Todo el asunto resulta polémico. Un escritor de la talla literaria de Bryce Echenique enfrentado a un asunto que, de entrada, es penoso por innecesario.

Las aguas están caldeadas en México luego del caso de Sealtiel Alatriste, que constituye un hito en las letras nacionales porque el plagio tuvo tintes rupestres al convertir simplezas de Internet en textos firmados por él. En fin, que ese lío ha quedado atrás, lo que resurge en estos días es una consideración que resulta diáfana. ¿Quién pone en duda la calidad de la escritura del autor de Un mundo para Julius?

El jurado premió al peruano sin tomar en cuenta que un autor lo es cuando publica un libro o cuando lo hace en un diario, una revista o por las actuales vías electrónicas. ¿Cuáles son los límites del plagio?

Ulalume González de León, en su poemario Plagio (Joaquín Mortiz, 1973), realizaba un homenaje a Montaigne, cuya voz entrañable se convertía en epígrafe: ¿Y qué, si un poco más atentamente presto oído a los libros en busca de algo que escamotearles para adornar o apuntalar el mío? De ninguna manera para formar mis opiniones; sí para secundarlas y servirlas, formadas ya como están . Párrafo iluminador que establece ese diálogo en el cual las ideas forman un entramado, una red finísima en la que caen de pronto las moscas de la insensatez.

Porque una cosa es fascinarse con un asunto y otra muy distinta copiarlo de manera innoble. Kafka, lo ha demostrado con claridad un ensayo de Guy Davenport, estableció sus coordenadas con La piedra lunar de Wilkie Collins para realizar su Cazador Graco. La diferencia estriba en que el escritor judío-checo elaboró sus preocupaciones y les otorgó un sentido que en nada se parecía al modelo original. Un eco lejano queda en el relato kafkiano, lo que prevalece es una estética, un modo de ver el mundo que corresponde sólo al autor de La metamorfosis. El hecho está encuadrado en lo que opinaba Montaigne.

En cambio, es una vulgaridad el tomar párrafos de otros, sin las comillas respectivas, para presentarlos a nombre propio.

Algunos dirán que se transita por la realidad del engaño. Hasta en los concursos de belleza se ha aceptado que las participantes se presenten con los dones de la cirugía que les agranda los pechos y el trasero. ¿Qué le queda a las letras? ¿Asimilar el golpeteo y premiar a quien se le han comprobado al menos 16 casos de plagio? ¿Será uno el gran novelista y otro distinto el periodista plagiario? Verlo así es aberrante. Un artista lo es en su unidad, en lo que se constituye luego de una trayectoria. Por desgracia, Bryce Echenique padece el síndrome de Hyde y Jekyll. Esta claro que el jurado cometió una pifia que es imposible resolver en la práctica.

La misma entrega del Premio tiene mucho de vergonzante, algo así como un hecho clandestino. Tal vez debieran ir disfrazados para que nadie reconociera a los causantes del desaguisado.

Molesta que Bryce haya incurrido en prácticas dolosas. Hecho que lo desacredita más en términos éticos que literarios, sólo que toda práctica implica, de algún modo, una toma de posición. Abrir otros canales es prender la mecha a una bomba de tiempo, que un día explotará sin más. Eso lo padece ahora Bryce Echenique y el único culpable es él. Si otros secundan sus acciones, entonces ellos forman parte de una complicidad afrentosa. También habría que recuperar que los integrantes del jurado de ninguna manera son personajes deleznables, al contrario, son personas de reconocida ética y capacidades de juicio fuera de cualquier duda. Por ello, lo único que flota en el ambiente es la zozobra de la duda. ¿Qué sería lo mejor para el Premio FIL 2012?