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Opinión

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El odio ha dejado de ser marginal; ahora se administra desde el poder

Nalleli Candiani | Columna invitada

Con el secuestro y asesinato de una turista canadiense y 13 heridos en Teotihuacan, todos extranjeros, México vuelve a enfrentarse a algo que rebasa su capacidad de entender el horror.

Julio César Jasso no era un "soldado" de una causa, sino un individuo con la identidad fragmentada. Un collage macabro.

La Pirámide de la Luna en Teotihuacan es un monumento al orden, el cosmos y el conocimiento. El acto de violencia ahí es un atentado contra la belleza y la historia. Es el hombre frustrado intentando destruir lo que se construyó contra el caos. Fue un ataque contra la civilización.

El hombre, inmerso en la subcultura incel y adorador de Columbine. Síntomas de soledad radical. Es la frustración de quien, invisible en un mundo que exige ser visto, convierte el odio en su único lenguaje para existir. Es quien en la sociedad busca la "infamia" como sustituto de la "fama".

En el audio filtrado sus palabras son mínimas y brutales "Vosotros que habéis venido de la put4 Europa no vais a regresar" "Si os movéis os sacrifico".

Reflejan un resentimiento que encuentra eco en discursos que el poder ha normalizado porque ese ha sido el discurso imperante: “ellos”, “los otros”, son nuestros enemigos.

Los gobiernos (de cualquier signo) nos han dividido. En lugar de intentar comprender qué produce esto, los políticos se apresuran a ponerle una etiqueta (derecha o izquierda) para usar al muerto como proyectil. Al hacer esto, el gobierno imita la lógica del agresor: deshumaniza al "otro" para ganar poder.

La solución no es "más ideología", sino recuperar el sentido de humanidad compartida. Mientras sigamos alimentando la "psicosis de los extremos", seguiremos creando individuos que encuentran más consuelo en un arma que en el prójimo.

Lo que queda en la cima de la Pirámide de la Luna es el eco de una soledad psicótica. Mientras el poder se empeña en colgarle una bandera para alimentar su propia narrativa de odio, nosotros perdemos la oportunidad de entender que el enemigo no es el bando contrario, sino la pérdida absoluta de la empatía y el sentido de lo sagrado.

Lo que falta desde el poder no es más división, sino algo más difícil: reconocer que todos cabemos. Que las diferencias son necesarias.

Colaboradora para el periódico El Economista columna invitada. Bailarina profesional, artista, danzaterapeuta, eterna estudiante.

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