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El mundo después de Bretton Woods: señales de un nuevo orden
Opinión
La localidad de Bretton Woods, en New Hampshire, Estados Unidos, sigue siendo hoy —82 años después de la Conferencia Internacional de 1944— un sitio de difícil acceso. Para llegar es necesario volar a Boston, Massachusetts, y recorrer la autopista 93, pasando por Manchester —la ciudad más importante del estado—, cruzar su capital, Concord, y continuar dos horas más hasta arribar al hotel Washington. Desde ahí, a través de una vista espectacular, se observa el monte del mismo nombre.
En ese lugar, durante julio de 1944, arribaron los delegados de 44 naciones —Keynes incluido— para definir lo que sería el nuevo orden económico internacional. Los resultados más notables de aquella conferencia fueron la creación de las instituciones de Bretton Woods —el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional—, así como la adopción del dólar como moneda de reserva mundial.
Fue en 1971 cuando el presidente Richard Nixon anunció que, de manera temporal, se abandonaría el patrón oro y el tipo de cambio fijo, con lo que se dio un proceso de ajuste devaluatorio que llevó la paridad de 35 a 42 dólares por onza e inició un esquema de tipo de cambio flexible.
Esa “temporalidad” anunciada por Nixon cumple ya 55 años, en un momento en que presenciamos, en los albores de 2026 la llegada de un nuevo orden económico internacional del que México no puede sustraerse. Los movimientos que observamos en Venezuela, México, Groenlandia, Cuba y, en menor medida, Irán, comparten como denominador común, causas económicas que, como corrientes marinas, terminan impactando las esferas políticas. ¿Qué esperar hacia adelante en este caótico 2026, que presagia ser un año largo —justo cuando nos congratulábamos por dejar atrás el ominoso 2025— y en el que los acontecimientos relevantes se suceden prácticamente a diario?
En el caso de Venezuela, para Estados Unidos lo esencial parece estar resuelto. Así lo anunció el propio presidente Trump tras reunirse con las grandes petroleras. Irán es un tema aparte debido a su trascendencia geoestratégica. Al igual que el conflicto en Ucrania, se trata de un asunto del que seguiremos escuchando largo tiempo, en tanto se define qué pasará con el régimen de los ayatolas.
Sobre Groenlandia se vislumbra una salida que no sea tan bochornosa para Dinamarca: inversión y explotación compartida de recursos naturales y, previsiblemente, una mayor presencia militar de Estados Unidos, que ya opera la base de Pituffik.
El caso más delicado para la región es México y su profunda esquizofrenia estratégica. Por un lado,el país busca renovar el TMEC —vigente desde 1994 y vital para las tres economías, aunque indispensable para México—. Por otro, el gobierno insiste en desplantes ideológicos y en la defensa de un orden internacional que murió en 1989 con la caída del Muro de Berlín y la Revolución de Terciopelo, hechos que marcaron el fin del comunismo y el colapso de la Unión Soviética.En un contexto de deterioro económico que encamina a México a su octavo año consecutivo de bajo crecimiento —0.81 % en promedio anual—, con inversión pública y privada a la baja —menos 22% y menos 6% respectivamente—, resulta urgente una renovación del TMEC expedita y en condiciones favorables que permitan el flujo de inversiones.
Sin embargo, lejos de articular una estrategia orientada a ese objetivo, el país adopta medidas a contracorriente de lo que exigen las circunstancias, como el envío de petróleo gratuito a Cuba, en medio de carencias internas y de una apremiante necesidad de recursos públicos, lo que se refleja en una deuda externa que se aproxima al 55% del PIB y en un déficit público de 4% del PIB.
México debe tomar en serio declaraciones como la que hizo el presidente Trump el pasado día 13 en Michigan, cuando afirmó que Estados Unidos no necesita el T-MEC, y concentrarse en acciones que beneficien al país. Tanto el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, como el propio presidente han anunciado que el gobierno cubano está por caer. La multicitada llamada telefónica con Trump no apaciguó los ánimos; por el contrario, los exacerbó. Un mal tratado —o su improbable cancelación— acarrearía consecuencias catastróficas para México, como la pérdida del grado de inversión, devaluación y aumento del costo financiero de la deuda.
Si se hace una lectura adecuada de los acontecimientos, de los personajes involucrados, de sus antecedentes y juicios, es probable que el presidente estadounidense busque pasar a la historia, en su segundo mandato, como el mandatario que derrocó al régimen castrista -o lo que queda de él-.
Por su parte, el gobierno de México deberá definir con claridad su papel en este nuevo orden internacional: si protegerá los intereses de los mexicanos -de los cuales 12 millones viven en EUA- y preservará una relación bilateral que en comercio supera los 800 mil millones de dólares, o si continuará rindiendo culto a los tótems ideológicos de 1968.
*El autor es titular del posgrado en Microfinanzas de la UNAM.