que se le resistiera en la escalera del poder: se proclamó Primer Cónsul, se coronó Emperador, tuvo el control de casi toda Europa, invadió muchos países y obtuvo grandes victorias. Pero las derrotas lo aguardaban como a todos.

El dominio de Francia se extendía por toda Europa y sólo faltaba la conquista de Rusia. Con un formidable ejército de medio millón de hombres llegó a Moscú. Los rusos siempre retrocedían y Napoleón los perseguía sin cansancio. Cuando quiso retirarse, un invierno espantoso también le presentó cruel batalla. Sin abrigos, ni alimentos y rodeado de heladas planicies, su otrora formidable ejército quedó reducido a menos de 20,000 hombres. La fortuna se alejaba del emperador. Y su última batalla estaba delante de sus ojos. Europa, ya cansada de él, mandó en su contra todos sus ejércitos y lo derrotaron en Waterloo el 18 de junio de 1815.

Prisionero de los ingleses, lo confinaron en Santa Elena, donde falleció seis años después. Tenía 52 años.

Dicen que la idea de la muerte -todo fuera como eso- nunca intimidó su alma de general. En Santa Elena escribió:

A pesar de todas las difamaciones, no tengo ningún miedo respecto de mi fama. He librado 50 batallas campales, la mayoría de las cuales he ganado. He estructurado y llevado a cabo un código de leyes que llevará mi nombre a la más lejana posteridad. Me levanté a mí mismo de la nada hasta ser el monarca más poderoso del mundo .