Las mil noches y una noche de Mario Vargas Llosa (Alfaguara, 152 pp).

No es un libro de cuentos, sino de teatro y, como tal, más valdría verlo en escena, con la desventaja de que casi todo el chiste de esta obra y su montaje era ver a Mario Vargas Llosa sobre las tablas en compañía de la gran actriz española Aitana Sánchez-Gijón, cosa que aparentemente no volverá a ocurrir.

Y sin embargo, con lo que le queda del chiste , el libro, que retoma y se apropia de una muy pequeña fracción de la homónima (aquí la conocemos más como Las mil y una noches) y fantástica colección de la literatura árabe, vale muchísimo la pena.

Primero, por el prólogo, en el cual Vargas Llosa nos demuestra la capital importancia que tiene el contar y apreciar cuentos. No existe en la historia de la Literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezada y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos , dice.

Sherezada cuenta cuentos que capturen la atención del rey Sahrigar, salvándose así de ser decapitada como cientos de muchachas que la antecedieron en el lecho real... y gracias a los cuentos de Sherezada, el rey pasa de ser un bruto vengativo y sanguinario a un ser civil, sensible y soñador .

Ése es el efecto que sobre nosotros tiene la ficción, nos hace mejores seres humanos.

Los fragmentos que retoma Vargas Llosa para el libro y el montaje es una maravilla... o bueno, varias, porque alcanza el tiempo para imbricar tres o cuatro historias.

Una obra maestra del fomento no sólo a la lectura, sino a la literatura de ficción en cualquiera de sus formas. (Manuel Lino)

Los orígenes de la fantasía

Monstruos, sueños y otros cuentos... vistos desde la ciencia de María Emilia Beyer Ruiz (Paidós, 128 pp).

Así como muchos científicos buscan los orígenes de los seres vivos, la bióloga española María Emilia Beyer Ruiz se propuso buscar el origen de los seres fantásticos.

Así, más que quitar la magia y el encanto de los mitos, encuentra otras historias que no por ser científicas dejan de maravillarnos, y nos entrega un librito iluminador y apasionante.

Comienza con calma. En el capítulo De la transformación del hombre en lobo habla primero del hirsutismo, es decir, el crecimiento descontrolado del pelo en el cuerpo.

Pero muy pronto nos revela casos en los que, más allá del vello, hubo quienes admitieron, y no sólo bajo los terribles hierros de la inquisición, haberse convertido en lobos.

La rabia es una posible explicación, pero un poderoso alucinógeno generado por un hongo del centeno es un causante mucho más probable de esta transformación, así como de los aquelarres y vuelos de las brujas.

Si habla de vampiros, María Emilia no se limita a contarnos sobre los murciélagos hematófagos, aunque nos aclara, eso sí, que las tres especies de estos mamíferos viven en América y que no pueden ser responsables de las más antiguas leyendas europeas.

Hace, en cambio, una clasificación de estos malvados seres. Encontramos así al espécimen del cuento El Horla , de Guy de Maupassant, el cual mientras robaba con aparente inocencia la leche y el agua de la mesilla de noche de su víctima, al mismo tiempo con maléfico poder se apoderaba de su alma.

Ya no soy nada en mí, nada más que un espectador, un esclavo y todas mis acciones me horrorizan , testifica el desgraciado.

Y así se sigue con monstruos como el kraken, cuya búsqueda científica rastrea hasta Plinio el Viejo que incluyó la historia de un feroz pulpo gigante que atacaba una aldea costera por la noche y, claro, las sirenas.

Si algo se le puede reprochar es que no sea más largo. (Manuel Lino)

Al morbo de cada día

Asesinos (Adriana Hidalgo, 618pp).

Bajo la premisa de que ningún gran escritor se ha privado de narrar un crimen aun cuando sus intereses temáticos estuvieran muy lejos de los crimial , Álvaro Abós hizo una compilación fascinante.

Incluye, por supuesto, a algunos grandes nombres de la literatura criminal como Arthur Conan Doyle o  el Marqués de Sade (cuidando que no sean sus relatos más famosos pero que igual ofrezcan calidad), pero también pone a algunos a los que el crimen supremo pudiera parecerles ajeno, como Marcel Proust.

Y los más de 40 textos son magníficos. Quizá por la verdad que se encierra en la segunda parte de la tesis de la que partió Abós: que todo gran escritor, al narrar un crimen, preserva su mundo más genuino .

Así, el crimen que narra Proust en Sentimientos filiales de un parricida es breve, antecedido por cartas y memorias que hacen un eficaz prólogo emocional, y el crimen es sí es aderezado con eruditas citas de las tragedias de Ajax, Edipo y el Rey Lear.

El de Tolstoi, La muñeca de porcelana" es fantástico, divertido e indirecto, igual que el asesinato involuntario de buena parte de la población terrestre que plantea Gustav Meyrink en La muerte morada .

Muy lejanos los anteriores del de Iván Turgeniev, que en La ejecución de Troppmann hace un relato realista y periodístico (que al lector moderno quizá le parezca antecedente de A sangre fría de Truman Capote) de enorme fuerza y compasión.

Un volumen que vale la pena leer, y no sólo por morbo.

Un Carver sin mutilaciones

Principiantes de Raymond Carver (Anagrama, 320pp).

Las publicaciones póstumas suelen suscitar expectativas y polémicas, y Principiantes no es la excepción. El lector por fin podrá acceder a la versión sin corregir de los 17 relatos de la obra maestra de Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), sin la intervención severa de su editor Gordon Lish, quien mutiló casi 50% del libro. La fuente de esta edición, incitada por Tess Gallagher, la viuda del escritor, es el original que Carver entregó a Lish –entonces su editor en Knopf– en la primavera de 1980.

En ambos casos, la penúltima historia da título al libro. En el original de Carver, ese relato se titula Principiantes ( Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes ).

En estas 17 pequeñas tragedias originales, se revelan nuevos significados de un universo convulso y tenso. Philip Roth –quien critica ahora la publicación inicial– opinó sobre este libro categóricamente: Si alguna vez hubo una pieza literaria que nunca requirió enmienda alguna, es ésta . Y Blake Morrison asegura que el verdadero Carver que vemos ahora es más tierno, menos crudo que el Carver de Lish . (Alejandro García)