¿Qué pasaría si una persona desde el anonimato pudiera hurgar con cierta libertad en la intimidad de un desconocido del otro lado del mundo, a través de una cámara metida en el cuerpo de un dispositivo tecnológico móvil que puede operar a capricho? ¿Qué dilemas morales, vacíos legales y conflictos emocionales podrían desencadenarse de un fenómeno así si de pronto comenzara a popularizarse a nivel global? ¿Con qué cosas podría toparse el usuario de un dispositivo de este tipo al encender de manera remota una cámara en otro hemisferio?

La escritora argentina Samanta Schweblin se dio a la tarea a imaginar muchas de las posibilidades, tanto trágicas como enternecedoras, que podrían derivar de un fenómeno así, en una realidad no tan ajena a la de hiperconectividad efímera en la que vivimos. El resultado, la publicación de su nueva novela Kentukis (Penguin Random House, 2019), un relato omnisciente que lo mismo habla sobre un usuario del otro lado de la pantalla en una ciudad de China, que sobre la desconcertada dueña de un peluche con cámara en la ciudad de Oaxaca, operado por un completo desconocido, con intenciones desconocidas, en otra latitud.

En Kentukis, que además es el nombre de los mencionados dispositivos, Schweblin no se ha puesto límites para imaginar todas las posibilidades, tanto las cautivadoras como las hilarantes y las violentas. Muchos son los protagonistas de este relato necesariamente global, pero también sumamente intimista e intrusivo. La escritora ha logrado amalgamar sus tantas historias sin que parezca que se pierde la tensión narrativa a pesar de que, con constancia, salta de un continente al otro, de una mente perversa a una sobreprotectora.

El voyerismo, el erotismo, los chantajes monetarios, el robo, la celotipia, la infidelidad virtual, la necesidad afectiva, la depresión, el suicidio, son algunas de las inflexiones que Schweblin vacía en un relato dinámico, que en ningún momento se estanca sino que invita a reflexionar sobre cómo una tecnología de ese tipo puede ofrecer la ilusión de proximidad y ubicuidad, de compañía y de afecto, que tiende a pervertirse por naturaleza humana.

Extraños espiando en otras vidas

En la novela, un kentuki no es otra cosa que una cámara conectada a una red 4G e integrada a un muñeco de peluche que el interesado en cualquier parte del mundo puede adquirir. Los hay de distintos tipos: topos, conejos, cuervos, pandas, dragones, lechuzas. Quien lo adquiera deberá esperar a que alguien más, sin saber nunca de quién se trata, adquiera una conexión e instale el programa que le permitirá, de manera estrictamente aleatoria, conectarse con un kentuki.

Pocas son las reglas, pero bien definidas. Una vez conectados, ambos desconocidos asumen un juego de roles en el que el dueño del dispositivo puede hablarle al usuario dueño de la conexión y éste le puede escuchar, incluso puede activar una opción de traducción, en el caso de no comprender el lenguaje en el que se le habla, pero no puede responderle puesto que el muñeco no está equipado con un dispositivo de sonido para dicha finalidad; si acaso, puede ordenar que el aparato emita un sonido característico de la criatura elegida, y nada más.

En este vínculo, hasta cierto punto jerárquico, el dueño de la conexión asume un rol de sumisión pero tiene la ventaja de encender el dispositivo a placer y espiar al otro, mientras que este puede manipular el objeto y mostrarle o censurarle lo que le convenga.

Cada conexión es única y una vez perdida no se puede restablecer. Cada kentuki sólo tiene derecho a una vida y puede morir cuando se rompe la conexión o se queda sin batería. Hay un acuerdo tácito entre ambos usuarios.

Schweblin relata cómo esta sociedad entre dos desconocidos evoluciona, genera reglas y, en muchas ocasiones, termina por propiciar códigos más complejos de comunicación, que, en la mayoría de los casos, derivan en conflictos de todo tipo. Mientras que algunos usuarios han logrado ponerse de acuerdo para dialogar a través de un tablero parecido al de la güija, otros que temen a ver aún más invadida su intimidad, prefieren mantener la distancia con un código básico de afirmación y negación.

Un joven que encuentra en el furor de los kentukis una oportunidad de negocio; una argentina viviendo en México cuyo novio, artista plástico, es el gran conflicto de su vida y el kentuki, su catalizador; un asilo de ancianos que terminan accidentados por causa de estos dispositivos; la muerte de un enfermo terminal y, al mismo tiempo, el suicidio de su kentuki; el chantaje a una adolescente para no exhibir su intimidad; un usuario chino que tiene un desafortunado amorío con la usuario de otro aparato; una mujer peruana que despierta su instinto maternal y con él, su frustración, por su interlocutora en Alemania. Esos son apenas un esbozo de los casos que Samanta Schweblin ha construido en la novela que ya puede adquirirse en librerías.

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