( Primera parte)

Corría el año 6964 de la Creación del Universo, el 4722 del Diluvio Universal y el 234 de la aparición de la virgen de Guadalupe cuando nació José María Morelos y Pavón. Según el calendario que celebra la encarnación del verbo y es el nuestro hasta hoy en día se trataba del 30 de septiembre de 1765. Algunos dicen que el hecho tan común como extraordinario, tuvo lugar justamente en el piso del atrio de la iglesia de la ciudad novohispana de Valladolid, en el estado de Michoacán. El 4 de octubre siguiente sería bautizado recibiendo por nombre el de José María Teclo Morelos y Pavón, hijo legítimo de Manuel Morelos y de Juana Pavón, ambos españoles.

Sin embargo, durante su vida, José María Morelos tuvo varios cargos y nombres. Dentro de los primeros Presidente del Supremo Gobierno Mexicano, luego Generalísimo de las Armas Americana y también Miembro Distinguido de la Suprema Junta Nacional Americana. Fue nombrado Alteza Serenísima y con una pila de nombres lisonjeros. Sin embargo -cuentan la Historia y la leyenda su nombre favorito se lo puso él mismo cuando dijo: Soy siervo de la nación porque ésta asume la más grande, legítima e inviolable de las soberanías. Y yo estoy al servicio de ella.

Pero habremos de empezar por el principio. Porque las escaleras de la vida pueden tener mil peldaños y para llegar a las alturas de Morelos hay que recorrerlos todos. La época en que José María vino al mundo estaba llena de desigualdades, ya no éramos la colonia más preciada de España que en el siglo XVI exportaba metales preciosos y les hacía ganar a los obispos 130,000 pesos anuales. Todo se iba empobreciendo y desdibujando.

De arriero a cura, ?al amparo de Hidalgo

La falta de recursos obligaría al joven Morelos a ayudar en todo lo posible al sostenimiento de la familia, si bien ello no fue impedimento para que su madre, y quizás también su abuelo, le fueran instruyendo en los principios básicos de la escritura y la lectura. Pero la acuciante pobreza lo obligaría, desde los 14 a los 25o años, a trabajar como arriero en una hacienda próxima a Apatzingán. Le resultó de mucho provecho: la vida en el campo le permitió atestiguar las condiciones de vida y el pensamiento de los pobladores. También, conocería gran parte del territorio donde años más tarde llevaría a cabo sus campañas militares como jefe del ejército insurgente. Sin embargo, renunció a su vida en el campo, sucumbió a los deseos de estudiar y tener otra vida y en 1789, y como vía para el sacerdocio, decidió ingresar en el Colegio de San Nicolás Obispo en Valladolid. Justamente ese mismo año el cura Miguel Hidalgo comenzó a ejercer como rector del mismo. Casi dos años convivirían al amparo de la citada institución sin saber que ambos estaban cobijados por ideas similares y profundas. Una de ellas la convicción de igualdad e independencia para todos los hombres y naciones.

Cuando José María Morelos ingresó en el Colegio de San Nicolás pensó que le sobraba edad. Pero de todos modos emprendió la jornada. Tuvo que cursar latín durante dos años con el maestro Jacinto Moreno, español de nacimiento, estricto, muy duro y con fama de no regalar ni sonrisas ni calificaciones. Cuando el curso terminó y para sorpresa del joven José María, el profesor Moreno sólo tuvo términos elogiosos para él. Describiendo el examen de Morelos dijo: Ha procedido con tanto juicio e irreprensibles costumbres que jamás fue acreedor a que se usase con él castigo alguno. Y por otra parte en atención a su aprovechamiento y recto proceder tuve a bien conferirle que fuese premiado con última oposición de mérito en el aula general, la que desempeñó con universal aplauso de todos los asistentes .

Cura de Churumuco, ?zona difícil

Morelos se dio cuenta de que el camino para llegar a ordenarse como sacerdote era largo, pero no le importaba. El siguiente paso sería la filosofía: tendría que estudiar por tres años lógica, física y metafísica. También una mezcla de materias no tradicionales: matemáticas, geometría y ciencias naturales. Después, graduarse como bachiller en la universidad. Y todo ello antes de empezar con la teología, que le interesaba mucho.

Fue ejemplar en cada paso. De sus estudios de filosofía en el Seminario Tridentino obtuvo el primer lugar. Como bachiller se graduó con las notas más altas. Y cuando al fin obtuvo la primera tonsura fue un día grande. Se dio cuenta que ya sabía de moral cristiana y era capaz de predicarla.

El 21 de diciembre de 1797 José María Morelos se arrodillaba ante el obispo Antonio de San Miguel para recibir, por fin, la unción sacerdotal. Ese mismo día se ordenó también un joven llamado Sixto Verdusco, que también llegaría a pelear con ahínco por la Independencia de México.

En aquellos días, el obispo de Michoacán se hallaba en plena promoción de su diócesis y le interesaba renovar ideologías y personas. Impresionado por Morelos, lo promovió rápidamente y lo nombró cura interino de Churumuco y la Huacana.

A pesar de que se trataba de una región alejada y peligrosa, con fama de difícil, José María se llenó de optimismo e ilusión. En un obispado como el de Michoacán, con tantas regiones y poblados había exceso de clérigos, la competencia era dura y él quería ganar un sitio. La residencia cural se encontraba en Tamácuaro de la Huacana, una extensa región de Tierra Caliente con 3,000 habitantes diseminados en 100 localidades. Lleno de ánimo y bien dispuesto,Morelos decidió llevarse a su madre y a su hermana. Ninguna de las dos resistió el clima. La primera llegó moribunda a Pátzcuaro antes del año y José María hubo de arreglar los funerales a distancia.

Todavía transido de dolor, le llegó la noticia de que lo cambiarían de destino. Pronto marcharía a Urecho, donde se encontraba la hacienda de Santa Efigenia, con su notable parroquia. Nadie hubiera imaginado que quince años más tarde, en aquella hacienda se redactaría la Constitución de Apatzingán, primera carta magna que atestiguaba el nacimiento de una nación nueva para el mundo.