Bruno Newman está recibiendo una camioneta con una carga de cinco figuras de fibra de vidrio de tamaños considerables. Son cuatro caballos de feria y, al fondo de estos, una figura antropomorfa difícil de definir desde la perspectiva de la banqueta. El marchante que ha llevado la carga hasta ahí, esperando seducir al coleccionista con las piezas, dice, casi mostrando el colmillo, que se trata de un Picasso. De inmediato Newman le corrige con rigor: “es una reproducción de un Picasso”.

El también fundador del Museo del Objeto del Objeto (MODO) ha comprado el lote completo. Los trabajadores del marchante mueven la camioneta en reversa para acercar las piezas al garaje de la casa de Newman y descargarlas en su interior. Prácticamente todos los espacios en el interior: mesas, escritorios, repisas, paredes... puertas; despacho, sala, comedor, jardín, cocina, están ocupadas por colecciones que van desde piezas de arte hasta series de objetos, curiosos y atípicos, como martillos, bolígrafos, relojes de estilo art decó, art nouveau y de arena; dorjes tibetanos, caracoles de plata camboyanos, varias creaciones del platero William Spratling; latas de sardinas de todo el mundo, cajas de cosméticos, maniquíes, piezas de cerámica y de vidrio traslúcido; planchas coloniales, tostadoras, hoyas, jarras de vidrio, utensilios de peltre blanco y hasta cientos y cientos de ojos de muñecas, por mencionar solo lo que está a la vista.

Un dilema

“Siempre digo que he sido un mal coleccionista. Tengo unos amigos en San Francisco que coleccionan latas de café de todo el mundo, del siglo XX. Tienen en todas sus casas, en las repisas, todos los cafés del mundo; y tienen espacios para los cafés específicos que les hacen falta. Y boletinan a todos los anticuarios en busca de los faltantes, aunque les puedan costar un ojo de la cara. Son especializados. Conozco a algunos que coleccionan cucharitas; otros, cajitas de cerillos, ceniceros. Nada más”, relata y agrega: “cuando alguien me preguntó sobre lo que yo colecciono, una de mis hijas que estaba escuchando, con todo el afán de molestarme, dijo: ‘mi papá colecciona colecciones’. Yo pensé, qué buena definición. Y sí: colecciono colecciones”, concluye.

Varios vendedores de antigüedades y objetos extraños van a su casa para ofrecerle esos fetiches que, especulan, puedan llenarle el ojo. Y el coleccionista, con todo el bagaje, se da a la tarea de elegir lo que puede ser complementario para alguna de sus colecciones o prescindir de lo que no le interesa. Es casi imposible que lo timen, y la razón es sencilla: el criterio para sus elecciones, dice, es más sensitivo. Asegura que lo que le da valor a las piezas que colecciona es la labor de juntar objetos similares, patrones, grupos de objetos hermanados por él mismo, ya sea por su rareza, por su unicidad, por su color, por su estilo, por su procedencia o tal vez por sus tragedias.

Conserva un sentido del humor agudo, esencial para los caprichos de sus colecciones. Lo mismo que la vista selectiva y una memoria práctica y precisa: “puedo saber de dónde viene cada pieza (...). Desde luego no pasan semanas para que compre algo, pero muchas veces no pasan ni días”. Y más adelante se defiende: “en mi caso no es una patología”.

Para abrir un museo

Cuenta que cuando todavía estaba dubitativo sobre si crear un museo en el que pudiera compartir su colección, uno de sus amigos más cercanos, el artista, diseñador y publicista Gonzalo Tassier, le dijo con humor: “ya tengo el nombre de tu museo, Newman: el Brunenheim”.

Recuerda que “un día leyendo una revista de diseño, esta decía que el nombre y la marca tienen que apelar al objeto para el que cada objeto fue hecho”. Ahí comenzó a gestarse en la mente del coleccionista, si no el Brunenheim, sí el MODO, el cual, con casi una década de existencia, presume de un acervo que asciende a los 165 mil objetos ya clasificados, aunque afirma que todavía faltan muchos por clasificar.

Y pensar que esa inquietud de coleccionista comenzó hace más de 50 años, recuerda, con un juego de jabones, un perfume, una loción y una pequeña caja de polvo cosmético de la marca Pompeia, fabricados en 1906, que adquirió en La Lagunilla a 15 pesos. La caja todavía la conserva y, dice, le guarda “cierta veneración”. O quizás la manía de coleccionista comenzó antes, como cuando a los ocho años comenzó a apasionarse por la filatelia.

La inquietud de Bruno Newman por seguir gestando colecciones, series de objetos, todavía es ávida. Asegura que ha notado una evolución en su forma de coleccionar, una mucho más estricta. “Ahora me están gustando mucho los capelos”, asegura y señala a la ventana de su despacho, donde ha colocado una serie de estas cúpulas de vidrio para las que ya tiene planes.

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