1.

Aquel 28 de mayo, la población veracruzana despertó aturdida y ensordecida por las detonaciones de una salva de artillería. El puerto, que ya había sido escenario de guerras, invasiones, sitios y ruidosas batallas, volvía a ser protagonista marítimo de la historia. Era 1864 y el estruendo matutino anunciaba la llegada del emperador Maximiliano de Habsburgo a las costas de México. La fragata francesa Themis se había acercado a la isla de Sacrificios para avisar sobre la proximidad de la embarcación que traía al nuevo monarca de México, para que se preparara su recibimiento en tierra, y con ruidoso escándalo se anunciaba.

Todo había empezado mucho antes, cuando la ciudad estaba ocupada por los franceses y una delegación de notables mexicanos, que decían representar la voluntad del pueblo, había partido rumbo a Miramar para ofrecer a Maximiliano la corona de México en octubre de 1863. Había respondido que aceptaría sólo si el pueblo mexicano así lo deseaba y si el imperio francés se comprometía a ayudarle mientras se lograba la pacificación del país. Le dijeron que en México se había llevado a cabo un plebiscito donde los resultados se habían inclinado a favor de la coronación. Y fue así como, el 10 de abril de 1864, tras un detenido examen de las actas de adhesión que le presentaron y con el consentimiento de su real familia para que tomase posesión del trono prometido, Maximiliano declaró solemnemente que aceptaba la corona de emperador. Cuatro días después, el 14 de abril de 1864, Maximiliano I de México y su esposa Carlota habían iniciado su travesía rumbo a tierras mexicanas. 

Hacia las 2 de la tarde de aquel 28 de mayo, la fragata Novara hizo su majestuosa entrada a la bahía, y a las 5 de la tarde una comitiva encabezada por Almonte, nuevo lugarteniente del reino, se dirigió al muelle para recibir al emperador a quien le dijo que una nueva era comenzaba para los mexicanos con esperanzas fundadas en sabiduría y nobles designios. Maximiliano respondió que consagraría todos sus esfuerzos a labrar la felicidad del pueblo mexicano y que en sus manos tremolaría siempre la bandera de la independencia, la justicia y la concordia para todos sus súbditos. 

Maximiliano y Carlota, que habían planeado desembarcar en aquel instante, no pudieron hacerlo, porque lo avanzado de los calores hacía inminente el peligro de las enfermedades regionales que atacaban a los europeos, así que tuvieron que permanecer en la embarcación hasta el día siguiente. Según algunas crónicas, en la mañana del día 29 de mayo el puerto de Veracruz amaneció engalanado con banderas, flores, voces declamando poemas y un arco triunfal que lucía en medio de la plaza, decorado con alegorías que representaban las ciencias, la justica, la agricultura y el comercio, y que entre gritos y vítores el presidente del ayuntamiento le había entregado a Maximiliano, en una bandeja de plata, las llaves de la ciudad.

Pero otros cronistas dijeron que el recibimiento había sido frío, porque en la población dominaban los elementos republicanos y los enemigos de los franceses y sus intervenciones, y la gente quiso expresar sus sentimientos con un completo desdén hacia la llegada del emperador. En tal versión se cuenta que la pareja imperial atravesó en coche, recatadamente, la ciudad, que las calles estaban tristes y desiertas, no había preparada ninguna festividad en honor de los soberanos y un doloroso silencio hacía más ruido que un escándalo. Dicen que el emperador quedó con ánimo abatido y la emperatriz con lágrimas en los ojos. 

Sin embargo, no faltaron quienes reportaron que la pareja imperial había sido recibida “si no cálidamente, sí favorablemente”, y que Almonte se había esforzado en paliar del ánimo de los emperadores convenciendo a Maximiliano de que el pueblo mexicano lo deseaba como su gobernante. El emperador, entonces, hizo un llamado a “que todos los mexicanos se le unieran para defender la justicia e igualdad ante la ley”. Prometió libertad personal y de la propiedad, fomentar la riqueza nacional, mejorar la agricultura y toda clase de bondades. Pero los monarcas decidieron no detenerse en Veracruz ni una noche más. Sólo cruzaron la ciudad para tomar el tren y partir rumbo a la Ciudad de México. 

2.

Aquella semana del siglo pasado, la que corrió del 23 al 31 de mayo de 1911, fue una de las más duras en la capital de la República. El gobierno federal, orgulloso y porfiriano, no podía creer el descontento del pueblo. Sentados en sus curules, despachando en sus oficinas, disfrutando de sus fiestas, viviendo en sus anchas casas, la parte pudiente de la población, la más cercana al gobierno, había confiado en que el levantamiento armado desaparecería en un santiamén. Bola de revoltosos, pensaban. Inconformes y frustrados, los que se empeñaban en destruir todo lo conseguido, los que creían en Madero y decían seguir sus doctrinas. No se daban cuenta, pensaban. Más bajo de estatura que Don Porfirio, oriundo de un lugar casi salvaje donde el sol parecía no ocultarse nunca, tragando tierra y derritiéndose de calor, Madero había arengado con discursos y chantajeado a la población para convencerla de que podían cambiar el floreciente destino, ese que el presidente anunciaba tan prometedor. Habían creído que todo acabaría. Habían apostado a que Díaz recordaría su pasado militar glorioso, cuando convertido en un caudillo había defendido a Juárez de las invasiones extranjeras y derrotado a todo enemigo con la fuerza de su espada y el tronar de sus armas. Por eso no entendían lo que hacían todos esos revoltosos, aquella soleada mañana del 24 de mayo, amotinados afuera de Palacio Nacional, pidiendo a gritos cada vez más fuertes la renuncia del presidente. Parecía que no iban a callarse nunca. 

Todo fuera como eso, creyeron, como si nada más bastara un escándalo para acabar con todo. ¿Qué no se habían enterado de que todo estaba bien? No. No lo sabían.

Cuando amaneció el 25 tampoco lo podían creer. Porfirio Díaz había firmado su renuncia y así se dirigía al Congreso: “El Pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de Intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo es causa de su insurrección”. Luego decía que dejaba el cargo, que se disponía a irse de México, a morir lejos. Terminó el discurso, sin embargo, con palabras de consuelo:

“Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas”. 

Al día siguiente partió para Veracruz. Murió en París en santa paz. Pensando que la historia lo perdonaría, que él no había tenido la culpa de nada y recordando, con nostalgia, la silla en la que se había sentado los últimos 30 años.