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La empresa familiar sostiene a México y necesita cuidado
Jaime Cervantes Covarrubias | Columna Invitada
“Una empresa familiar no sólo administra patrimonio. Administra vínculos, identidad, memoria y esperanza colectiva.”
México no se sostiene solamente por tratados comerciales, inversión extranjera o grandes corporativos. México se sostiene porque millones de familias empresarias despiertan antes del amanecer para abrir una cortina metálica, prender una cocina económica, operar una máquina de manufactura, recibir pacientes en un consultorio, vender en un pequeño comercio, administrar una farmacia o levantar una pyme que da empleo a otras familias.
Ésta es la economía real del país. La que casi nunca aparece en los discursos grandilocuentes sobre crecimiento.La que rara vez ocupa las primeras planas cuando se habla de desarrollo nacional. La que, sin embargo, sostiene la estabilidad emocional, económica y comunitaria de millones de personas.
Los Censos Económicos 2024 del INEGI muestran algo contundente. México cuenta con más de 5.45 millones de unidades económicas privadas y paraestatales. El 95.4 por ciento son microempresas y generan alrededor de 41.5 por ciento del empleo nacional.
México es, esencialmente, una economía de pequeñas familias empresarias, y sin embargo, pareciera que seguimos sin comprender la profundidad política, social y cultural de este fenómeno. Porque cuando una empresa familiar desaparece no sólo se pierde un negocio. Se fractura una comunidad. Se rompe una narrativa familiar. Se deteriora la estabilidad emocional de quienes dependen de ella. Se pierde experiencia acumulada. Se reduce la movilidad social. Se debilita la soberanía económica regional y ahí vuelve aparecer de nuevo, con un modo similar a la columna del domingo anterior pero con nueva intención, una de las preguntas más importantes para nuestro tiempo.
¿Si la empresa familiar no es estable, el país podría serlo?
La respuesta, desde mi experiencia como empresario, consejero sistémico humanista e investigador fenomenológico de empresas familiares, es no.
No puede existir estabilidad nacional sobre familias empresarias emocionalmente fracturadas.
No puede existir prosperidad sostenible sobre vínculos destruidos.
No puede existir desarrollo económico verdadero si quienes sostienen la economía cotidiana viven agotados, resentidos o atrapados en conflictos transgeneracionales que nunca fueron dialogados.
Durante años hemos estudiado a la empresa familiar casi exclusivamente desde las ciencias administrativas: Gobierno corporativo; Protocolos; Sucesión patrimonial; Profesionalización. Planeación estratégica y, Sí, todo eso importa, pero no basta. Porque la empresa familiar también es un fenómeno humano profundamente complejo. Ahí conviven amor y poder. Lealtad y resentimiento. Identidad y control. Miedo y pertenencia. Patrimonio y heridas. Memoria y deseo de reconocimiento.
He podido observarlo una y otra vez. La empresa familiar rara vez se rompe únicamente por el mercado, por mala administración o falta de experiencia empresarial. Muchas veces se rompe por silencios y secretos familiares, por incapacidad de dialogar entre sus integrantes, por la confusión entre autoridad y afecto o por aquellos fundadores, padres o madres empresarias que no logran soltar el poder a los que siguen, pero si quieren que la empresa continúe.
A veces también se rompe por hijas e hijos que crecieron buscando aprobación y terminaron disputando legitimidad, con esas rivalidades entre hermanas y hermanos aparentemente irresoluble.
También por herencias emocionales invisibles o herencias materiales que corrompen el vínculo y la cohesión familiar y se convierten en guerras irracionales y tremendamente destructivas.
La mayoría de los casos se rompen por el miedo existencial del fundador o la fundadora. Por familias que aprendieron a trabajar juntas, pero nunca aprendieron a hablar con verdad.
Ricardo Aparicio, desde IPADE y CIFEM BBVA, lo explica con claridad cuando afirma que la complejidad de la empresa familiar surge de la superposición entre sistema familiar y sistema empresarial y ahí está precisamente el problema mexicano.
Seguimos intentando resolver dinámicas humanas profundas únicamente con herramientas técnicas, pero las personas no son hojas de cálculo. Las familias tampoco.
“Si la empresa familiar muere, la prosperidad mexicana se pone en riesgo”
La empresa familiar mexicana ha sido mucho más que una estructura económica. Es y ha sido capital cultural, una escuela de oficio. Se constituye como una comunidad y un lugar de pertenencia. Es una plataforma de Desarrollo Humano y movilidad social, un refugio frente a la precariedad, la vulnerabilidad personal, familiar y económica.
México entero está lleno de negocios familiares que comenzaron con una mesa prestada, una receta heredada, una máquina usada o una idea sostenida por sacrificio colectivo.
Muchos de esos negocios financiaron estudios universitarios, sostuvieron tratamientos médicos, ayudaron a construir patrimonio y permitieron que distintas generaciones tuvieran una vida más digna.
Ahí está una parte profunda del espíritu humanista mexicano, en la comunidad empresaria. No en la abstracción ideológica, sino en la familia que trabaja, que invierte y que resiste las circunstancias. En la familia que persiste y se responsabiliza por crear una comunidad recíproca, saludable y próspera. Una mutualidad socioeconómica para el bien común.
Hablemos de lo micro a lo macro…
Las microempresas familiares de 0 a 10 colaboradores representan aproximadamente 5.22 millones de establecimientos. Emplean alrededor de 11.5 millones de personas y constituyen 41.5 por ciento del empleo económico nacional y algo extraordinariamente revelador aparece cuando observamos la perspectiva de género porque el 50.5 por ciento del personal ocupado en microempresas son mujeres. La base económica mexicana ya es profundamente femenina. ¿Por qué las mujeres de la base debieran salir a proveer la supervivencia de la base? Eso parece injusticia social, y lo es.
Son mujeres quienes sostienen buena parte del comercio local, la economía de cuidados, el autoempleo y la continuidad cotidiana de miles de hogares. Pero siguen enfrentando informalidad, baja bancarización, menor acceso a crédito y sobrecarga doméstica. Es una exclusión sistémica y estructural. Sólo trece de cada cien mipymes propiedad de mujeres obtienen financiamiento formal. Eso no es casualidad. Eso es una falla estructural.
Larissa Adler Lomnitz, antropóloga especialista en redes familiares y reciprocidad social, mostró que las economías latinoamericanas sobreviven gracias a vínculos de confianza comunitaria. No sólo gracias al capital financiero y eso explica por qué las microempresas familiares mexicanas son mucho más relevantes de lo que solemos aceptar. Esa confianza comunitaria se debe a nuestras mujeres y su tejido social vinculante.
Son amortiguadores sociales, son estabilidad barrial. Son tejido comunitario y espacios de educabilidad cotidiana. Pero también son profundamente vulnerables porque más de la mitad de las mipymes mexicanas cierran antes de cumplir dos años. El promedio nacional de vida empresarial es de apenas 8.4 años. La inseguridad, la informalidad, el derecho de piso, la baja digitalización y la precariedad económica las colocan constantemente al borde del colapso.
Pero hay otro factor del que se habla menos. Los conflictos familiares y ése es probablemente uno de los grandes problemas invisibles del país.
La empresa familiar debe mirarse como fenómeno humano
Carlos Llano insistía en que la empresa es una comunidad de personas antes que una estructura económica y tenía razón. El problema es que durante décadas fuimos formando empresarias y empresarios técnicamente preparados, pero emocionalmente poco desarrollados para sostener relaciones complejas de largo plazo. Y esta reflexión también está asociada al privilegio de cómo hayas nacido en este país… gente con más oportunidades que otras personas.
- Aprendimos a crecer económicamente pero no necesariamente sabemos dialogar.
- Aprendimos a administrar dinero y no necesariamente a gestionar vínculos.
- Aprendimos a competir y no necesariamente a construir acuerdos.
El costo social ya está apareciendo porque miles de empresas familiares mexicanas económicamente viables terminan siendo emocionalmente inviables.
IPADE y CIFEM BBVA documentan que sólo una de cada seis empresas familiares llega a tercera generación. Además, apenas una minoría cuenta con planes formales de sucesión. Eso significa algo profundamente delicado. Significa que México está perdiendo continuidad transgeneracional y cuando una empresa familiar desaparece, muchas veces no sólo desaparece el empleo, también desaparece la identidad comunitaria. Perdemos la mexicanidad por la falta de familiaridad empresaria. Se materializa una pérdida simbólica del humanismo mexicano.
En ciudades pequeñas y medianas esto resulta todavía más evidente. Hay empresas familiares que sostienen economías regionales completas. Industrias manufactureras, cadenas de proveeduría, clínicas privadas, empresas agrícolas, metalmecánicas, talleres especializados y organizaciones de servicios que durante décadas dieron cohesión económica a una comunidad.
Cuando esas empresas se venden, se fragmentan o desaparecen, la comunidad pierde estabilidad y ahí emerge una dimensión política profundamente importante.
Nota relevante sobre lo anterior: estamos a punto de comenzar la era en donde existirá la más grande transferencia de capitales y patrimonio más grande de la humanidad y las familias empresarias no están preparadas emocionalmente para recibir esa herencia.
“La empresa familiar estratégica para la soberanía nacional”
La soberanía no depende únicamente del Estado, también depende de la capacidad de una nación para sostener el tejido productivo propio y las pequeñas y medianas empresas familiares mexicanas siguen siendo uno de los pilares más importantes de nuestra estabilidad económica.
Las pequeñas empresas familiares, entre 11 y 50 colaboradores, generan aproximadamente 4.1 millones de empleos y constituyen cerca del 14.8 por ciento del empleo económico nacional. Ahí comienza la profesionalización.
Se crean mandos medios y se formalizan procesos. Se fortalece la clase media y se construyen cadenas regionales de valor. Pero también ahí aparece una contradicción muy mexicana porque conforme aumenta escala y poder económico, disminuye la participación femenina.
La economía mexicana feminiza la base y masculiniza el poder.
Es una dinámica cultural que merece reflexión profunda, porque la forma en que organizamos el trabajo también revela cómo distribuimos reconocimiento, autoridad y legitimidad social.
Enrique de la Garza Toledo, sociólogo del trabajo mexicano, ha insistido en que el trabajo no es solamente actividad económica. También produce subjetividad, identidad y experiencia social y eso es exactamente lo que estamos viendo.
Las empresas medianas familiares, entre 51 y 250 colaboradores, representan apenas alrededor del 0.7 por ciento del total de unidades económicas del país y, sin embargo, generan cerca de 4 millones de empleos formales, equivalentes aproximadamente al 14.4 por ciento del empleo económico nacional. Ahí ya no hablamos solamente de negocios familiares de subsistencia o profesionalización inicial. Hablamos de empresas que sostienen cadenas industriales, desarrollan manufactura nacional, articulan proveedurías regionales, importan y exportan, generan innovación y ayudan a consolidar soberanía productiva mexicana.
En este segmento aparecen muchas de las empresas familiares industriales, manufactureras, médicas, agroindustriales, metalmecánicas, logísticas y tecnológicas que han permitido que distintas regiones del país construyan identidad económica propia y estabilidad comunitaria durante décadas. Muchas de ellas comenzaron como pequeños talleres familiares y hoy sostienen cientos de hogares directa e indirectamente.
Aquí el reto cambia profundamente. La preocupación principal ya no es únicamente sobrevivir al mercado. El verdadero desafío es lograr continuidad transgeneracional, gobernanza madura e institucionalización sin destruir el vínculo humano que dio origen a la empresa.
Paradójicamente, conforme aumenta la complejidad organizacional también aumentan las tensiones familiares. Las disputas patrimoniales se vuelven más delicadas. La sucesión adquiere dimensiones políticas internas. El miedo a perder control endurece los liderazgos. La profesionalización puede percibirse como amenaza afectiva. Y muchas familias empresarias quedan atrapadas entre el deseo de preservar legado y la incapacidad de dialogar con apertura.
En perspectiva de género, la brecha también se profundiza. Apenas alrededor del 37.5 por ciento del personal ocupado en empresas medianas corresponde a mujeres. La economía mexicana continúa mostrando una contradicción dolorosa. Las mujeres sostienen gran parte de la base productiva nacional, pero siguen encontrando barreras estructurales conforme aumenta jerarquía, propiedad y poder económico.
Estas empresas muestran mucho mayor madurez tecnológica y operativa. Más del 90 por ciento utiliza internet y cerca de una tercera parte ya comercializa digitalmente. Pero incluso ahí, donde pareciera existir mayor estabilidad, persiste el gran problema silencioso de México. Empresas económicamente exitosas y familias emocionalmente agotadas.
Y quizá ahí radica uno de los hallazgos más relevantes de mi investigación doctoral. La sostenibilidad empresarial no depende solamente de finanzas sanas o estrategia corporativa. Depende también de la capacidad de la familia empresaria para sostener diálogo, dignidad relacional, conciencia de propiedad y armonía humana a través del tiempo.
No basta generar empleo, necesitamos generar trabajo digno. Un trabajo que permita estabilidad emocional y familiar. Trabajo que permita vivir y no únicamente sobrevivir porque cuando el trabajo destruye vínculos, deteriora salud mental y cancela convivencia familiar, el supuesto crecimiento económico comienza a volverse una forma sofisticada de empobrecimiento humano.
¿Puede existir prosperidad sin dignidad?
México enfrenta hoy una contradicción brutal. Trabajamos muchísimo, ya hablamos de esto en columnas anteriores. Pero lo enfatizo de nuevo porque no necesariamente vivimos mejor. Las familias empresarias también están agotadas y muchas viven atrapadas entre deuda, presión fiscal, inseguridad, exigencia operativa y conflictos relacionales internos.
Al mismo tiempo millones de personas trabajadoras viven financieramente vulnerables. Ahí se rompe el equilibrio social porque no se trata de demonizar a la empresa. Eso sería absurdo entendiendo que la empresa familiar sigue siendo una de las plataformas más poderosas de transformación social y desarrollo humano.
Pero necesitamos otro tipo de liderazgo empresarial. Uno más consciente. Más responsable. Más humanista y regenerativo.
Daniel Servitje ha insistido en la importancia de una empresa con propósito social. Eugenio Garza Sada entendió hace décadas que educación, empresa y comunidad no podían separarse. Quizá hoy México necesita recuperar precisamente esa visión.
No una empresa obsesionada únicamente con extracción y acumulación, sino una empresa capaz de regenerar la comunidad. Porque reducir la vulnerabilidad económica de las personas trabajadoras no es filantropía decorativa. Es sostenibilidad nacional.
Una persona financieramente destruida difícilmente podrá construir bienestar familiar. Una familia permanentemente angustiada difícilmente sostendrá cohesión social, y una sociedad emocionalmente agotada termina volviéndose terreno fértil para violencia, polarización y resentimiento colectivo.
No es casualidad que el crimen organizado siga creciendo donde desaparece la esperanza económica y comunitaria. La desesperanza también recluta.
“Las familias empresarias mexicanas deben constituirse como agentes de desarrollo humano, social y económico, son la esperanza de México”
Ésta es quizá la reflexión más importante. Las familias empresarias mexicanas no sólo administran patrimonio, administran impacto social e incidencia en lo humano.
Cada empresa sostiene familias, Cada nómina sostiene vínculos. Cada decisión empresarial modifica salud emocional, estabilidad comunitaria y posibilidades futuras. Por eso creo profundamente que la empresa familiar mexicana puede convertirse en una de las plataformas de prosperidad regenerativa más importantes del país.
Pero necesita reeducarse y necesita integrar herramientas administrativas y humanas simultáneamente. Necesita aprender activismo dialogal conciente y regenerativo.
Necesita construir conciencia de propiedad.
Necesita entender que perpetuar empresas no es el objetivo central y que el verdadero objetivo es dignificar personas y sostener comunidades. Ahí está el verdadero legado.
La prosperidad regenerativa que propongo desde mi investigación doctoral implica precisamente eso. No medir riqueza solamente en utilidad financiera sino también medirla en salud: En tiempo de calidad de vida, en estabilidad emocional, en vínculos funcionales y armonía familiar, en educabilidad comunitaria. En bienestar y satisfacción con la vida personal y colectiva… es decir en la posibilidad de un florecimiento humano.
Porque una empresa familiar verdaderamente sostenible no sólo produce dinero. Produce comunidad. Produce confianza. Produce esperanza. Produce cultura. Produce estabilidad y México necesita urgentemente reconstruir esas condiciones.
¿Habrá futuro?
La pregunta ya no es si México puede crecer económicamente. La pregunta es si podremos hacerlo sin destruirnos emocionalmente en el proceso.
¿Puede existir soberanía nacional sin empresas familiares sostenibles?
¿Puede existir prosperidad verdadera mientras millones viven financieramente vulnerables?
¿Puede sostenerse un país cuyo tejido social continúa fragmentándose?
Yo creo que todavía estamos a tiempo, pero necesitamos valentía. Valentía para revisar nuestros modelos empresariales. Valentía para reconocer patrones familiares disfuncionales. Valentía para dejar de romantizar agotamiento y autoritarismo. Valentía para construir empresas más humanas. Valentía para comprender que liderazgo no significa controlar personas.
Significa dignificar vidas porque México necesita empresas familiares más conscientes, más dialogantes, más educadoras, más regenerativas. Necesita familias empresarias capaces de comprender que su patrimonio no sólo es financiero, también es simbólico, comunitario y humano. Porque cuando una empresa familiar florece de manera digna, florecen muchas familias alrededor de ella y quizá ahí radique todavía una posibilidad de esperanza para nuestro país.
Que el empresariado mexicano entienda que la mayor inversión estratégica no está solamente en tecnología, expansión o capital. Está en las personas, en su dignidad, en su estabilidad, en su desarrollo humano.
Porque un país con empresas familiares sostenibles y dignas podría convertirse, verdaderamente, en un México más próspero, más soberano y profundamente humano.
Te invito a hacer tres cosas concretas.
Una. Cuidemos a la empresa familiar desde el punto en el que te relaciones con ella.
La otra. Reafirmó y repito… Si tienes una empresa, lideras un equipo o participas en una familia empresaria, revisa qué tanto haces por las familias que integran tu comunidad empresarial. No desde el discurso. Desde el compromiso, el salario y su bienestar…Una humanidad sin economía familiar estable, no será digna.
La última: te invito a sintonizar el nuevo espacio radiofónico “Liderazgo, Salud y Sociedad. Pensar y decidir mejor para vivir mejor” que cada martes (repetición no en vivo) y jueves en vivo. Este tema lo conversaremos la próxima semana el próximo jueves 28 de mayo, transmitiendo a las 15:00 a las 16:00 horas tiempo del centro de México y su repetición el martes 2 de junio a la misma hora. En la estación 1470 AM en CDMX y 1230 AM en Guadalajara y Monterrey de Radio Fórmula. Lo conduciremos Rafael Balderas Ledezma y Maribel Ramírez Coronel y yo con muchísimo gusto, Jaime Cervantes Covarrubias. Anhelamos que nuestras reflexiones sean un aliento que apoye a nuestros radioescuchas a florecer en su vida.
Pensar bien, y Decidir Mejor… Vivir Mejor.
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* El autor es Doctor en Desarrollo Humano, Universidad Motolinía del Pedregal, México; Master en Desarrollo Humano, Universidad Iberoamericana, México; Master ejecutivo en Liderazgo Positivo Estratégico, Instituto de Empresa, España. Licenciado en Comunicación Gráfica y Columnista en El Economista.
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