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Dolores Olmedo según Hockney
Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
En el recibidor de la Hacienda La Noria o el Museo Dolores Olmedo, me detuve frente al retrato monumental que Diego Rivera le hizo a Dolores Olmedo vestida de tehuana en 1955, con su canasta de frutas tropicales y su mirada de administradora de imperio. Pero unos pasos a la izquierda, a la altura del librero, entre colmillos de marfil tallado y retratos familiares, hay otra versión de la misma mujer que también forma parte del recorrido: quince Polaroids ensambladas por David Hockney, fechadas y firmadas a mano el 29 de febrero de 1984 en la Ciudad de México.
Retrato de Dolores Olmedo pintado por Diego Rivera.
El contraste no es de tamaño sino de método. Rivera pinta a Olmedo como quiere que la vean: una sola imagen, fija, generosa, definitiva. Hockney hace lo contrario. Usa su técnica de joiner —el mosaico de disparos instantáneos que obliga al ojo a moverse, dudar, reconstruir— para negarse a esa estabilidad. En el retrato, ella aparece fragmentada en vestida con un pocho de varios colores, destacan el rosa mexicano y turquesa que se parte en diagonal sobre su cuerpo, los pantalones azules, los zapatos rojos idénticos a los del chal, una sombra suya proyectada en un panel aparte como si el propio Hockney no pudiera decidir cuál Lola retratar primero. No hay una Dolores Olmedo en esta pieza: hay quince, o por lo menos quince elementos o props de Dolores.
Polaroids ensambladas por David Hockney.
Ese recibidor, de hecho, es un mapa completo de quién fue ella: arte asiático, marfiles, fotografías con personalidades de su época, retratos suyos por distintas manos —entre ellos, este de Hockney—. No es jerarquía de olvido, es acumulación deliberada. Olmedo coleccionaba objetos con la misma lógica con la que coleccionaba relaciones: todo cabía si servía para construir su propio mito.
Hockney llegó a México ese mismo febrero de 1984 para inaugurar "Hockney Paints the Stage" en el Museo Tamayo. Cinco días antes de firmar "Lola", recibió a un grupo de prensa y explicó por qué prefería el Polaroid a la cámara convencional: ninguna fotografía sola, decía, alcanzaba a capturar toda la realidad; la pintura seguía siendo más real. Esa misma temporada en el país lo empujó hacia el cubismo y la fragmentación de perspectivas —el mismo viaje en el que, por una avería de coche camino al museo, descubrió el patio de un hotel en Acatlán que terminaría pintando durante años—. México, ese 1984, le cambió la manera de ver.
Diego Rivera pintando a Dolores Olmedo.
Hockney murió el 11 de junio de 2026 en su casa de Londres, a los 88 años, apenas trece días después de que el Museo Dolores Olmedo reabriera sus puertas en Xochimilco tras seis años cerrado por el sismo de 2017 y la pandemia, entre otros percances…
Creo que la coincidencia no pide lecturas místicas, pero sí una visita: el museo abre de martes a domingo, y ahí siguen, a unos metros de distancia, las dos versiones de la misma mujer — la que Rivera fijó de una vez y la que Hockney se negó a dejar quieta.