La muerte no sólo arrastra al vacío; también señala un elemento primitivo: las condiciones de trabajo en las que se desplegó la vida del que murió.

Una de las muchas noblezas del periodismo es la de poder hacer tanto enemigos como amigos. A Eduardo Díazmuñoz lo conocí en mis inicios de reportero en cultura de El Nacional, bajo la guía de Manuel Blanco. El también compositor dirigía la OSEM. Él me presentó a Daniel Catán. Nos estrechamos por casi dos décadas. Con mi tocayo sumo 25 años de complicidad y afecto.

Variados momentos son imborrables. La noche del estreno de La hija de Rappaccini en San Diego, tremenda aventura en la que me colé a la cena de gala. Jugamos largo rato, como buenos viciosos del pin pon, en la fiesta de bautizo de Trasina del Pilar, hija de Eduardo y Mayté: nunca pude ganarle un juego.

A los pocos meses de desempeñarme como agregado cultural de la Embajada de México en Chile, Daniel viajó para una locura propia de su genio: internarse en territorio austral para escuchar el silencio de los glaciares. Tenía en mente una ópera con tan deslumbrante escenario.

Una de las noches que pasó en Santiago, de regreso del lugar de trabajo ubicado en la comuna de Providencia y a tres calles de mi departamento, paramos en un cabaret pequeño, lujoso y cachondo. Se acercaron a la barra dos chicas con los senos descubiertos. Jugueteamos. Qué divertido: aquí en mi memoria, la sonrisa de Daniel, los dedos de la mano izquierda sobre el pezón elegido al azar.

Intensa aventura amazónica

Me detengo en la que fue quizá la más intensa de todas las experiencias que compartimos. Como agregado cultural en Colombia, en plan sin precedente en el amplio historial de nuestros países, de mano del audaz embajador Luis Ortiz Monasterio, se prepararon algunas arias de Florencia en el Amazonas. Fueron interpretadas por Encarnación Vázquez, una soprano, un tenor y una pianista colombianos en el parque de Orellana de Leticia, capital del Departamento del Amazonas, en el triángulo que se forma con Perú y Brasil.

Daniel, quien pasó años atrás por esa bellísima porción amazónica bajo el influjo de la obra de Gabriel García Márquez, no pudo llegar a tan excéntrica cita. Eran años de residencia en Los Angeles, a donde había ido a radicar por mejores condiciones de trabajo. Pero meses después, en el desquite pactado, Catán escuchó a la Orquesta Filarmónica de Bogotá ejecutar la Suite de Florencia. Además dio un curso en la Universidad Javeriana.

Como periodista, me dio la primicia de Il Postino. Los últimos años intercambiamos correos y llamadas. Estuve cerca de ir a pasar una temporada a su casa en mi búsqueda de nuevos horizontes... de trabajo.

No hace mucho le pedí escuchara a mi ahijado Sergio, quien estudia piano en Ensenada. Sus padres, Norma Bocanegra y Sergio Gómez, preparaban el viaje a la ciudad, al país que le dio lo que su patria le negó: condiciones para vivir de componer ópera; de verlas representadas y de dar cátedra a docenas de aspirantes a músicos o compositores.

Un mercado inexistente

Como millones de mexicanos lo han tenido que hacer, entre ellos el mismísimo Díazmuñoz -primero a París, luego en Miami y desde hace siete años en Champaign, Illinois-, Daniel se fue porque en México no había, nunca ha habido y no habrá mercado para la ópera.

Un puñado controla los intereses del arte lírico, se disputa el ridículo presupuesto que el gobierno destina a través del INBAL o del Cervantino, se pelea por cantar bajo el orgullo sindical, hace un negocio al traer vía satélite los montajes neoyorkinos para que gustemos de lo bueno que aquí no habrá si se paga entre 40 y 300 pesos, promueve espectáculos televisivos sin anclaje en el circuito productivo, invierte para que nos sorprendamos con montajes venidos de fuera ya que es inviable a nivel local el negocio.

También unos cuántos se preocupan por becar talentos que se irán, en escenificar obras del repertorio de cajón en algunas capitales de la República. En suma, una minoría sabe, conoce o disfruta de la ópera; y de ellos, apuesto que la mayoría no supo al menos quién fue Daniel Catán: no sólo el gran compositor, también la paradoja que explica la pobreza de un medio artístico y laboral destinado al fracaso.

Andrea Puente, arpista, compañera de Daniel desde 1999 -año en que dejaron México- me comenta vía telefónica que un paro cardiaco causó el deceso. Vino de la nada mientras dormía. Estima le faltan cuatro escenas a su última ópera Meet John Doe, que serán encargadas a un colega. Los derechos de sus obras seguirán en la empresa Schirmer, de Nueva York. El nada fácil mercado latinoamericano piensa atenderlo a través de una fundación. Il Postino se estrena en junio en París.

En la red

Escucha El vuelo del águila, con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México bajo la dirección de Eduardo Díazmuñoz en

http://www.youtube.com/watch?v=RAXijkK_WZA

Otras notas y fragmentos de su obra en

http://www.nytimes.com/2011/04/12/arts/music/daniel-catan-composer-of-operas-in-spanish-dies-at-62.html

http://latimesblogs.latimes.com/culturemonster/2011/04/composer-daniel-catan-dies-unexpectedly-at-62.html

http://www.latimes.com/news/obituaries/la-me-daniel-catan-20110412,0,6431794.story

http://www.guardian.co.uk/music/2011/apr/17/daniel-catan-obituary

http://www.themodernword.com/gabo/gabo_music_catan.html

http://newmusicbox.org/article.nmbx?id=6885