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Magnifica humanitas
Guillermo Tenorio Cueto | Columna invitada
¿Qué ocurre cuando las máquinas comienzan a decidir por nosotros? ¿En qué momento el progreso deja de ser una promesa y empieza a convertirse en una amenaza silenciosa? ¿Puede una civilización hiperconectada terminar más sola, más desigual y más deshumanizada? Ésas son las preguntas de fondo que atraviesan Magnifica Humanitas, la nueva encíclica de Su Santidad León XIV, un documento que no sólo reflexiona sobre la inteligencia artificial, sino que lanza una de las críticas más profundas y polémicas al rumbo cultural, económico y político de nuestro tiempo.
Lejos de caer en el entusiasmo ingenuo por la tecnología o en el rechazo apocalíptico, el Papa plantea una advertencia incómoda: el verdadero riesgo no es que las máquinas se vuelvan humanas, sino que los seres humanos aceptemos vivir como máquinas. El documento sostiene que la revolución digital está modificando no sólo la economía, sino el imaginario colectivo, la manera de relacionarnos, de trabajar y hasta de comprender qué significa ser persona.
Y es justo en ello donde aparece uno de los puntos más controversiales del texto: la crítica directa al poder tecnológico privado. El Papa León XIV afirma que hoy las grandes corporaciones digitales poseen más capacidad de influencia que muchos Estados y que el poder tecnológico tiene un rostro “predominantemente privado”, difícil de controlar democráticamente. No es una observación menor pues en una época donde unas cuantas empresas administran datos, emociones, preferencias políticas y hábitos de miles de millones de personas, la encíclica pone sobre la mesa una pregunta explosiva: ¿seguimos viviendo en democracias o estamos entrando silenciosamente en una tecnocracia global?
De igual manera la encíclica también se atreve a cuestionar una idea casi sagrada en el discurso contemporáneo: que todo avance tecnológico equivale automáticamente a progreso humano. Su Santidad León XIV denuncia el “paradigma tecnocrático”, esa mentalidad que reduce la realidad a eficiencia, cálculo y rendimiento. La crítica golpea especialmente a ciertas narrativas transhumanistas que prometen superar los límites humanos mediante la tecnología. Para el Papa, detrás de esa obsesión por eliminar la fragilidad, el dolor o incluso la muerte, se esconde una negación de la propia condición humana y es que la vulnerabilidad no es un error del sistema; es parte esencial de nuestra dignidad.
Otro tema inevitablemente polémico del documento es el referido al trabajo. La encíclica advierte que la automatización y la inteligencia artificial pueden ampliar brutalmente las desigualdades sociales si el criterio dominante sigue siendo la rentabilidad y no la dignidad humana. El texto no condena la innovación, pero sí cuestiona un modelo económico donde millones de personas se vuelven descartables porque ya no son “útiles” para el mercado. La pregunta es incómoda porque toca el corazón del capitalismo contemporáneo preguntándose: ¿qué valor tiene una persona cuando deja de producir?
León XIV también entra en un terreno explosivo al abordar la relación entre verdad y democracia. El Papa sostiene que la manipulación digital, la polarización y los algoritmos diseñados para capturar atención están erosionando las bases mismas de la convivencia democrática. No se trata únicamente de noticias falsas, sino de una transformación cultural más profunda: sociedades incapaces de dialogar porque cada individuo vive atrapado en burbujas de información diseñadas para reforzar emociones y prejuicios. La encíclica habla incluso de la necesidad de una “ecología de la comunicación”, una expresión que parece extraña, pero que apunta a algo esencial: así como el medio ambiente puede contaminarse, también puede contaminarse el espacio público donde construimos la verdad compartida.
Quizá el punto más fuerte del documento sea su crítica a la lógica del poder. El Papa denuncia la normalización de la guerra, el uso de inteligencia artificial en armamento y la creciente incapacidad del sistema internacional para contener los abusos de las grandes potencias. El Papa acusa a nuestro tiempo de haber sustituido la ética por un supuesto “realismo político” que termina justificando cualquier cosa en nombre de la seguridad, la eficiencia o el interés nacional. En un mundo que parece acostumbrarse rápidamente a las guerras interminables y a la deshumanización del adversario, estas palabras incomodan porque obligan a mirar el sufrimiento humano que muchas veces preferimos ignorar.
A pesar de que pudiera pensarse lo contrario, Magnifica Humanitas no es un manifiesto de pesimismo. La encíclica insiste en que la tecnología puede servir al bien común si se pone verdaderamente al servicio de la persona. La alternativa que propone el Papa no es destruir Babel para regresar al pasado, sino reconstruir Jerusalén: una sociedad basada en la cooperación, la responsabilidad compartida y el reconocimiento de que ninguna innovación vale más que la dignidad de un ser humano.
Y es justo ahí donde radica la fuerza emocional del documento. En medio de algoritmos, automatización y luchas por el control del futuro, León XIV recuerda algo profundamente contracultural: el ser humano no puede reducirse a datos, productividad o rendimiento. Somos mucho más que consumidores, usuarios o perfiles digitales. La grandeza humana permanece precisamente en aquello que ninguna máquina puede replicar plenamente: la capacidad de amar, de sacrificarse, de compadecerse, de crear vínculos, de buscar la verdad y de abrirse al misterio.
Tal vez el gran desafío de nuestra época no sea construir máquinas más inteligentes, sino evitar convertirnos nosotros mismos en seres cada vez menos humanos. Porque mientras exista una persona capaz de tender la mano al débil, de defender la dignidad del otro y de elegir el bien incluso en medio del caos, seguirá habiendo esperanza. Y ninguna inteligencia artificial —por poderosa que sea— podrá jamás sustituir la magnificencia irrepetible del corazón humano.