Al inicio del siglo XXI, se estableció contundentemente que el cáncer cervicouterino era originado por una infección persistente por Virus de Papiloma Humano, —causa necesaria aunque no suficiente—, explica Miguel Ángel Jiménez Ríos, jefe del departamento de urología oncológica del Instituto Nacional de Cancerología. Por ello asegura que con esta información y las distintas pruebas de tamizaje, tendríamos todas las herramientas para que esta enfermedad no se presentara como un problema de salud pública.

Dijo que siete de cada diez mexicanos hemos estado en contacto con el virus, lo que lo vuelve un agente cotidiano, pero muy pocas de esas infecciones van a ser persistentes y van a producir lesiones. “Esa información es sustantiva, incluso para los profesionales de la salud, el VPH no es sinónimo de cáncer y en muchas ocasiones se confunde esa situación”.

Además de enfatizar que este tipo de cáncer es altamente prevenible, el doctor Jiménez aseguró que este tipo de tumores tienen un alto periodo de latencia; por lo que hay múltiples oportunidades y en diversas fases de atención, en la primaria a través de las vacunas y pruebas de tamizaje como el Papanicolau.

La magnitud del problema

Entonces, ¿por qué su prevalencia? A pesar de que el cáncer cervicouterino no debiera ser un problema de salud pública, esto es derivado de una enorme inequidad social y la imposibilidad de pruebas de tamizaje para la detección; sobre todo en los países poco desarrollados, dijo el también investigador.

El cáncer cervicouterino es la segunda neoplasia más común en mujeres de América Latina, con 68,818 casos anuales. La incidencia en la región es de 21.2 casos por 100,000 mujeres, alcanzando valores superiores a 30 en países como Perú, Paraguay, Guyana, Bolivia, Honduras, Venezuela, Nicaragua y Surinam.

Es también la principal causa de muerte por un tumor maligno en la mujer latinoamericana, con 43,208 defunciones y tasas de mortalidad de 13, que varía de 5.0 en Guatemala a 22.6 defunciones por 100,000 mujeres en Uruguay.

En México, hasta la década de los noventas, se constituía como una de las áreas geográficas de mayor incidencia y mortalidad por cáncer cervicouterino. A principios de este siglo comenzó una discusión importante que ha modificado las cifras, aunque no de manera contundente.

Según datos de la Secretaría de Salud, en México a partir del año 2006, el cáncer de mama desplazó al cáncer cervicouterino como la primera causa de muerte por cáncer en la mujer.

Anualmente se estima una ocurrencia de cáncer cervicouterino de 13,960 casos en mujeres, con una incidencia de 23.3 casos por 100,000 mujeres. En el año 2014, se registraron 3,063 casos nuevos de tumores malignos del cuello uterino con una tasa de incidencia de 6.08 por 100,000 habitantes mayores de 10 años. En mujeres de 25 años y más, se registraron 4,056 defunciones con una tasa cruda de 11.9 defunciones por 100,000 mujeres y un promedio de edad a la defunción de 59.15 años.

Las entidades con mayor mortalidad por cáncer de cuello uterino son Morelos (18.6), Chiapas (17.2) y Veracruz (16.4).

De acuerdo a la American Cancer Society, en Estados Unidos las mujeres hispanas tienen más probabilidad de padecer cáncer de cuello uterino, seguidas de las mujeres de raza negra, las asiáticas y las isleñas del Pacífico, y las mujeres de raza blanca. Las indias americanas y las mujeres oriundas de Alaska tienen el menor riesgo de cáncer de cuello uterino en el país.

Sobre esta base, el especialista asegura que hoy el dilema es que tenemos una tecnología tradicional con 70 años de existencia y la innovación tecnológica es costosa. Aun así en México ya se tiene acceso a estas pruebas biomoleculares, incluso nuestro país es el primero en el mundo en tener un Programa Nacional de Detección de Cáncer Cervical donde ya están incluidas pruebas neomoleculares; pero, “aunque se está incrementando la cobertura, aun es del 20% de las mujeres en riesgo, en cuanto se optimicen estos recursos, sin duda alguna tendrá un impacto mayúsculo en la detección de esta enfermedad”.

Concluyó que grupos mexicanos están implementando y desarrollando tecnología en prevención primaria y secundaria. Por ejemplo, un estudio en la delegación Tlalpan está combinando las técnicas de bilogía molecular con el tamizaje y la vacunación en mujeres adultas, esto con la premisa de que una prueba de VPH negativa con vacuna muy posiblemente elimine pruebas de tamizaje. Estas estrategias podrían reducir enormes costos en los procesos de detección y prevención, por lo que aseguró que la investigación mexicana continuará y claro nosotros los mexicanos esperamos que los presupuestos para ello, también.

nelly.toche@eleconomista.mx