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Keynes, un diletante en el clóset

John Maynard Keynes, es considerado uno de los más grandes economistas de la historia, autor de un libro revolucionario, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero.

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John Maynard Keynes, nacido el 5 de junio de 1883 en Cambridge, Reino Unido, es considerado uno de los más grandes economistas de la historia, autor de un libro revolucionario, la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, del calibre de La riqueza de las naciones de Adam Smith o de El capital de Carlos Marx. En honor a esta trayectoria, Robert Skidelsky ha publicado John Maynard Keynes. La biografía definitiva del economista más influyente de nuestro tiempo (editorial RBA).

Con sólo haber escrito la Teoría general, Keynes merecería el reconocimiento, pero destacó como un filósofo consecuente, académico capaz, un buen político, matemático competente, hábil negociador, financiero astuto y un hombre muy sensible a la cultura. Sobre esto último, Keynes creo un teatro en Cambridge, fue amante de la literatura, la música y las artes plásticas. Participó en el Bloomsbury Group, en el que era personaje consentido y relevante. El grupo fue muy influyente en la cultura. Sus miembros, se dijo con cierta picardía, vivían en cuadros y amaban en triángulos .

En cuanto a la teoría económica, hacia 1930 el mundo se enfrentaba a la crisis que aparecía a los ojos de todos como un cúmulo de absurdos, situación que hace decir a Robert L. Heilbroner, en su obra Vida y doctrina de los grandes economistas: Parecía lógico que quien tratase de resolver tan absurda paradoja –una producción insuficiente al lado de millones de hombres buscando en vano trabajo– fuese un hombre de izquierdas, un economista de fuertes simpatías hacia el proletariado, un rebelde. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, porque el hombre que abordó el problema era casi un diletante [que hace las cosas por placer]. La pura verdad es que poseía talento para todo.

Había en Keynes una endemoniada facilidad para hacer las cosas. Refiere Heilbroner que era como si la diversidad de talento que hubiera bastado para media docena de hombres se hubiera reunido, por una feliz casualidad, en una sola persona . Y este talento se aplicaba lo mismo a las cuestiones elevadas del pensamiento, como también a los asuntos de picardía (que no le faltaron).

Respecto de la Teoría General, explica Heilbroner: Keynes venía rumiando su obra maestra desde hacía algún tiempo. El año de 1935 le había escrito a George Bernard Shaw, por cuyo consejo había vuelto a leer a Marx y Engels, encontrándolos muy poco de su gusto . Keynes le comentó: Para comprender mi estado de ánimo es preciso que sepa usted que yo mismo creo que el libro que estoy escribiendo sobre teoría económica revolucionará en gran parte [...] el concepto del mundo acerca de los problemas económicos […] No puedo esperar que en la actual etapa lo crean así ni usted ni nadie. En cuanto a mí, personalmente, no sólo abrigo esa esperanza, sino que allá en mi fuero íntimo estoy completamente seguro de ello .

Y no se equivocó. De manera somera tres conclusiones se pueden destacar de la Teoría general:

1. Una economía en estado de depresión puede no salir de ella; no hay un mecanismo automático de seguridad como se había afirmado durante años. Más que un columpio que siempre vuelve a levantarse, la economía semejaba a un ascensor.

2. La prosperidad depende de la inversión. Si no se hace uso del ahorro, entonces se inicia la temida espiral descendente de la contracción.

3. La inversión es una rueda motriz de la economía en la que no se puede confiar. Sin que los capitalistas tengan culpa alguna de ello se encuentra amenazada constantemente de saciedad y ésta equivale a contracción económica.

El historiador Niall Ferguson terminó de sacarlo del clóset al afirmar: Keynes no se había preocupado nunca por las consecuencias de sus teorías económicas en el largo plazo porque al ser homosexual no podía tener hijos . Lo que provocó gran escándalo no fue que se hablara de sus preferencias sexuales, sino lo ridículo del argumento que implica que sólo los economistas heterosexuales, y con hijos, pueden tener visión de largo plazo.

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