Lo dice Fernando de Ita en el prólogo del libro que contemplo y desde donde me contempla el rostro del maestro: Héctor Azar fue sobre todo un zoon theatrikón, un animal teatral que rumiaba teatro, soñaba teatro, vivía para el teatro al que veía como la suma de las artes y como el medio más eficaz para honrar la tradición, cultivarla y transformarla . La cara de Héctor, plasmada en la fotografía de la portada, más que conocida es familiar. De su época de hombre barbado. Con la mirada dirigida hacia un interlocutor al que juro le está enseñando algo. Dirigiéndolo, quizá. A punto de comentar su desempeño. A dos palabras de decirlo todo. O de no decir nada, para ser definitivo. Poca falta hace que el carmesí encendido de la tipografía del título recite que Héctor Azar era un inventor de magias.

Magia y sortilegio. Disciplina y juego. Telones y palabras. La verdad de las mentiras. Las palabras escritas y las pronunciadas. Puro teatro. Porque, para Héctor Azar, el teatro siempre fue la primera causa y la última consecuencia. Para quien no se acuerde o no sepa, aquí una breve biografía: Azar nació en Atlixco, Puebla, en 1930, y murió en la ciudad de México en el 2000.

Estudió derecho, obtuvo las maestrías en letras españolas y francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y, tocado por el arte de la escena, fue editor de importantes publicaciones teatrales, como La Cabra, formador de actores, director y autor dramático. En la UNAM ocupó el cargo de Director de Casa del Lago; también las jefaturas del Departamento de Teatro de la UNAM y del INBA. Fue fundador del Teatro de Coapa, del Teatro del Caballito, del Teatro de la Ciudad Universitaria, del Centro Universitario de Teatro, de la Compañía de Teatro Universitario, del Foro Isabelino, del Teatro Espacio 15, del Espacio C , de la Compañía Nacional de Teatro y del Centro de Arte Dramático.

También practicó el rudo oficio de la dramaturgia: con su obra Olímpica, la Compañía de Teatro Universitario, encabezada por Azar, fue premiada en el Festival de Teatro de Nancy, Francia, se adjudicó repetidamente los iniciales premios Xavier Villaurrutia; así como las Palmas Académicas que otorga el gobierno francés, el Premio UNAM, el Juan Ruiz de Alarcón, el Sor Juana Inés de la Cruz y la Orden del Cedro del Líbano. Porque todavía no lo he dicho pero Azar era de ascendencia libanesa. (El árabe, le decía con cariño mi abuela, Catalina Sierra, para molestarlo).

Además de su fama de furibundo, de genio arrebatado, de maestro, de exigente pero consentidor amigo, Héctor Azar tuvo un prestigio académico digno de libro de historia de la literatura mexicana. El primer ejercicio literario sobre la inmigración libanesa en México es realizado por Héctor Azar, en su novela biográfica Las tres primeras personas, era una de las frases con las que comenzaba un famoso diplomado de la UNAM sobre literatura y exilio. El relato –una novela sin duda muy teatral, de escenografía casi barroca y con un lenguaje que iba desde tras bambalinas hasta proscenio- estaba dividido casi en escenas. Abre con los testimonios de la partida de Bled y de las penurias del viaje de las tres personas migrantes, a principios del siglo XX, con una tríada familiar compuesta por la hija mayor, Perla, (de 11 años), Brillante (de 9 años) y Musa, el padre. Dice el texto: –¿Cómo Musa? Ese será nombre de hembra, no de hombre/–Oui, Musa/–Ponle Moisés y que muera el cuento .

Desde aquel pasado remoto, desde sus libros, desde CADAC de Coyoacán hasta la sala de mi casa y las fiestas en la suya –nosotras, tres hermanas, y sus tres hijos sobreviviendo las tormentas de la infancia- Héctor Azar siempre estuvo. Se fue hace una docena de años y no se ha ido. Todavía desayunamos con María Antonieta, su mujer, todos los sábados. Fue ella quien devolvió a Héctor Azar a mi escritorio a través de este libro que me mira y que leí solamente en media noche. Se llama Héctor Azar. El inventor de magias. Fue presentado como parte de las actividades del Festival Internacional de Teatro Puebla Héctor Azar 2012 en la Biblioteca Palafoxiana. Carlos, su hijo, se encargó de casi todo. También de rescatar y recomponer El hombre incómodo, obra de Héctor que había quedado inconclusa. Y en el libro hay fotos, autores como Rosario Castellanos, Víctor Hugo Rascón, Carmen Parra y Carlos Pellicer.

Pero todo fuera como eso. Nos devuelve a Héctor Azar. Ese hombre que un día dijo en entrevista: Pienso en el teatro como en la ocasión magnífica de comunicarme con mis semejantes. Por medio del teatro me interno en las cosas de la vida y pretendo, también con los recursos que el teatro me concede, interesarme en ellas e interesar a los demás. La existencia me resulta más digna de ser vivida . Y, aquí, está más vivo que nunca.