Todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescindibles del ser mujer.

Flora Tristán.

En otros tiempos, según nos contaron que decía la Biblia, era muy claro que un principio había sido el Verbo. No había duda. El origen del mundo implicaba no sólo “el decir” sino la voluntad de la palabra. Voluntad divina, por supuesto. Después se hizo la luz, el agua y luego llegó Adán con su costilla seguido de su Eva. Entonces las cosas comenzaron a complicarse (y a contaminarse de tiniebla, todavía ´piensan algunos). La alegría de la existencia de El Paraíso duró menos que una carcajada y de la expulsión todavía no nos reponemos. Ante tal despojo no hubo cura ni esperanza.  Y a veces ni siquiera  el consuelo de la nostalgia, porque todo quedó enturbiado por el rencor. Un resentimiento misógino, por cierto. Primordial. Culpa de ella, de Eva, dijeron. Por sucumbir a la serpiente, no dar paso sin el huarache de la necedad, morder esa manzana cuando Adán ni estaba listo, ni quería, ni pensaba siquiera en la sabiduría. Pero ella, con un simple gesto, había desafiado al mismísimo Dios y había querido comerse los placeres y dolores del entendimiento. La ira del Creador – como es habitual- no tuvo límites. Y su castigo fue el más cruel de todos: quitarnos el Paraíso y ponernos a vivir en infiernitos.  Y nada dijeron del verdadero infierno. El de la desigualdad, la discriminación, la violencia y el feminicidio.

Durante una enorme temporada en el infierno no tuvimos ni voz, ni voto, ni alma. La Historia – la de las mujeres y el mundo entero-, fue solamente una creación de hombres donde la autoridad dependía primero del padre, luego de los hermanos y después del esposo y los hijos varones. Blandiendo un trapo y no una espada, las mujeres no tuvieron participación en la vida política, social o religiosa, pues estaban supeditadas a la jurisdicción de la “paternidad protectora” de un hombre.  Soportando la idea, mucho tiempo soberana, de que la mujer por “tener un cerebro más pequeño” era menos inteligente e incapaz de dirigir una empresa que no fuera su casa. (Todo ello solamente si podían cumplir con su papel y obligaciones: madre intachable, esposa servicial, consuelo de la familia y guía de los hijos, a riesgo de terminar en el convento, viviendo con sus padres, sola para siempre o en la calle, enloquecida). La valía de una mujer se medía por el tamaño de sus sacrificios y el tiempo que aguantara sin hacer preguntas y callándose la boca.

Tuvimos que llegar al siglo XX, cuando Clara Zetkin, durante el Congreso Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague gritó al mundo su frase de batalla: “Contra el maltrato la palabra”. Y el silencio, poco a poco, empezó a desaparecer. Llegó el movimiento feminista, las sufragistas exigiendo el voto, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, de 1979, y los gobiernos del mundo, a paso lento, comenzaron a reconocer la igualdad entre mujeres y hombres. Incluyendo el mismo estatus jurídico e idéntico derecho de participar en la vida pública, económica, laboral y ejerciendo cargos en el gobierno y de elección popular.

Han pasado muchos años desde entonces y otra vez hemos cambiado de siglo. Las mujeres siguen padeciendo mucho más,comparativamente, hablando de temas de pobreza, analfabetismo y atención médica. Es decir, que la igualdad ni siquiera a ese nivel básico ha finalizado la tarea. Sabemos que no basta decretar la igualdad ante la ley cuando en realidad no existe. No es una historia digna de contar, aunque haya estado presente en todas las etapas de la humanidad, porque habla de dolores, desigualdades e injusticias que todavía no acaban. No tiene fecha de celebración ni efeméride precisa porque falta reconocer que los tipos de violencia que sufren niñas y mujeres ocurren todos los días, abarcan todos los ámbitos de su vida, se manifiestan en el hogar, el espacio público y privado, la escuela, el trabajo, el ciberespacio y la comunidad. Incluso hasta en los discursos que les arrojan y la censura en la expresión de sus necesidades, acciones y pensamientos.

No hay nada que celebrar. Solamente resistir. Ante las reacciones furibundas de organizaciones, colectivos y activistas que apoyan la igualdad, los brotes de violencia inconcebible y la renovada estupidez. Hay que seguir gritando. Porque todavía no alcanza, no acaba y no se escucha lo suficientemente fuerte