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Entre el Estrecho de Ormuz y el IEPS
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Para la mayoría de los estadounidenses las andanzas militares de su Presidente en el Medio Oriente serán de su interés en la medida en que ocurran dos cosas: se puedan contabilizar muertes de soldados de ese país y que se reflejen las tensiones de la región petrolera más importante del planeta en su bolsillo.
Ambas cosas ya ocurrieron. Se reportaron ya las primeras bajas estadounidenses, de la mano de una encuesta publicada por Reuters que marcaba que solo uno de cada cuatro ciudadanos de aquel país respaldaba el ataque contra Irán en esta fase aérea que es la menos peligrosa para sus tropas.
El segundo impacto, el del traspaso del aumento de los energéticos al consumidor final, también ya está en curso. Desde ayer los consumidores llegaban a las estaciones de servicio a descubrir que la gasolina ya había aumentado su costo hasta los 3 dólares en promedio por galón del combustible regular.
Esta reacción meramente especulativa, porque en tres días no se interrumpe el suministro de combustibles de manufactura local en Estados Unidos, puede agravarse en la medida en que el cuello de botella del paso petrolero del estrecho de Ormuz se mantenga cerrado, presione los precios del crudo en los mercados internacionales y descarrile la meta inflacionaria de la Reserva Federal.
En México, la onda expansiva es de bajo impacto diplomático, pues Estados Unidos decidió actuar por iniciativa propia, sin consenso de sus más cercanos aliados. Sólo es cuestión de no querer envolverse en las mañaneras en la bandera de la soberanía y la libre determinación de los pueblos de forma exagerada, y ese capítulo se cierra solo.
Pero, en la realidad económica, lo único cierto es que México es vulnerable. Somos importadores netos de gasolinas y cuando suben los precios del petróleo la aportación a las finanzas públicas de un país que produce poco y exporta menos no compensa los efectos del ímpetu populista de subsidiar fiscalmente al consumidor final de gasolinas.
Más allá del reto monetario, por lo que implicaría una pausa mayor de la Reserva Federal en su proceso de baja en las tasas de interés, con un Banco de México que parece tener una mayoría entregada a la política fiscal de bajar los costos financieros vía la disminución de las tasas de interés, el problema puede llamarse IEPS.
Tenemos claro que el populismo no escatima y este régimen tiene como bandera central los precios de las gasolinas. No hay subsidio más regresivo que el que se aplica a estos combustibles, pero esa fue una de las banderas que usó López Obrador para enardecer a los electores y llegar al poder.
Con un déficit presupuestal que ronda 5.0% del Producto Interno Bruto, cada peso que el Gobierno Federal deja de cobrar por el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) para contener el precio de las gasolinas es un peso menos de ingreso que agrava el boquete de las finanzas públicas.
La combinación de un Banxico que se aprecia como laxo, como meramente anecdótico en el combate inflacionario, y un uso irresponsable de los ingresos fiscales puede ser la tormenta perfecta para que los mercados castiguen la incertidumbre institucional, en plena reconfiguración geopolítica, y con enrome desconfianza en la política interna.