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Las finanzas públicas: el nodo orquestador de la red económica
Opinión
Cuando se habla de finanzas públicas, el debate suele reducirse a una aparente disyuntiva: gastar más para impulsar el crecimiento o gastar menos para preservar la estabilidad fiscal. Sin embargo, esa visión pasa por alto un elemento fundamental. El verdadero reto no es maximizar ni minimizar el gasto público, sino encontrar el equilibrio que permita fortalecer la economía sin comprometer la confianza que la sostiene.
La teoría de redes ofrece una perspectiva distinta. En una red existen nodos cuya importancia no depende de su tamaño, sino de su capacidad para coordinar el funcionamiento del resto del sistema. Son nodos orquestadores: asignan recursos, facilitan conexiones y permiten que otros nodos operen con mayor eficiencia. Las finanzas públicas cumplen precisamente esa función dentro de la economía, articulando las relaciones entre el Estado, las empresas, los hogares y los mercados financieros.
Desde esta óptica, la inversión pública no debe evaluarse únicamente por su monto, sino por su capacidad para aumentar la conectividad de la economía. Una carretera acerca mercados; un puerto reduce costos logísticos; una red eléctrica habilita nuevos proyectos industriales; una infraestructura digital facilita la innovación. Ninguno de estos activos genera crecimiento por sí mismo, pero todos incrementan la productividad del capital privado que opera sobre ellos.
La inversión física, por tanto, no sustituye a la privada; multiplica su productividad. Cada peso bien dirigido amplía las oportunidades para que empresas y hogares produzcan más con los mismos recursos. Ese es el verdadero retorno de la infraestructura pública.
Pero existe un equilibrio delicado. Incrementar la inversión física implica, al menos en el corto plazo, mayores necesidades de financiamiento y un deterioro del balance fiscal. Si ese proceso pone en duda la sostenibilidad de las finanzas públicas, aumenta el costo de financiamiento del gobierno, eleva el costo del capital para empresas y hogares, y puede comprometer la permanencia del grado de inversión soberano. Paradójicamente, un esfuerzo por impulsar el crecimiento podría terminar reduciendo la inversión privada que buscaba estimular.
La solución tampoco consiste en el extremo opuesto. Una consolidación fiscal basada en recortar sistemáticamente la inversión pública puede preservar indicadores durante algunos años, pero erosiona la misma cadena causal: menos inversión hoy significa menor productividad mañana y, con ella, menos recaudación futura. Cuando el Estado pierde esa capacidad coordinadora, termina limitando el potencial de toda la red.
La recaudación ocupa un lugar central en este equilibrio. No es sólo una fuente de ingresos; es el mecanismo mediante el cual el crecimiento económico puede convertirse en capacidad fiscal permanente. Esa capacidad permite financiar infraestructura, responder a choques inesperados y reducir la dependencia del endeudamiento para sostener el desarrollo. Esa disciplina también exige contener el gasto corriente, que de crecer sin límite desplaza el espacio fiscal disponible para la inversión. El desafío consiste en construir una base tributaria amplia, eficiente y sostenible que fortalezca la capacidad fiscal del Estado para impulsar el crecimiento de largo plazo.
Las mejores finanzas públicas, entonces, no son las que gastan menos ni las que gastan más. Son las que logran que cada peso recaudado y cada peso invertido fortalezcan la conectividad de la economía, preservando al mismo tiempo la sostenibilidad fiscal y la confianza sobre la que descansa ese nodo orquestador. Porque un Estado que invierte sin sostenibilidad fiscal pierde capacidad para coordinar la red; pero un Estado que preserva esa sostenibilidad sacrificando sistemáticamente la inversión también termina limitando el crecimiento que buscaba proteger.
* El autor es Economista en Jefe de VALMEX Casa de Bolsa.