Difícilmente podría hacerse una afirmación más injusta que la sirve de título a este artículo; sin embargo, algo inquietante parece advertirnos.

Cada vez que reconozco en alguna persona las manifestaciones típicas del estrés tiendo a preguntarme: ¿De qué manera fulanita o sutanito están contribuyendo conscientemente a tener semejante experiencia?

Si no fuera porque hay quienes disfrutan y hasta sienten una particular excitación placentera entre más estresados están, podría asegurarse que algunos ratones de laboratorio son sumamente afortunados... Ya ustedes dirán.

Varios científicos han observado que, cuando los roedores están estresados, liberan en su torrente sanguíneo grandes cantidades de una hormona (liberadora de corticotropina) que tiene un importante papel en la transmisión de mensajes de las células del cerebro. A partir de entonces, los ratones comen de forma excesiva, aumentan con rapidez de peso, se les nota muy ansiosos y torpes para aprender. Además, la insulina no les hace efecto.

Desde hace más de una década, se demostró con el desarrollo de obesidad, adicciones y ciertos trastornos psiquiátricos que, ya fuera por hambre, maltrato infantil, enfermedades graves o por la pérdida traumática de algún ser querido, el estrés está relacionado con éstos.

El hambre, por ejemplo, desencadena episodios intensivos de alimentación en ratones, changos y, evidentemente, también en humanos.

Tan es así que los sádicos investigadores han observado que, cuando someten a los ratoncitos a periodos alternos de hambre y luego de sobrealimentación, los animales muestran conductas compulsivas comiendo alimentos ricos en calorías.

Hoy día, ya se cuenta con datos confiables para explicar la frecuente relación entre estrés, problemas metabólicos (diabetes, obesidad) y enfermedades neuropsiquiátricas (depresión, esquizofrenia, demencia, ansiedad).

Se sabe que la glucosa es el principal combustible para que las células del organismo funcionen. Aproximadamente, 25% de toda esa glucosa se la lleva el cerebro solito.

A pesar de ello, hasta hace poco, se pensaba que el cerebro tenía poco que ver con la insulina, aún cuando esta hormona es indispensable para aprovechar los carbohidratos que comemos. De ahí que la falta de insulina provoque diabetes mellitus y su exceso cause otros trastornos metabólicos.

Por otra parte, la insulina está relacionada con otras importantes funciones como la neuroplasticidad (regeneración), la neuromodulación (expresión funcional) y el neurotrofismo (proceso de crecimiento) de las neuronas.

Una de las funciones de la insulina dentro del cerebro es la regulación del comportamiento alimentario. Nuevamente, el estudio en ratones ha demostrado que la administración directa de insulina en el cerebro inhibe el consumo de comida y, además, reduce el peso corporal, mientras que aquellos a los que se les suprime la posibilidad de aprovechar la insulina de los receptores cerebrales se vuelven ratones obesos.

La investigación reciente sugiere que es posible abrigar nuevas esperanzas sobre la prevención y el tratamiento de importantes problemas de salud en la actualidad como son la diabetes, la obesidad, la demencia de Alzheimer, la depresión, la esquizofrenia y la ansiedad, entre otros.

Es importante repensar, por lo tanto, este mundo en el que cada uno nos hemos convertido en fieles reproductores del estrés colectivo.

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