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Con sazón de Navidad
A veces la vida es tan amarga que abre las ganas de comer, escribió alguna vez Alfonso Reyes. Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, decía.

A veces la vida es tan amarga que abre las ganas de comer, escribió alguna vez Alfonso Reyes. Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias, decía. “Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan cualquier caos que se presente. La literatura, la comida y todo acto de alimentación requieren tiempo, planeación, estrategia y cocimiento. Y el hombre se nutre no solamente para asegurar su crecimiento y desarrollo sino también por placer. Mucho más disfrutable si los alimentos tienen alta calidad gustativa, son frescos, de hermoso color, textura perfecta, indicados para el momento y presentados de manera hermosa”. Exactamente así -deliciosa y sazonadamente- escribió sobre los días de fiesta en los que estamos atrapados ahora mismo. Y mire usted, lector querido, que por el mundo no pasaba una pandemia y jamás la posibilidad de un confinamiento para ganar la salvación. En su cuento Fuga de Navidad nada de villancicos, estrellas o esferitas. Solamente una escena muy bien sazonada de genialidad sarcástica:
“Que salte, pues, el vino dorado, rociando el pavo y el turrón. ¡Alegría del moco de coral y el escobellón hirsuto y galano cuando –égloga anacrónica, ni siquiera griega- el ejército de pavos, que conduce un pastor sin nombre, rompe por entre las filas de automóviles de nuestras ciudades! Los escaparates sacan el pecho y relucen de tentaciones. La gente asalta los tranvías, llenas las manos de paquetitos. Y los pavos sabor de nuez se agolpan azorados en mitad de las cuatro esquinas como un islote indeciso pardo y rojo”. Sin adivinar si acaso servirían de plato fuerte.
Reyes tenía razón como siempre. Aunque muchos críticos y algunos auto nombrados “verdaderos escritores” consideren el asunto gastronómico como una frivolidad, no sepan lo que es meterse a la cocina y a veces le den al clavo (de olor) con sus metáforas comestibles pero indigestas, ha llegado la hora–lector querido- de, como regalo de Navidad, poner a los literatos mexicanos en la misma cazuela.
Hubo una vez que algunos autores, después de haber trabajado lo suficiente, llorado ante la página en blanco, patinado sobre el despectivo hielo de la filología, publicado media docena de libros y encontrado por fin “su estilo”, se sentaron a preparar temas menores: Sor Juana Inés de la Cruz reprodujo a mano y de memoria las recetas de su madre, Salvador Novo hizo un feliz catálogo razonado de sus recetas favoritas, Artemio del Valle Arizpe se hundió en su taza de chocolate mientras escribía crónicas culinarias y José Juan Tablada publicó Los Hongos mexicanos comestibles sin un trazo de haikú. Nosotros los lectores, a punto de llegar al punto más alto de nuestra alacena intelectual, fuimos a las librerías a pedir La cocina jerezana en tiempos de López Velarde en vez de la Suave Patria. Todo para darnos cuenta de que Jorge Ibargüengoitia, otra vez, sobresalía en el tema. Saboreamos su recorrido por la América ignota con una torta compuesta en la mano y saboreamos con gusto su engañosa afirmación de que la cocina era punto central de su obra y las referencias culinarias “un registro social del mexicano para dejar plasmadas para siempre las costumbres de mesa del género humano en la segunda mitad del siglo XX”. Nos dimos cuenta que solamente él pudo explicar a la sociedad mexicana a través de una enchilada y que muchos platillos y personajes eran verdaderos paradigmas literarios. El Armando de las famosas tortas, que le dio su nombre a este platillo como Napoleón al famoso pastelito y aparecen en su libro Sálvese quien pueda; o las Crepas Isadora, que según Estas ruinas que ves pueden salvar la economía y el menú de toda fonda, restaurante, domicilio o fiesta nacional.
Indirectas y verdades: la relación de cada quien con la comida determina no sólo su figura sino también su actitud ante la vida. Hay quienes se dedican a comer, a cocinar, a estar a dieta y, los menos de las veces, a escribir sobre el tema. También están los que leen y no cocinan, y los que cocinan y los que se comen toda clase de lecturas.
En esta Navidad desazonada poco importan tales divisiones. En el encierro los libros pueden liberarnos y servir de consuelo y compañía. Si no podemos leer tampoco pasa nada. Para una buena cena cualquier receta basta. No olvidar solamente una cosa: existen los que tienen más comida que apetito, pero también quienes tienen más apetito que comida.
Y recordar, parafraseando, la frase que más le gustaba a Alfonso Reyes como un perfecto círculo y regalo: Acuérdate de vivir si y estás vivo.