Yo también pensé que no lo haría. Lancé miradas despectivas a la mesa que lo proclamaba novedad y de plano hasta carcajadas de incredulidad y expresiones de desdén ante la lectura del cartelito que presentaba el volumen como el libro que todas quieren leer, el fenómeno literario que ha vendido más de 10 millones de ejemplares, la novela erótica más esperada de todos los tiempos .

Salí con un libro de Bryce Echenique –casualidad que, hasta hoy me entero sería coyuntural-, una copia nueva de Música para camaleones de Capote, porque cada vez que lo tengo se lo regalo a alguien...

Antes de cruzar la puerta escuché a una pareja comentando el punto. Ella decía –frívola pero informada- que había leído una reseña aparecida en la versión inglesa de la revista Vogue, le había interesado mucho la idea de leer pornografía para mamás y amas de casa y se preguntaba cómo iban a lograr traducir al español un título tan atractivo y equívoco como Fifty Shades of Grey, sin que se perdiera el encanto. Y confesó una cierta curiosidad por cómo sería el contenido sexual del que todo mundo hablaba. ¿Pornografía o erotismo? Al final ninguno.

Ambas compramos el libro fingiendo desinterés y cierta dignidad del intelecto. Pero todo era pura simulación. Estábamos felices del desliz, pero también esperando prontas desilusiones.

El nombre en español es Cincuenta sombras de Grey. No hace alusión a ninguna escala de grises, ni a la cantidad de luz ni al blanco o el negro, que dependiendo de la proporción en que se combinen ofrecen al ojo distintos tonos de gris (50, por ejemplo).

Nada de eso. En el libro hay sombras y no tonos, Grey no es un color, sino el apellido de un guapísimo y algo desviado millonario. La historia, una muy básica de amor. La narración en primera persona. La voz la de la señorita Ana Steele, virginal y encantadora en un principio, recién graduada de Literatura Inglesa y que sella su destino por hacerle el favor a una amiga y accede a entrevistar al señor Grey-.

Es ella el personaje que se encarga, derritiéndose en cada palabra, de describirnos al hombre más guapo del mundo – el Amo del Universo-, el mejor vestido, que se antoja deliciosamente sexual y es el epítome -desde sus ojos, por supuesto grises como el acero, hasta sus camisas blancas de lino- de todo lo perfecto e irresistible. Un objeto del deseo que de tan deseable es peligroso. Y lo sabe…

Hasta ahí seguía siendo un libro que había de leerse en la privacidad del escondite. Repetitivo, algo cursi, con esa cualidad de las novela gringa de aeropuerto –en la portada un galán greñudo y sin camisa que tiene a la mujer atenazada y sin aliento-. La trama todavía no me atrapaba. La niña seguía siendo pura e inocente y los soliloquios de su atracción irresistible estaban a punto de ya no poderse resistir.

Adelanté algunas hojas en el más puro estilo de la lectura de velocidad que tan bien me habían enseñado en el colegio de monjas y de pronto llegué a un punto crucial. El seductor que la tiene empalagada con su belleza desde la página tres comienza a hablar de convertirla en una Sumisa –así con mayúscula-, le cuenta de su gusto por la obediencia, de que el dolor es muy parecido al placer, de contratos firmados que hablan de látigos, ataduras, azotes, amarres a la cama, castigos por no portarse bien y cláusulas muy claras sobre quién es el Amo y Poseedor de su cuerpo, sus hábitos, sus vestidos y todo lo que habrá de meterse por la boca.

Ella sigue embelesada. A esas alturas ya hemos leído una tercia de encuentros sexuales que quieren ser escandalosamente explícitos, pero no llegan a lo extraordinario. La expectativa crece. Unos quizá quieren leer la escena de carne y lumbre nunca antes imaginada. Para otros, la esperanza de que la niña se dé cuenta de que el placer es muy diferente al dolor y que la sumisión no puede prenderla ni tantito, sino apagarlo todo. Quizá hasta nos tienen preparada una anagnórisis donde ella se acuerde de las verdaderas torturas que durante años han sufrido las mujeres. O mejor, que la belleza sin materia gris cambie, reciba su merecido, las pague todas, se enamore de verdad y siga practicando el sexo con la misma potencia (o que la escritora para la próxima entrega ya haya leído a Sade, a Nabokov, Almudena Grandes, a Miller o a Bataille).

Sexo de vainilla, le dice Christopher Grey a su sumisa amante. Pero pornografía muy fresa, pensé yo. Y claro que llegué al final del libro. Todo fuera como eso, a lo mejor hoy mismo voy por la segunda parte.

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