Nadie se salva solo. Y el eco de tales palabras, encontradas en un impreso hace un par de días, funcionó como condena y desconsuelo. No se puede ganar una guerra como tampoco se puede ganar un terremoto, leí después. Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma recordé que escribió Juan Villoro, refiriéndose a los que sobrevivimos al sismo de 1985 en el antiguo Distrito Federal. Pero, esta vez nunca más nos esperábamos otra catástrofe. Ni que nuestro sismógrafo particular estuviera acompañado de un terror sonoro imposible de no escuchar. Tampoco que los libros, que asegurábamos siempre nos consolarían, sólo parecieran añadir profundidad a la desdicha. Pero así es. Es lo que hay.

Leyendo, encuentro otra historia que citaba la revista Proceso en su número de marzo de 1986 y dice así: El 19 de marzo de 1966 apareció en libro un extenso poema, El reposo del fuego. Leído 20 años después tiene una resonancia extraña; desde el epígrafe de Job ( No anheles la noche en que desaparecen los pueblos de su lugar ), hasta la última parte que habla de la destrucción de la capital, ya iniciada en medio de lo que se llamaba entonces el milagro mexicano . Sus dos primeros versos cobran ahora un nuevo sentido: Nada altera el desastre: llena el mundo / la caudal pesadumbre de la sangre . Pero su autor, José Emilio Pacheco, niega cualquier intención profética. Después de aquello, muchos dijeron que después del terremoto, toda la literatura mexicana parece un augurio de la catástrofe y que El reposo del fuego quedaba como una respuesta personal y colectiva a lo que en 1966 estaba en gestación. Pero José Emilio Pacheco era mucho más.

Para su pluma el mar, pero también la arena. Inventarios de todo lo posible y lo imposible (las noches que serán y las que han sido, el amor que puede ser asfixia y el desamor padre de todos los monstruos, pero también los parques y las calles, los murciélagos y los pulpos, el principio del placer y el invierno que nos va a llegar a todos). La ciudad con sus miles de batallas y sus calles que jugaban al desierto. Escritura solamente y poesía por vocación inobjetable.

Poco antes de cumplir 20 años, Pacheco publicó su primer libro, La Sangre de Medusa y otros cuentos marginales. El almanaque indica que en el mismo año, 1958, Juan José Arreola publicó su Bestiario pero nadie nos había dicho que la relación entre estos dos escritores fue más cercana que una coincidencia editorial. El mismo Pacheco, que poco habla de sí mismo, en una entrevista de hace casi 20 años, confesó:

En aquel tiempo no existían los talleres literarios. Me hubiese gustado mucho ir a uno porque así no habría tenido luego la necesidad de corregirme tanto. Ahora, debo decir que fui muy cercano a Juan José Arreola. Estuve con él y fui su amanuense, me dictó su libro Bestiario. Como él tenía que entregar ese texto y se enfrentaba a algunos problemas de diversa índole, le dije: acuéstese, me dicta, lo tomo a mano, lo paso a máquina y usted corrige. Así fue. Lo único que le reprocho a Arreola es que él, que corrigió a todo el mundo, no me quiso corregir a mí, bajo el argumento de que así estaba bien mi trabajo . Sospechamos lo que es casi una verdad: que Pacheco, por su afán de perfección también, y casi siempre, sospechaba de sus textos y que todas sus excelencias literarias eran intentos, en su opinión, modestos y jamás un logro trascendente. Baste leer A quien pueda interesar que a la letra dice: Que otros hagan aún el gran poema/ los libros unitarios, las rotundas/ obras que sean espejo de armonía./ A mí sólo me importa el testimonio/ del momento inasible, las palabras/ que dicta en su fluir el tiempo en vuelo./ La poesía anhelada es como un diario/ en donde no hay proyecto ni medida.

Encontrar a Pacheco, en mi caso, fue por casualidad y puro gusto. Todavía no cumplía la docena de años cuando me encontré con su libro No me preguntes cómo pasa el tiempo en el estante de la biblioteca de mi padre, que estaba catalogado como de libros de escaso interés para los niños. Fue perfecto. Por eso lo abrí, al azar, sin muchas intenciones de leerlo de verdad. Y me topé con un poema corto, cuyo título, en inglés, decía To grow old, mientras las líneas de abajo estaban en español. Me pareció una idea original, pero chocante. Después de leerlo Sobre tu cara crecerá otra cara/ en cada surco que la edad madura/ y luego se consume/ y te enmascara/ y hace que brote tu caricatura... pensé que el título en otro idioma era una sutil y elegante manera de no encarar el tema de envejecer. De mejor no pensar ni ponerle nombre en lengua materna a la angustiosa idea de marchitarse y ser una víctima del tiempo. Yo, por supuesto, tenía la encantadora certeza de que para cumplir 15 faltaba una eternidad. Y esa era mi única referencia de la vejez. Pero pasaron los años. Uno, dos, tres, 15, 20. Y en todos ellos citaba aquel poema a la menor provocación. Primero con la intención de que había que reírse de la angustia de ser viejo, como hace José Emilio . Después como una forma de consuelo. Si el poeta lo sabe y lo escribió es que es mi compinche y me regaló el poema para enseñarme que el tiempo no tiene la menor importancia y para salvarse de sus estragos siempre se puede escribir. Y hoy, en esta ciudad otra vez desplomada, volver a leerlo. Y volverá a estar en compañía.

Las ruinas de México ?(Elegía del retorno)

Fragmentos

Absurda es la materia que se desploma,

la penetrada de vacío, la hueca.

No: la materia no se destruye,

la forma que le damos se pulveriza,

nuestras obras se hacen añicos.

Así de pronto lo más firme se quiebra

se tornan movedizos concreto y hierro,

el asfalto se rasga, se desploman

la vida y la ciudad. Triunfa el planeta

contra el designo de sus invasores.

Llega el sismo y ante él no valen

las oraciones ni las súplicas.

Nace de adentro para destruir

todo lo que pusimos a su alcance.

Sube, se hace visible en su obra atroz.

El estrago es su única lengua.

Quiere ser venerado entre las ruinas.

La piedra de lo profundo late en su sima.

Cosmos es caos pero no lo sabíamos

o no alcanzamos a entenderlo.

¿El planeta al girar desciende

en abismos de fuego helado?

¿Gira la tierra o cae? ¿Es la caída

infinita el destino de la materia?

Somos naturaleza y sueño. Por tanto

somos lo que asciende siempre:

polvo en el aire.

Fuente: Pacheco, José Emilio, Tarde o temprano (Poemas 1958–2009), Fondo de Cultura Económica.