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Opinión

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A nada de atravesar el espejo

Mariano Espinosa Rafful | Siempre hay otros

No hagas el bien si no tienes la fuerza para soportar la ingratitud. Confucio

Luego de la euforia, más de un golpe de realismo cruza el umbral de las ambiciones, ahí donde la seducción del poder los alcanza, para encarar el presente adverso de temas que vaya alborotan el entorno, donde cada quien fija posturas personalísimas, sin atreverse a mirarse ante una catástrofe.

El medio oriente continúa en ruinas, y los ataques no cesarán con declaraciones de alto al fuego a miles de kilómetros de distancia, entre 9 mil y 11,500 en línea recta; lo que también separa a los Estados Unidos de Irán; un país acusado de todo sin pruebas a la vista, en ese menú de pecados por parte del magnate de la casa blanca.

Venezuela nos queda menos distante, pero también nos olvidamos, hacemos como que no ha pasado nada, y las historias de sus muertos son aterradoras, hay que hacer por esa solidaridad sin lucrar con la perversidad de los resultados, esos que están siempre por encima del humanismo publicitario de los de siempre.

Pareciera que nos lleva tiempo despertar de esos sueños robados, las ilusiones que han dado un giro con una derrota que no es nuestra, aunque casi siempre nos colguemos de las victorias de los otros, los que las procuran, las trabajan y alcanzan metas indiscutibles en el deporte, las ciencias y hasta en la vida rutinaria.

Hemos dejado de escuchar a la sabiduría, porque los adultos mayores nos van dejando huérfanos de ideas, de los alcances de la madurez que también se equivoca, en los recovecos de las ansiedades y esas angustias de sabernos vulnerables, sin mediar ni mucho menos ubicarnos donde realmente estamos, al borde de precipicios nada imaginarios.

Los miedos desaparecen cuando el análisis y la síntesis concurren entre dos, porque la mente es admirable, empuja fuerte la salida de esos hechos consumados, en los recuerdos superados, de las negaciones de un infortunio menos, que alcanza a manifestarse en los cuestionamientos racionales de sus actos.

Nada resulta ser verdad sino va acompañada de repeticiones, en ese juego de un lenguaje cómodo, donde como García Márquez, guardando toda comparación que insulte su inteligencia, alquilarse para soñar como escribió en uno de sus cuentos, de mis favoritos por cierto de los escritores latinoamericanos y universales que conocimos en la juventud de mi existencia; porque pareciera que ahí estamos, en una tregua muy prolongada de distractores.

Con los años vamos aniquilando propósitos insalvables, la economía y sus aristas, comprar lo suficiente, agotar los tiempos de esas horas interminables frente a una realidad que abruma, con resultados extraordinarios que nadie voltea a mirar, porque la vida del empleado común, el de los pagos quincenales para abonarle a las deudas, es el denominador recurrente de millones de personas.

Y ante todo lo que discurre y ocurre a nuestro alrededor, con sentimientos en desencuentro por las desigualdades en todos los ámbitos de la vida, nos cuesta también aceptarnos en la derrota, no sabernos incluidos en el discurso de esas vanidades que presumen resultados que nadie conoce.

Porque quizá desafortunadamente o no, estamos a nada de atravesar ese espejo de las condenas perfectas, cuando aceptamos que no podemos cambiar ni un ápice, en los movimientos alternos, por las puertas que tocamos y que nadie abrió, por los rechazos que fueron tal vez irrelevantes, pero sobre todo por las heridas que van quedando en el cuerpo y que no son notorias, porque se reflejan nada más en el error.

ENTRE LÍNEAS

Hay que irnos preparando para estar peor y no mejor, ante esa escalada de subir precios a los productos que más consumimos, lo notamos y se resiente; desde la tiendita de la esquina de la casa o el depa; hasta el supermercado con ofertas y descuentos engañosos que nadie vigila ni constata.

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