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El evangelio según San Donald
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
En aquel tiempo Donald, en su infinita misericordia, les concedió a los iranies dos semanas de paz. Sin embargo, su sagrado y veleidoso temperamento y su desocupada boca amenazaron con romper la frágil tregua, como si ésta hubiera sido, nada más, una pausa comercial de su realIty show.
Pero lo que verdaderamente causa extrañeza no es que haya amagado con romper el acuerdo, sino que decidió abrir un nuevo frente, el divino: Si algo le faltaba a su política internacional era una discusión teológica en horario estelar. Y así fue como hizo su presentación el Pontífice, Leon XIV, que, como buen ocupante del trono de Pedro, suele hablar en parábolas, pero esta vez, excepcionalmente, optó por hablar -como decían los antiguos griegos- al chile, y calificó de “inaceptable” la amenaza de destruir la civilización iraní.
Trump, fiel a su costumbre de responder con la delicadeza de un rinoceronte en una tienda de porcelanas, lo acusó de ser “débil ante la delincuencia y pésimo en política exterior”. Lo cual plantea una duda interesante: ¿desde cuándo el Vaticano tiene bases militares en el Golfo Pérsico? Porque uno creía que su fuerte era la fe y las estampitas, no los portaaviones y los misiles.
Pero el Papá con la fiereza de un León (XIV) respondió que “no le da miedo” la administración Trump. Y uno entiende por qué. Después de lidiar con siglos de inquisiciones, cismas, guerras y algún que otro antipapa, una alusión de Trump –por grosera e inoportuna que haya sido- debió parecerle una jaculatoria
Lo realmente celestial -y aquí es donde la realidad decide jubilar a la ficción por exceso de competencia- fue la imagen que el propio Trump publicó en su red social, ese catecismo digital llamado Truth Social, donde el mandatario apareció encarnando a Jesucristo, sanando a un enfermo mientras lo rodean soldados, águilas, banderas y lo que parece ser una audición abierta para el Juicio Final patrocinado por el Pentágono.
Hay quien dice que la imagen fue generada por inteligencia artificial. Pero viendo el contenido, uno sospecha que la inteligencia —natural o artificial— decidió ausentarse ese día.
Por menos de lo anterior hay quien haya ido a parar a un manicomio. Sin embargo, en un corto viaje de retorno a la realidad, Trump pretextó que jamás pretendió aparecer como el Mesías, si no como un simple médico que cura desde que él mismo le quitó los subsidios al Medicaid. Que la imagen era un fake news de los escribas y fariseos izquierdistas. Nadie le creyó, todo mundo sabe que el Orate Anaranjado no cura ni un pulque.
Mientras tanto, en Estados Unidos, más de 60 millones de católicos —uno de cada cinco ciudadanos— observan este duelo entre púlpito y podio. Porque ese es el nuevo orden mundial: la geopolítica como sermón, la fe como trending topic y la guerra como testamento evangélico.
Llama la atención que el Papa pida una “vía de salida” al conflicto, mientras que Trump parece más interesado en la vía rápida hacia el Apocalipsis. Uno habla de paz, el otro amenaza con el exterminio y la destrucción de la civilización y el pueblo iraní.
Y en medio de todo, nosotros, los fieles de la incertidumbre, tratando de entender si estamos ante un conflicto internacional o ante la primera guerra narrada en tiempo real como si fuera una serie de streaming: “Temporada 1: Irán. Próximamente: el Vaticano”.
Tal vez el problema es que hemos confundido los papeles. El Papa predica como estadista y el magnate actúa como profeta. Y ya se sabe que cuando los profetas se equivocan, no piden disculpas: atacan de nuevo.
Así que no queda más que prepararse. Porque si el Evangelio según San Donald continúa, pronto veremos nuevos milagros: convertir tratados en ceniza, multiplicar conflictos y caminar -no sobre el agua del Estrecho de Ormuz- sino sobre la delgada línea que separa la política del espectáculo.