Existen algunas personas que destacan por su vasta cultura y una gran generosidad para compartirla con quienes les rodean. Son personas cuyos conocimientos se extienden del campo de la ciencia a la filosofía y las artes.

Carlos Larralde Rangel fue uno de ellos. Un humanista en el más amplio sentido de la palabra. Lo conocí a finales de la década de los 80, mientras cursaba la licenciatura en investigación biomédica básica en la UNAM. Durante los siguientes 20 años sería mi maestro, mentor y colega.

De figura imponente, destacaba con su gran estatura y su vasta complexión. Enfundado en su bata blanca de laboratorio, para los estudiantes era como un gran Santa Claus de la ciencia.

De trato amable, siempre abierto a charlar, era también terriblemente crítico y exigente: en unos cuantos minutos podía decidir si le gustaba una persona o no. Si pasabas la prueba, compartiría contigo sus ideas, conocimientos y su gran entusiasmo por la biomedicina, la filosofía, la literatura y el arte en general.

Para Larralde, la biomedicina es la profesión científica del médico que se aleja de la clínica, el diagnóstico y la curación para convertirse en un chamán que busca, a tiempo completo, nuevos y mejores tratamientos. Es el médico que se pierde fascinado por la textura, el peso o el brillo de lo que va encontrando (Revista Ciencias, abril-junio 1993).

Larralde tuvo varios encuentros fascinantes a lo largo de su trayectoria científica, uno de los más importantes, sin lugar a dudas, con el gusano parásito Taenia solium, causante de la teniasis-cisticercosis.

En buena medida, gracias a él, México es pionero en el estudio de este parásito. A nivel mundial, se reconoce la contribución mexicana al conocimiento de la teniasis-cisticercosis, su diagnóstico y tratamiento.

Sobre la larga lucha por erradicar esta enfermedad, escribió en el 2006: Aunque aquí se le conoce de antaño, y desde México se ha contribuido sustancialmente a su conocimiento mundial, la cisticercosis no ha merecido un esfuerzo decidido por eliminarla dado su bajo perfil epidemiológico. Quizás la razón del desdén es que afecta principalmente a los habitantes del medio rural, históricamente marginados del desarrollo nacional. Pero la progresiva y masiva migración del campo a las ciudades seguramente trae consigo a un conjunto de agentes patógenos capaces de invadir y conquistar el medio urbano. Tal parece el caso de la cisticercosis, cuyo creciente reconocimiento en Asia y África y su reemergencia en EU y Europa delatan la progresiva extensión territorial del parásito (Cisticercosis, guía para profesionales de la salud. FCE, 2006).

Pensando en la erradicación, en años recientes colaboró decididamente en el desarrollo de una vacuna contra la cisticercosis porcina (con el fin de evitar la transmisión del parásito del cerdo al humano). En el camino, también se interesó en otros temas que afectan a la población mexicana, como el sida y el cáncer de mama.

Visto en retrospectiva, Larralde fue en su vida uno de esos chamanes extraviados de los cuales escribió, y que buscan comprender las bases biológicas [...] de la enfermedad, la muerte, el dolor, el envejecimiento, el pensamiento, los sentimientos, los sueños... .

Médico y científico

Carlos Larralde Rangel, ex director, investigador emérito y miembro destacado del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, falleció el pasado domingo por la tarde a los 76 años de edad.

Larralde Rangel fue un científico reconocido a nivel internacional, integrante de la Junta de Gobierno de la UNAM de septiembre del 2003 a abril del 2008, miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del Sistema Nacional de Investigadores.

El cocinero, el pintor y el escritor

En mi trabajo como editor de cultura he conocido grandes personalidades del arte y la ciencia. Pero en este momento no recuerdo uno tan impresionante como Carlos Larralde, quien además de haber sido uno de los científicos más relevantes del país era un magnífico cocinero que podía destruir cualquier propósito de dieta, un pintor y dibujante de mano paciente y ojo perspicaz para la belleza y, en sus últimos años, hasta cuentista de sus vivencias personales e historia familiar.

Pero los beneficiarios de estos grandes talentos eran sólo sus familiares y amigos más cercanos.

Así, por ejemplo, Carlos hacía banquetes de múltiples platillos para sus comidas familiares de cada fin de semana. No eran banquetes sencillos ni improvisados, sino complejos diseños que en muchas ocasiones tenía recetas de diversos lugares del mundo o regiones de la república. Gracias a ellos, la experiencia de ir a la mayor parte de los restaurantes ha dejado de ser especial: muy pocos chefs alcanzan su sazón.

Le sobreviven su mujer, Edda, sus hijos (entre naturales y adoptivos de sus tres matrimonios) Hernán, Ana, Rosa, Carla Eugenia, Olinda, Marcos, Florencia y Virgilio, y una multitud de estudiantes y amigos que lo admiraron y quisieron como el gran hombre que fue. Descansa en paz, querido Carlos. Te recordaremos siempre. (Con información de Manuel Lino)