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Opinión

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Camino a la casa, palacio y catedral del futbol

Arne Müseler

Si se tratara de un ser de carne y hueso podríamos decir que lanzó su primer grito el 29 de mayo de 1966 al medio día, pero empezó a caminar con una muy elegante media hora de retraso. Quizá nada más para sentar el precedente de cómo iba a ser su comportamiento. Colosal, impresionante, producto de una cuidadosa planeación, estaría destinado a ser uno de los más notables de su clase. Para bautizarlo se hizo una “encuesta ciudadana”. Y mire usted, lector querido, que corrían los tiempos donde aquello de encuestar a la ciudadanía para decidir nombramientos era considerado un disparate.

Cuando llegó al mundo no había correo electrónico, ni computadora, fax o redes sociales. Todo recado urgente debía ser enviado por telegrama, carta o llamando desde teléfonos fijos. Para comunicaciones masivas correo exprés, la radio o los periódicos. Fue así como se difundió la convocatoria para que todo el país propusiera nombres para el recién nacido. Los requisitos, muy claros: la sugerencia con mayor número de menciones sería la ganadora y quien la hubiera enviado primero obtendría, no sólo la satisfacción de saber que la idea había sido suya, sino también un increíble premio. Fue así como, aquella novedad arquitectónica, aquel palacio dedicado al futbol, deporte favorito de los mexicanos, adquiriría su nombre definitivo y original: “Estadio Azteca”.

El ganador resultó ser un guanajuatense llamado Antonio Vázquez Torres y su increíble premio, dos asientos en plateas durante 99 años. Ignoramos cómo el ganador aprovechó su premio y tampoco sabemos quiénes son los responsables de sus muchos sobrenombres entre benéficos y maléficos –como hubiera dicho Augusto Monterroso. Porque al Estadio Azteca lo han llamado: “el coloso de Santa Úrsula" (majestuoso); “el gallinero” (ingenioso); “el jardín del rey de la caja idiota” (despectivo) e igualito que sus patrocinadores (interesado).

Cuando por fin abrió sus puertas hubo invitados ilustres: el presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, el máximo jerarca de la FIFA, Stanley Rous, el regente capitalino Ernesto P. Uruchurtu y Emilio Azcárraga Milmo, dueño del terreno y del changarro futbolero. También, representando a la nobleza futbolística los presidentes de varios clubes: Guillermo Cañedo, del América; por el Atlante, Fernando González y por el Necaxa, Julio Orvañanos.

Cien mil espectadores fueron testigos de aquel primer encuentro: un partido entre las Águilas del América y el Torino de Italia, que quedó empatado a dos goles y cuya primera anotación no la hizo un mexicano sino el brasileño Arlindo.

Afortunadamente no tardaría en llegar 1970, cuando México sería sede de la Copa del Mundo, y el Estadio Azteca su recinto principal. Felices recuerdos quedaron en la memoria de muchos. No porque México obtuviera el triunfo, sino porque en nuestro palacio del futbol estuvo el rey Pelé.

El Mundial de 1986 también se inauguró en el Estadio Azteca. Cronistas, escritores y fanáticos celebraron estar juntos, con vida y en otra fiesta del futbol. Entre ellos, Carlos Monsiváis que, para su libro Entrada libre, compuso un texto llamado "¡¡¡Gool!!! Somos el desmadre”, que dice así:

"Toda inauguración es solemne y toda clausura es frívola. Presentación de los equipos de Italia y Bulgaria en el estadio. Los ojos de papel volando se combinan con la excitación medida y el auge psíquico bajo control. Las mieses humanas se agitan al ritmo de la ola. El griterío no ensordece, pero el ruido incesante hace las veces de sordera. La afición mexicana entrega su corazón y reserva sus emociones. México sigue en pie, afirma Cañedo, y se aprueba su sabio juicio al que sigue el halago a lo que aquí empieza, según el llamado por doquier, Mundial de la Comunicación. A la mención del presidente de la República la rechifla se intensifica y es la hora del disgusto de quienes se enteran de que las altas autoridades también van al fútbol. Miguel de la Madrid los saluda. Una rechifla alegre al que uno, ignorante de las costumbres del fútbol, atribuye al relajo o a los honores de ordenanza. Suena el himno nacional acompañado de 21 salvas de artillería que disciplina el desorden. El mariachi se arranca con el jarabe tapatío".

Surgirían otros autores y más libros. Uno de ellos "Dios es redondo" de Juan Villoro, que describe al Estadio Azteca como una suerte de catedral moderna donde se congregan las emociones colectivas. Informado y divertido, nomás abriéndolo puede leerse un texto de Rodrigo Navarro Morales, que a sus siete años dice así:

“En el principio Dios iba a la escuela y se ponía a jugar fútbol con sus amigos hasta que llegaba la hora de irse a sus salones. Aunque Dios sabe muchas cosas quiere aprender más y hacer cosas nuevas. Un día Dios dijo: hoy trabajé mucho y es hora de ir a recreo. Dios y sus amigos se pusieron a jugar fútbol y Dios chutó tan duro a la pelota que cayó en un rosal y se ponchó. Al explotar la pelota se creó el universo y todas las cosas que conocemos.”

Estamos a punto de inaugurar otra justa mundialista en el hoy llamado Estadio Ciudad de México pero que sigue y seguirá siendo el Estadio Azteca. Nuestra casa, palacio y catedral del futbol que, como bien dijo Eduardo Galeano, es la única religión que no tiene ateos.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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