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Nearshoring para México: de la narrativa al proyecto país en un mapa económico en transformación

OpiniónEl Economista

A unos días de que concluyó el Foro Económico Mundial de Davos 2026, queda claro que la geopolítica se ha convertido en el principal determinante de la actividad económica global. El viejo paradigma de integración sin fricciones quedó atrás.

El desplazamiento de manufactura hacia países aliados sigue siendo la estrategia dominante. Estados Unidos recalcó que el nearshoring no es una tendencia pasajera, sino un pilar de seguridad económica y tecnológica para los próximos 20 años. Y México aparece en el radar como socio prioritario… si concretamos reformas pendientes y donde destaca la energética, para permanecer en la conversación global.

Davos confirmó que la regionalización es irreversible. Las tensiones entre países líderes han fragmentado la economía global en bloques, y el T-MEC se posiciona como uno de los instrumentos más valiosos de certidumbre geopolítica. Tener acceso preferencial al mercado norteamericano ya no es únicamente una ventaja comercial: es un activo estratégico que define dónde se va a producir la manufactura avanzada en los próximos 20 años.

El nearshoring, por tanto, no es una tendencia coyuntural. Es la respuesta estructural a un mundo que ya no puede permitirse cadenas de producción dispersas, vulnerables o dependientes de una sola región. Y las empresas globales lo saben. Los mensajes son contundentes: la relocalización ya no se está evaluando; está ocurriendo. La pregunta es qué país logrará capturar el mayor porcentaje de esa inversión.

México podría ser ese país. Pero no lo será automáticamente.

El interés de la manufactura avanzada se concentra en dos variables críticas: energía y talento. Las inversiones de nueva generación sólo aterrizan donde exista energía confiable —con capacidad real de transición a fuentes limpias— y donde haya ecosistemas capaces de formar técnicos y especialistas en plazos muy cortos. En contraste, Vietnam, India, Polonia y Malasia presentaron en Davos estrategias integrales de capacitación y reconversión laboral alineadas a su transición industrial. México debe acelerar este proceso, no observarlo desde la distancia.

A esto se suma el desafío hídrico y la necesidad de infraestructura moderna: aduanas inteligentes, transporte seguro, puertos eficientes y un marco regulatorio estable. La industria mexicana —y particularmente el sector de parques industriales— está lista para responder. La demanda existe, los proyectos están definidos y el capital está dispuesto.

El nearshoring, por lo tanto, debe asumirse como un proyecto nacional que exige coordinación entre gobiernos, empresas y academia, y que debe trascender cualquier ciclo político. El T-MEC no puede darse por sentado: su valor depende de la capacidad de México para ofrecer condiciones reales de competitividad.

En este contexto, los insigths de la tercera edición del Índice de Desarrollo Industrial (IDI) cobran relevancia. Los retos y oportunidades no sólo persisten: se han intensificado en un entorno global marcado por mayor volatilidad y competencia territorial. Las iniciativas federales recientes —incluido el Plan México— han puesto más atención en la capacidad real de los estados para absorber inversión, generar empleos formales y fortalecer encadenamientos productivos de mayor valor agregado.

El IDI se ha vuelto un insumo clave para evaluar qué entidades están alineadas con estas prioridades, particularmente en materia de relocalización, contenido nacional, sostenibilidad y formación técnica. Los resultados confirman que tres regiones continúan como los pilares industriales del país: la frontera norte, el Bajío y el centro. Todas enfrentan desafíos persistentes en seguridad, movilidad urbana, agua y sostenibilidad ambiental.

Este año, el IDI cuenta con indicadores más precisos de fuentes especializadas en tratamiento de aguas, construcción sostenible y calidad del aire. Factores que han adquirido importancia creciente en los criterios de inversión de empresas globales que buscan operar con estándares ambientales más exigentes.

En un mundo que demanda mayor resiliencia, sostenibilidad e innovación, México tiene la oportunidad de consolidarse como un actor central en la integración productiva de Norteamérica. Debemos fortalecer la capacidad del país para atraer y sostener inversiones de alto valor agregado en la nueva geografía económica global.

*El autor es CEO y presidente de FINSA

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