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Arte e Ideas

Lectura 4:00 min

Juana, desde ?sí misma

La obra narra la vida fantástica de Juana ?de Arco. Lo más fantástico: todo es real.

Cuando un dramaturgo busca un personaje, su gran reto es encontrarle vueltas, esquinas, salientes de las que el público pueda agarrarse para entender la historia, para ponerse en los míticos zapatos de aquel que está en el escenario.

Jean Anouilh no se complicó la vida. Encontró al personaje complejo perfecto. Juana de Arco: ¿heroína, loca, santa o qué? En La alondra, obra dirigida por José Caballero y María González, Juana se narra a sí misma. La ilusión es que lo hace frente al jurado que está a punto de condenarla a la hoguera o de perdonarla. Su pecado: devolverle Francia a su rey, vestirse de hombre, tomar un caballo y liderar un ejército que la veía como una luz. Aun más, como un milagro.

La obra cuenta una historia lineal, y quien sostiene el peso de las más de dos horas de puesta es Thallis Santesteban, digna protagonista. A pesar de su apariencia juvenil, adecuada para el papel, Thallis actúa como intérprete con tablas. Ayuda que está acompañada por actores de experiencia como el propio José Caballero (quien hace del obispo de Beauvais, principal juez de Juana) y Miguel Cooper.

Juana, la doncella de Orleans, hizo lo imposible: expulsó a los ingleses de Francia. Convenció a un delfín débil, Carlos III, de ser el rey francés que lo hizo. Y a cambio lo único que recibió fue el fuego fatuo de la Inquisición.

Todo comienza con una Juana niña, pastora de borregos, que antes de cumplir 15 años y cumplir su destino de nacimiento (casarse, ser madre, ordeñar) comenzó a escuchar voces y ver apariciones. Es Dios que le dice: Salva a tu pueblo, salva a tu rey .

Para lograrlo, Juana transgrede las reglas de su tiempo. Es una mujer símbolo: sin saber cabalgar, tomó un caballo, se puso pantalones y tomó la espada para encarar a un ejército de miles de soldados.

Lo primero: convencer al monigote heredero del trono de Francia de que valía la pena luchar contra la ocupación inglesa. Carlos (interpretado con desenfado por Arusi Santesteban) es un delfín que prefiere jugar a las cartas que ponerse la corona. Juana, que basada en su ingenio logró ponerse frente a él, lo convence de la misión divina de ser el monarca que nació para ser.

La obra va narrando los hechos desde el punto de vista de Juana. Es Juana de Arco por sí misma, rindiendo testimonio frente a los hombres grandotes e intimidantes, adictos al patriarcado de la religión católica (todos, menos el conde de Warwick, interpretado por Miguel Cooper, que sólo quiere a Juana muerta por razones políticas), que han de condenarla o perdonarla. Obsesionados con el demonio, juzgan a una Juana como a una delincuente de la fe. A Juana la traiciona el mismo el rey al que salvó. Carlos III la entregó a la iglesia.

El texto de Anouilh nos permite conocer los hechos y es empático con Juana como protagonista, y aunque el personaje es lo bastante complejo para atrapar al espectador, su linealidad y sencillez no permite cuestionar nunca al personaje. Eso queda en manos del espectador. ¿Juana estaba loca? ¿Era una pobre esquizofrénica que, como muchos, acaba en la estaca?

La alondra pretende presentarnos a una Juana de Arco sediciosa, una mujer valiente que se enfrenta al poder en una época en la que el statu quo es poderosísimo, infranqueable. Pero ella logró saltar el muro, lo imposible, y soñó con una libertad que ni siquiera hoy existe para la mayoría de las mujeres.

Porque la historia es una farsa en la que todos participamos, a Juana la Iglesia católica primero la quemó, luego la perdonó y en el siglo XX la hizo santa. Personaje fascinante, la doncella de Orleans queda como testimonio de que muchas veces hace falta estar chiflado para cambiar al mundo.

concepcion.moreno@eleconomista.com

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