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Arte e Ideas

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México horrible y querido: ?si no te mueres, te mato

Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio se ha especializado en escribir teatro que le avienta a México sus verdades en la cara. Civilización es un ácido recordatorio de que nuestro país tiene muchas goteras.

Plin, plash. El país se hunde, el país hace agua. El país se nos cae, se nos hunde. Plin, plin: las goteras no nos dejan en paz.

Tal parece que en México no hay buenas noticias: nuestro gobierno nos traiciona, nuestras leyes nadie las respeta. Los patrones nos roban y los empresarios honestos no existen, son la quimera que nos sacará del pantano tercermundista. Ajá.

Como en casa pobre, nada funciona y nada está en su sitio. Pero qué buenos somos los mexicanos para la fiesta y el compadrazgo. Abundan los gobernadores/ediles/presidentes que creen que ellos y sus cuates son los héroes de esta película, papá. Lo peor: tenemos una ciudadanía que sigue creyendo en los tlatoanis, en los virreyes. Pensamos que todo va a solucionarse cuando llegue el bueno a los Pinos. Mientras, nos recostamos viendo figuritas en el cielo. Tan bonito todo: de este lado, el llano; del otro, la loma. Más allacito, el mar.

México: el cuerno de la abundancia. México: el culo de la civilización. Esta visión aciaga permea Civilización, la nueva comedia en varias escenas de LEGOM. LEGOM (el nombre de pluma de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, cuyos padres sí se esforzaron en bautizarlo como Dios manda) se ha especializado en escribir teatro que le avienta a México sus verdades en la cara. Su Sensacional de maricones decía cantidad sobre la homofobia nacional (no estaría mal volver a verla a la luz o sombra de la controversia causada por el despreciable grito de nuestra porra en Brasil). Ascórbico, pesimista, LEGOM escribe como quien es capaz de leer entre las líneas ocultas que definen al mundo.

Plin, plash, se nos viene el aguacero. Y no tenemos techito.

Dos hombres discuten en una oficina, de esas oficinas con sillones finos y botellas de licor en las que habitan los funcionarios. Usan el lenguaje del poder: puras majaderías. Para usar su idioma, son un par de cabrones culeros. Uno (José Carlos Rodríguez) es un empresario de la construcción. El otro (Juan Carlos Vives) es el presidente municipal de alguna ciudad colonial del Bajío mexicano.

El empresario tiene una grandiosa idea: construir una torre de concreto y cristal en el centro histórico de la ciudad. Lo grandote tiene el potencial de lo grandioso: veinte pisos para estar más cerca de Dios. Una Capilla Sixtina que deja constancia no sólo del buen gusto, sino también del progreso que va a todo mecate en el país.

Hay un problema: la ciudad es considerada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. De ninguna manera se puede construir ese faro de la modernidad en su ombligo. El empresario trata por todos los medios (chantaje, cariño y amenaza, entre otros) de convencer al presidente municipal, que además es su primo, de conceder los permisos correspondientes.

Y no es que el presidente municipal no quiera. El problema es que un ingeniero contratado por el gobierno local (Hamlet Ramírez) tiene principios y no da su firma para permitir la construcción. Como se han de imaginar, acá nadie es honesto: hasta el ingenierito puede tener su precio. Miles (¡millones!) de dólares se avientan aquí y allá. La inversión es enorme y el empresario pretende que la pague el municipio. Y a nadie, por supuesto, le importa recuperarla. Total, es dinero del erario: lo caído, caído.

Durante cinco escenas iremos observando el avance del proyecto y también de la degradación moral de los personajes. En silencio, siempre insultado, un sirviente (Salvador Velázquez) es testigo de todos los enjuagues, mentiras y albures mal pedo. De piel morena y huaraches, el sufrido mayordomo simboliza a la gente común siempre pisoteada por los poderosos pero también siempre agachada. Será a él a quien, plin, plin, le toque poner cubetas cuando de repente a la oficina le salgan goteras. El ruidito de las gotas al chocar con el recipiente es la música que acompaña el desenlace de la obra. Plash, plash: tiene hoyos el país.

Civilización hace reír pero duele, como suele suceder con las obras de LEGOM. Sin embargo, ésta no es su mejor obra. Algo hay que no acaba de cuajar. Como que por momentos a Alberto Lomnitz, el director, el ritmo se le va, y aunque cuenta con extraordinarios actores (el peso de la obra cae sobre Vives y Rodríguez, compadres del mal), algo no me acabó de convencer... Uno se distancia de los personajes, son todos despreciables, pero no me divertí tanto como debería. ¿Será que verse en el espejo no es fácil para los feos? Y es que es feo nuestro país bajo este cristal.

Civilización retrata no sólo el fracaso de nuestras leyes y de nuestro gobierno, también el fiasco que muchas veces es nuestra Iniciativa Privada. Caterva de malnacidos.

Plin, plin, saquen la palangana, a ver quién nos salva del diluvio. Para eso me gustabas, México. Al fin que pase lo que pase, flotamos.

Foro Lucerna. Lucerna y Milán, colonia Juárez. Viernes, 8:45 pm. Sábado, 7 y 9 pm. Domingo, 6 y 8 pm.

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