Magnífica impresión provoca el diseño escenográfico de Patricia Gutiérrez para la obra Agua sangre de Estela Leñero, pues lo primero que observa el espectador, esperando a que transcurran las acostumbradas tres llamadas para dar inicio a la representación, es justamente la escenografía: con trazo y dibujo limpio, que imanta una composición plástica de lógica resonancia interna.

Luego, el video de Alan Kerriou se encarga de establecer una persuasiva atmósfera de suspenso que atrapa al espectador con dramatismo y sugestión para entrar a la historia. Y van apareciendo los actores, se va relatando el suceso teatral y sucede un asesinato involuntario.

Todo parece perfilar un texto en el que la autora vertirá sus inclinaciones por la violencia de la vida o, como anota el programa de mano, que propondrá una metáfora que va de lo onírico a lo más grotesco de la realidad .

Y, al ser Estela Leñero antropóloga, los rasgos que van componiendo su anécdota ubican un contexto metafórico: el robo de la identidad mexicana, la falsificación de las efigies prehispánicas y, en paralelo, el machismo que no se permite ceder ante la ternura virginal, ante el amor puro de la hembra.

Sin embargo, apenas han transcurrido un par de escenas cuando todo cambia de giro repentina, caprichosa y abruptamente y lo que, al principio, parecía ser un drama urbano con ribetes de análisis sociológico, comienza a convertirse en un extraño juguete en el que el realismo quiere volverse farsa; donde el color de las acciones se torna en remedo de cómic y en donde Agua sangre pierde la brújula como texto y como puesta en escena.

Comienzan las incongruencias cuando un personaje femenino se levanta –literalmente- a un asesino en la calle, sin conocerlo y no obstante él esté chorreando sangre.

Pero, de ahí en adelante, la historia se trastoca y tambalea. La bella imagen de la indígena que al inicio nos había persuadido de querer ser una bella metáfora, se vuelve un personaje chocarrero que cae en el humor involuntario con su sola presencia y resbalando en la conceptualidad de la directora, que le impone una forma muy emparentada con el cine del Santo, el enmascarado de plata.

Los actores, por su parte, se ven talacheando. Lanzan los textos al vacío; no crean ni conforman verdaderos personajes.

¿Qué falló aquí? ¿El texto de Estela Leñero? ¿La dirección de Gemma Aparicio? ¿La directora y la dramaturga hablan lenguajes diferentes y, al unirse, provocaron una eclosión de fuerzas propositivas que terminaron derruyendo todo?

La única realidad es que Agua sangre no funciona. Y es una lástima, porque inmerso en esa escenografía tan inteligentemente diseñada, el esfuerzo humano que levantó esta obra queda reducido a una pérdida de talento lamentable.

  • Agua sangre
  • Teatro Benito Juárez
  • Dirección: Villalongín 15, colonia Cuauhtémoc
  • Funciones:
  • Jueves y viernes: 8 pm
  • Sábado: 7 pm
  • Domingo: 6 pm
  • Hasta el 16 de diciembre