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Política

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El Presidente está equivocado

La señora Irma Córvoda Palma dormía en su casa después de un día que ninguna madre quisiera vivir. Horas antes, había enterrado a su hijo Melquisedet, un miembro de la Marina mexicana que cayó el fin de semana pasado en Cuernavaca, en el operativo en el que se dio muerte al narcotraficante Arturo Beltrán Leyva.

La señora Irma Córvoda Palma dormía en su casa después de un día que ninguna madre quisiera vivir. Horas antes, había enterrado a su hijo Melquisedet, un miembro de la Marina mexicana que cayó el fin de semana pasado en Cuernavaca, en el operativo en el que se dio muerte al narcotraficante Arturo Beltrán Leyva.

Doña Irma estaba acompañada de tres de sus hijos y de otra pariente. Dormían un sueño intranquilo hasta que un grupo de sicarios entró disparando a su casa. En el ataque murió la madre del marino, una de sus hermanas y su tía. Su hermano murió horas después. Su otra hermana continúa en estado crítico en un hospital de la región.

Ésa fue la respuesta del narco a la muerte de El jefe de jefes. Al reprobable ultraje al que fue sometido su cuerpo. No sorprende. Bien lo habían dicho algunos funcionarios federales: se espera que la muerte de Beltrán Leyva traiga consigo una ola de represalias.

Sin embargo, indigna que a la familia de Melquisedet la hayan dejado así, sola y desprotegida frente a una fuerza que probablemente nadie de ellos anticipó. El Estado mexicano tenía la responsabilidad de protegerla: era lo menos que podría haber hecho después de revelar la identidad del marino muerto. El honor con el que fue enterrado Melquisedet y lo que ahora podamos decir de la familia, de poco vale cuando sabemos que algo diferente se pudo haber hecho.

Las repercusiones de la muerte de la familia de Melquisedet han comenzado a sentirse. Hablando ayer con un reportero local, me contaba que los soldados que están apostados en diversos retenes militares en Morelos desde el fin de semana pasado, están nerviosos, intranquilos y en general hablan de temor por la vida de sus familias. Saben que éstas pueden ser las próximas si se les involucra en alguna acción específica en contra del crimen organizado. Su temor está completamente justificado.

Lo que parece del otro mundo es la respuesta del presidente Felipe Calderón. A la muerte de esta familia, el Presidente, envalentonado, contesta que no nos amedrentarán , que no cederá un ápice en su guerra contra el narco. El Presidente equivocó su respuesta. Lo que ayer debía haber dicho no es la cantaleta que escuchamos todos los días, sino la estrategia del Estado mexicano para que algo así no se repita. Deben cambiar las reglas de identificación y protección de las personas que están involucradas en combatir al poderosísimo narco. Si no se blinda completamente la identidad de ciertos agentes, lo único que podemos esperar es que ellos y sus familias sean atacadas por el crimen organizado.

Lo que debía haber dicho también el Presidente es que su gobierno se comprometía a investigar de dónde salió la filtración que acabó con la familia de Melquisedet, porque es evidente que alguien de adentro le facilitó el trabajo a los sicarios. Alguien los guió hasta ese poblado de Tabasco esa noche.

Ése debería haber sido el mensaje principal del Presidente la mañana de ayer. Hablar de no amedrentar frente a una tropa y una nación amedrentada, simple y sencillamente no tiene sentido.

El Presidente debía haber enviado un mensaje de certidumbre y seguridad a todas aquellas personas que arriesgan su vida en la lucha estéril que escogió pelear Felipe Calderón a nombre nuestro. Y si le interesa que no crezca el descontento por su ofensiva en contra del narcotráfico, debería comprender que hacerlo sin combatir sus orígenes -poca educación y mucha pobreza- su batalla estará condenada al fracaso y al repudio ciudadano.

afvega@eleconomista.com.mx

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