El mundo establece sus equilibrios de forma misteriosa. En la novela Las afinidades electivas, de Goethe, aparecen las leyes de la atracción recíproca, sólo que en este proceso se interponen otros elementos que, a veces, descentran lo que parecía de obvia claridad.

Luis Argudín (1955) es uno de los mejores pintores de la actualidad mexicana, en su muestra, que toma el título del libro goethiano (Museo de Arte del Antiguo Palacio del Arzobispado) da cuenta de un artista que ha llegado a su madurez creativa.

Una de las imágenes que llenan sus obras son las calaveras. Presencia de la muerte, retorno a lo temporal y persistencia del eterno retorno. Muchas son las variantes de esa figura descarnada que está en pinturas y en cerámicas coloridas, que lo mismo remiten a lo humano que a la estilización del primate.

Esta afinidad selectiva queda luego de años de labor, sobre todo porque durante una época (allá por finales de los 80 del siglo pasado), Argudín insistía en un género clásico, el vanitas, que, poco antes, había recuperado Alberto Gironella. Luis representaba bodegones en los que se manifestaba el gusto por lo que desaparecía al paso del tiempo. El vanitas fue una expresión holandesa, que luego se trasladó a España y tuvo un carácter moral: ante las riquezas y los bienes materiales, se tiene que entender que todo eso es vanidad de vanidades, todo es vanidad . Ya con otro carácter, Gironella y Argudín hicieron de estas naturalezas muertas un recordatorio de lo que destruye Cronos.

El trabajo de Argudín tiene el sello del pintor-filósofo, él tiene una formación en ese terreno académico, siempre hay que entender sus cuadros en el territorio de temáticas que nacen de las reflexiones.

LA SENSUALIDAD, UNA MANERA DE VER EL MUNDO

Además, Argudín ha insistido en las renovaciones del trabajo del pintor, en la sensualidad de la materia, en la forma de establecer contacto con el cuadro. Por ejemplo, toma la idea del Paraíso para involucrarse en el otro Edén , el que resulta gozoso.

Ya se sabe que los teólogos, aunque parezca mentira, se plantearon la necesidad de pensar en los cuerpos de aquellos que habitarían ese lugar idílico. Si requerían del aspecto genital o si era preciso que se valieran de órganos excretores o de sustancias como el esperma.

Argudín deja claro que el paraíso está cercano a los placeres en donde el erotismo encarna lo cotidiano en medio de la desnudez consentida.

En las obras, están representados los objetos que han sido parte esencial de sus cuadros: fragmentos de columnas, charolas cerveceras, animales disecados, máscaras, libros, botellas, manteles de plástico, todo un caudal de presencias que delinean una manera de ver el mundo.

Lo real tiene una contundencia, una manera de manifestarse, a veces exento de refinamientos.

La contraparte, en ese juego de atracciones, deja toda esa estela propositiva.

Imágenes que hablan de un gran artista que representa gobelinos, esos tapices que decoraron muchos palacios antiguos y otras tantas residencias y mansiones burguesas de ayer y hoy. Esto lo hace para buscar la teatralidad, la ficción de la escena, que es una especie de tajo de una realidad insustancial.

Es como separar un detalle de algo para revestirlo con otros detalles que lo enriquezcan y lo saquen de sus rutinas. Paisajes y momentos que suspenden los hechos o que le otorgan una carga distinta a lo que pasa entre esos lienzos y lo que está antes y detrás de ellos. Argudín busca la densidad del instante, lo que se significa ante la insustancialidad de lo reiterativo, de lo convencional.

Ahora, un aspecto novedoso, en la labor del artista es la creación de tibores y pequeñas piezas de cerámica de Talavera.

Una serie de autorretratos están cargados de texturas hasta convertirlos en presencias casi tridimensionales. Esculpir con la pintura que fue una de las preocupaciones de Miguel Ángel. Sin duda, una muestra espléndida que debe verse con todo detenimiento.