Para fines de noviembre dos extremos y una pausa. Porque se fue el Día de Muertos, la Navidad está a un mes y podemos oscilar entre la decisión y el bamboleo. Decidir, por ejemplo, si para ser nacionales y aprovechar la agenda nos ponemos a leer Idilio salvaje de Manuel José Othón o Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia. Todo depende de su ánimo, lector querido, y de haberse dado cuenta de que el que lee mucho, piensa mejor. 

Ambos escritores son mexicanos y honran al calendario, Othón, fallecido el 28 de noviembre de 1906, que fue abogado, poeta, diputado y ﷯dramaturgo y de temperamento apasionado, encaró de una manera muy particular su vocación de escritor. Sin azote, pero con las venas dispuestas, su Idilio salvaje abre así: “¿Por qué a mi helada soledad viniste?”, y después ya se desdobla en una de las más excelsas obras de la poética nacional. Ibargüengoitia, fallecido el 27 de noviembre en el trágico avionazo de Barajas, España, en 1993, tiene una historia completamente distinta. Después de desertar de la carrera de ingeniería decidió optar por la escritura. Dos crímenes, su quinta novela, fue durante mucho tiempo considerada una de las pocas de género policíaco nacional y es una gloria de intriga y buen humor comienza así: 

“Lo que voy a contar es lo único notable que me ha pasado en la vida: después de cincuenta años de ser boticario me convertí en detective (…) Conviene advertir que yo fui causante indirecto de los delitos que después tuve que investigar. Si aquella noche que yo estaba cerrando la farmacia y pasó Marcos González y me saludó y lo reconocí, le hubiera yo dicho, como hacen algunas personas ‘qué gusto me da verte, muy buenas noches y que te vaya bien’, es posible que él hubiera seguido su camino y que ninguna desgracia hubiera pasado”.

Pero podríamos dejar de bambolearnos, abandonar esta orilla mexicana y hablar de uno de los poetas más representativos de la lengua española, nomás por no dejar. Se trata de Félix Lope de Vega y Carpio. Nacido en Madrid, el 25 de noviembre de 1562, fue uno de los tres hijos de un matrimonio humilde. Tuvo una niñez llena de penurias pero siempre apuntando a la gloria literaria: aseguran que a los cinco años ya hacía lecturas en latín y romance y que a los 12 ya era diestro en el manejo de la espada, que consideraba necesaria para que un hombre se hiciera valer. Aprendió gramática y retórica con los jesuitas y después fue a la provincia de Alcalá e hizo estudios de bachiller, aunque no se sabe si se graduó o si es cierta la versión de que dejó la escuela por seguir los pasos de una mujer, cosa que no sería descabellada, ya que la vida de Lope estuvo cuajada de amoríos profundos, romances pasajeros, apasionadas riñas y una que otra temporada en prisión. Todo ello sin dejar nunca la pluma. 

Su primera esposa, mujer atractiva y culta, fue Isabel de Molina, con quien se casó por carta desde la cárcel a donde había ido a parar por un equívoco pleito de amores. Con ella vivió en Valencia, donde se dedicó por un tiempo a escribir versos y comedias antes de incorporarse como soldado de la Gran Armada para pelear contra Inglaterra. A su regreso a España, decepcionado de la guerra, se reunió con su esposa en Valencia y volvió a las letras. Sin embargo, en 1588 murió su esposa y poco después su hija Teodora.

Aunque fue un golpe duro para el escritor, al paso del tiempo se casó con Juana Guardo, hija de un proveedor de carnes, con quien procreó un hijo. Como en su matrimonio anterior, ambos murieron uno tras otro y Lope de Vega volvió a quedarse solo, aunque no por mucho tiempo: hizo vida en común con Micaela Luján, una bella mujer casada con quien había sostenido amores. Ya viudos los dos, se unieron y tuvieron siete hijos. Fue cuando llegó su mejor tiempo como escritor, pues comenzó a ser reconocido ya como el mejor autor dramático en todo su país, circunstancia que, por supuesto, lector no le dio la mejor vida, falto de dinero, cuentan las crónicas, llegó a escribir una comedia en un lapso de 24 horas a pedido de los teatreros.

Fue un hombre de profundos conflictos y grandes sufrimientos, no por nada escribió versos muy sentidos de sí mismo como “a mis soledades voy, de mis soledades vengo” y varias letras a la atención y el cuidado de la muerte. Famoso aquel que dice: “Tú que epitafios a los vivos haces, / y en tu imaginación muertos los tienes;/¿qué exequias para ti, qué honras previenes?/Pero si no las tienes, no las traces”.

Lope murió viejo y desilusionado. Pensando que abrir las sepulturas a los muertos era más del azadón que de la pluma. Nunca se enteró que sería considerado uno de los más grandes escritores de habla hispana… (y sugerencia de lectura de un periódico del nuevo mundo para ultimar noviembre).