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Arte e Ideas

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Newbigin desentraña los “peligros” de la cultura oficial y comercial

El promotor cultural, Oficial de la Orden del Imperio Británico por sus aportes al sector, ofreció una conferencia magistral en el Encuentro de Innovación para la Cultura, organizado por el British Council y Secretaría de Cultura de Jalisco.

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La cultura es como una planta, si deja de crecer, muere. Es a través de ella que se ponen en marcha los más efectivos procesos de cambios sociales. Bertold Brecht solía decir que por lo general se asimila a la cultura como un espejo de la sociedad, cuando en realidad se trata del mazo con el que le damos forma. El arte y la cultura son tan poderosas que también son muy políticas y peligrosas.

Con esta serie de ideas inició la conferencia magistral de John Newbigin, uno de los mayores expertos en industrias creativas del Reino Unido y fundador y presidente de Creative England, como invitado del Encuentro de Innovación para la Cultura, convocado el fin de semana por el British Council México y la Secretaría de Cultura de Jalisco, que durante dos días reunió a miembros de la academia, del sector privado y de gobierno, así como artistas y creadores, para cruzar ideas sobre políticas culturales.

“A los ricos y los poderosos les gusta expresar su poder a través de la cultura”, anticipó Newbigin, quien en 2015 fue nombrado como Oficial de la Orden del Imperio Británico. “Es una herramienta que los gobiernos usan para comunicar sus valores y promover lo que a ellos les parece una interpretación apropiada de la cultura”.

Amplió que el apoyo de las autoridades al arte y la creatividad puede convertir este sector en una herramienta más política y económica, un instrumento de distinción para promover una visión muy particular de cómo los gobiernos quieren que el resto del mundo los vea, “y en lugar de que sea un derecho para todos los ciudadanos, rápidamente se puede convertir en una forma en la que el gobierno se limite a apoyar a ciertos sectores, por ejemplo, quién será el nuevo genio de las películas. De tal manera que al convertirse la cultura en política económica, estamos en peligro”.

El poder potencial de los privados

Otro de los peligros que identificó fue que las plataformas sociales digitales, como Facebook, están en manos de individuos con el poder de moldear la cultura de una forma que no se había visto antes.

Hizo referencia a tres tipos de cultura: la ya mencionada cultura oficial, indicó, con el propósito primordial de salvaguardar elementos como los museos públicos y formas de arte que en muchos contextos sin su apoyo tendrían menores oportunidades de supervivencia, como la ópera. Después mencionó a la cultura comercial, aquella “que si no está bien regulada, le da muchísimo poder a las empresas, como YouTube o Disney. Estas organizaciones son una influencia muy poderosa en todo el mundo y su responsabilidad no se la deben a nosotros sino a sus accionistas”. Finalmente, indicó a la cultura que llamó “hecha a mano, aquella que nosotros mismos hacemos, ya sea un festival, un grupo musical, una pintura”.

A partir de esos tres elementos precisó que es fundamental incidir de manera colectiva, como población, ante las autoridades para la prudente administración de la cultura oficial, la regulación de la cultura comercial y el florecimiento de la cultura “hecha a mano” o comunitaria.

“No hay que preguntarnos qué esperar del gobierno o aguardar por aquello que la industria del entretenimiento nos pueda brindar”, declaró; en cambio, “se trata de preguntarnos qué queremos y necesitamos siempre como integrantes de una comunidad”. Para ello es necesaria la participación de expertos, como académicos y gestores que faciliten discusiones que se lleven a cabo de manera informada.

“No podemos pensar en políticas culturales si las aislamos de las políticas educativas, sin una educación que fomente que los niños y los adultos piensen de forma creativa. Tampoco se pueden ver las políticas culturales aisladas de las económicas, por temas como la protección de la propiedad intelectual, el derecho para que los artistas puedan ganar dinero por el trabajo que hacen, la regulación de la industria mediática, todos son componentes esenciales de las políticas. Tampoco se puede separar de la salud, porque sabemos que la cultura y la creatividad tienen un gran impacto en el bienestar de las personas”.

En resumen, declaró que se trata de pensar en cómo las personas viven y no tanto en cómo los gobiernos se organizan. “Hay que trabajar de la mano para desarrollar estrategias, abrir las puertas a una nueva forma de generar políticas, no porque la cultura sea algo adicional a nuestras vidas sino porque es la fuerza fundamental que nos hace humanos. Esta es la única vía para cambiar la forma en cómo funciona el mundo y de cambiar la relación que se tiene entre los ciudadanos y los gobiernos (...) no hay respuestas fáciles y rápidas, pero convencer a los gobiernos de que estos cambios son necesarios es muy importante”, concluyó.

¿Qué es Creative England?

Cofundada en 2010 por John Newbigin y Caroline Norbury, se trata de una organización sin fines de lucro para el impulso y la promoción de industrias creativas en Inglaterra, sobre todo en los campos de la cinematografía, la televisión, los videojuegos y el resto de industrias de medios digitales. Nada más de 2017 a 2018 invirtió más de 83 millones de euros en servicios de producción fílmica.

¿Quién es John Newbigin?

En la década de los 90 Newbigin fungió como asesor especial del secretario de Estado para la Cultura en Inglaterra y ayudó en la conformación de las primeras políticas públicas para las industrias creativas. Es presidente del Grupo Asesor de Artes y Economías Creativas del British Council, integrante del Consejo Asesor del Instituto de Emprendimiento Creativo y Cultural de Goldsmiths, Universidad de Londres, cofundador y ex director de Creative England y fideicomisario de la centenaria Whitechapel Gallery, una de las más importantes en el mundo. En 2015 recibió la distinción como Oficial de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a las industrias creativas y el arte.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx

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