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Opinión

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Asimetría: Estados Unidos y México

Isaac Katz | Punto de vista

En el artículo de la semana pasada (“Jugando con fuego”), apunté que para el gobierno de la presidenta Sheinbaum, en su relación con Trump, son tres temas los que destacan: el narcotráfico de fentanilo, la próxima revisión-renegociación del T-MEC y las exportaciones de petróleo y gasolina que ayudan a mantener a la dictadura cubana y que causan, por decir lo menos, molestia en el gobierno y en el Congreso de Estados Unidos. En una semana las cosas ya se complicaron.

Trump cursó sus estudios universitarios en la Universidad de Pensilvania, de donde se graduó con una especialidad (major) en Economía. Al parecer no aprendió lo básico: escasez, costo de oportunidad y ventajas comparativas. Su concepción del comercio internacional es totalmente errónea, ya que él lo ve como un juego de suma cero y considera que si Estados Unidos tiene un déficit comercial es porque los estadounidenses están subsidiando a los países con los cuales se tiene ese desbalance. De ahí que esté convencido de que imponer aranceles a las importaciones reduciría o eliminaría ese déficit, siendo que en el agregado el déficit frente al exterior (comercial y en la cuenta corriente de la balanza de pagos) tiene como contrapartida un déficit fiscal y un superávit en la cuenta de capitales.

Peor aún, Trump también está convencido de que los aranceles pueden utilizarse para lograr otros objetivos, como es el combate al tráfico de fentanilo en el caso de Canadá y México, debilitar al régimen islámico dictatorial iraní imponiendo ese gravamen de 25% a las importaciones provenientes de países que comercien con Irán y, la última de la semana pasada, castigar con un arancel de 10% a las exportaciones hacia Estados Unidos a ocho países europeos que se oponen a que él se apropie de Groenlandia.

En este escenario de disrupción de las reglas del comercio internacional provocadas por un Trump cada vez más proteccionista, nativista y xenófobo, además de su marcado desprecio del marco legal, varios países, entre ellos México, también han adoptado medidas proteccionistas, lo que ha contribuido a una destrucción neta del volumen y del valor del intercambio comercial internacional.

Otra respuesta al proteccionismo de Trump la protagonizaron China y Canadá, quienes la semana pasada acordaron una reducción recíproca de aranceles, el primero a productos agropecuarios canadienses y el segundo a vehículos eléctricos fabricados en China. ¿Cómo va a tomar el presidente este acuerdo? Supongo que no muy bien, por lo que no sorprendería que anunciara nuevos aranceles a exportaciones canadienses. Y todo esto en un contexto en donde Trump afirmó, de manera equivocada, que Estados Unidos no necesita el T-MEC. Pero, además, no hay que olvidar que en algún momento Trump afirmó que en lugar del T-MEC preferiría dos acuerdos bilaterales, uno con Canadá y otro con México.

Y es aquí en donde el escenario para México se complica. El TLCAN y, en menor medida, el T-MEC implicaron que tanto para Canadá como para nosotros el poder de negociación asimétrico a favor de Estados Unidos se redujera, ya que por las reglas pactadas en varios ámbitos de comercio, inversión y solución de controversias los tres países fueron tratados por igual. Esta asimetría volvería a ser relevante para Canadá y todavía mucho más para México en una negociación para llegar a acuerdos binacionales con los estadounidenses.

A diferencia del gobierno de Canadá, que desde el primer altercado con Estados Unidos en materia arancelaria adoptó una posición proactiva de negociación y de cabildeo, el gobierno de Sheinbaum decidió adoptar una posición reactiva, cediendo ante cada nueva amenaza arancelaria de Trump. Lo que se ha logrado, que no es desdeñable, es solo seguir posponiendo la entrada en vigor de esos aranceles generalizados a las exportaciones mexicanas. La estrategia para, en su caso, llegar a un acuerdo binacional tendría que ser una proactiva, con cabildeo, solos y de la mano con las empresas de Estados Unidos que también se verían dañadas por una ruptura comercial, dado que México es el principal destino de las exportaciones estadounidenses y proveedor clave en muchos sectores.

En una negociación bilateral hay que aceptar de entrada que Estados Unidos nos tiene agarrados del cogote, ya que un poco más del 80% de las exportaciones mexicanas son hacia este país y de ahí el poder asimétrico a favor de los estadounidenses. Perder el acceso preferencial a ese mercado tendría graves implicaciones para México, ya que prácticamente mataría el crecimiento económico no solo por la reducción de las exportaciones, sino también por la caída de la inversión.

Trump lo sabe y en la negociación pediría “las perlas de la virgen”, a saber: apertura y trato no discriminatorio en el sector energético, reconstrucción de los órganos regulatorios autónomos, fin de los envíos de combustible a Cuba, mayor cooperación en materia de seguridad y combate al narcotráfico, entrega de políticos ligados a los cárteles y más. Ante esto, el gobierno mexicano debe tener muy claro lo que costaría no llegar a un acuerdo, así como su estrategia y límites en la negociación. Acudir al Masiosare no sirve.

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