En algún momento de la colorida, trepidante y reveladora Espejos, Laura (una adolescente rebelde que solo quiere ser actriz, interpretada por Ludwika Paleta) pregunta: ¿Y cuándo vamos a actuar de verdad? . Pide una respuesta entre sus cuatro interlocutores que conforman un grupo de actuación para principiantes y realizan varios ejercicios que resultan graciosos y extraños y que poco parece que los ayuden a desarrollar técnicas de actuación.

Susana (Diana Bracho), la maestra del curso, le da algunas razones a Laura, y Teresa (Nailea Norvind), actriz profesional sin éxito, le dice algo más en un tono amigable: Susana tiene razón. Así es como se aprende .

Las luces se apagan en el escenario y enseguida pasamos a otra de las 30 pequeñas escenas que componen esta divertida y esclarecedora pieza teatral, cuya mayor pretensión es compartir con el espectador un instante, una verdad y un secreto: la vida es transformación y hay que aprender a mirarla.

En la propuesta formal de la obra, las semanas pasan en minutos y los años en un parpadeo.

Se acumulan así cortes precisos que ayudan a que el espectador conforme una visión bastante nutrida sobre cada uno de los personajes ideados por la dramaturga estadounidense Annie Baker, quien nombró originalmente a esta pieza Circle Mirror Transformation, y cuyo montaje en el prestigioso circuito off-Broadway en el 2010 la hizo acreedora al Premio Obie por Mejor obra nueva. Se trata de un texto plagado de una profunda sencillez y un silente estruendo.

El joven director mexicano Diego del Río acierta en retomar la propuesta del argentino Javier Daulte proponiendo una obra dinámica que se desarrolla en espacios funcionales. Diana Bracho (Susana), Juan Carlos Barreto (Jorge), Hernán Mendoza (Sergio), Nailea Norvind (Teresa) y Ludwika Paleta (Laura) componen un elenco equilibrado y serio que, por lo mismo, se permite jugar en el escenario y es capaz de entregarle parte de sí a cada uno de los personajes que encarnan.

EMERGEN LOS TRAUMAS Y LA NEUROSIS

La obra presenta una serie de escenas que, con base en la acumulación de detalles, marcan el paso de las seis semanas que dura el curso de actuación. Susana es la facilitadora de este curso-taller y ella se hace acompañar por su marido, Jorge. No sabemos por qué razón. Quizá Susana es una actriz retirada que necesita encontrar un escape o nunca ha podido realizar sus sueños, quizá algo esconde o, más bien, algo se le esconde y tal vez necesita saber qué es. En principio, todo luce aparentemente muy lindo y en paz, ¡vamos!, se trata de un curso de actuación con ejercicios divertidos. Sin embargo, poco a poco los traumas y la neurosis de los participantes comienzan a emerger.

Desde las primeras sesiones, Teresa (actriz de poco prestigio) y Sergio (carpintero separado) se sienten identificados (ambos vienen de relaciones fracasadas). Les basta un cruce de miradas para lanzarse.

Las dinámicas de actuación que propone Susana incorporan la dimensión estética del placer lúdico como ejercicio: sincronizan una numeración espontánea del uno al 10, simulan con su cuerpo objetos de una recámara; imitan los movimientos que otro propone, representan situaciones de tensión familiares, ejercitan el recuerdo y la narración. Teresa y Sergio coquetean.

No hace falta más que un ligero empujoncito -como diría el Guasón de Ledger- para desatar el caos: las pasiones.

Sin embargo, esto es solo el principio. La red de emociones que se teje entre el grupo al cabo de tan solo seis semanas adquiere una complejidad que texto, dirección y actores resuelven con gran verosimilitud.

Laura, dentro su timidez e incredulidad, es la más traviesa, la más juguetona y, sobre todo, la más atenta. El personaje que transita tiempos y dimensiones con mayor claridad.

Poco a poco vamos identificando los traumas y obsesiones de cada uno de los personajes. Poco a poco, en una acumulación superafortunada, los espectadores nos vamos dando cuenta de que los personajes se parecen a nosotros y así, la obra es capaz de conectar con todos.

A diferencia de lo que se podría pensar, ésta no es una pieza que habla del teatro en el teatro ni de la actuación solamente, Espejos es una obra de teatro que habla de la vida, de aquello que nos hace humanos: el temor, la soledad y los recuerdos.

EL PESO DE LOS ENCUENTROS

Hay dos ejercicios muy puntuales, con giros de lenguaje bien pensados y variaciones adecuadas que se van agregando sobre la marcha (siempre hacia adelante bajo una trepidación singular que desemboca en un finale que es oráculo y señuelo), en los que es preciso poner atención:

En el primero de estos ejercicios (la primera escena de la obra) los actores, acostados en el suelo boca arriba, intentan decir uno a uno los números del uno al 10, pero como no se miran ni hay un orden establecido, se equivocan a cada intento, en un ejercicio que parecería sencillo.

Cada semana lo intentan y no es hasta la quinta que lo logran: la sincronía (y la armonía) exige tiempo y dedicación.

En el segundo, se les pide que escriban en un papelito un secreto o algo de lo que no les gusta hablar, luego los doblan y la maestra los reparte: ahora cada uno de ellos deberá leer el que le tocó.

Lo curioso es que, al menos los espectadores pueden comprender a quién pertenece cada secreto.

Ése es un logro del texto, que propone personajes cercanos y entrañables.

Pero, más importante es un secreto que bien podría calzar con cualquiera de nosotros: todo lo que he hecho es por obra de mi soledad .

Cuestiones medulares de la obra, la soledad, el peso del pasado y la solidez/fragilidad de los recuerdos: destellos de vida que sólo podemos ver frente al espejo.

Una suma intermitente que nos acompaña y forma. Porque si bien todo se desvanece como el vaho sobre el espejo después de la ducha, el peso de los encuentros es la otra cara de la dicha como también lo es del dolor y de la pérdida.

Nada es del todo casual, parece decirnos esta pieza: ningún encuentro, por mínimo que parezca, es intrascendente, aunque tampoco es del todo definitivo.

Por eso la obra es tan fuerte y total. Es el teatro y la vida una transformación constante en un espejo circular: un tapiz de ojos que nos observan, nos sacuden y nos enseñan a mirar.

aflores@eleconomista.com.mx