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Un chivo expiatorio en Madrid
La expresión “chivo expiatorio”, tiene un origen bíblico, en tiempo de los jueces modo de purificación popular, los sacerdotes escogían uno de esos animalitos y mediante un ritual lo cargaban con los pecados del pueblo que en el acto, quedaba purificado, las ofensas se olvidaban y santas pascuas para todos, ahí no había pasado nada y todos tan impolutos como recién nacidos; al chivo, desde luego, le iba con la peor parte, se le expulsaba de la ciudad y se le arrojaba al desierto para que muriera y con él las marcas y consecuencias de las culpas. Un método ingenioso sin duda, pero al final del día mágico porque he aquí que al otro día, el buen pueblo hebreo volvía, como todos los de la tierra, a arremeter unos contra otros y de nuevo a cargarse de pecados. La magia tiene efectos aparentes e instantáneos, pero para tristeza de muchos, tal vez de todos, no son duraderos.
A España le ha tocado ese vergonzante papel y lo lamento mucho, de verdad que sí. Verá el respetable lector, con España nos unen muchas cosas; primero, la más importante, el idioma y es que no sólo es la lengua en la que usted amablemente me lee, sino que es la lengua franca de millones y millones de personas en las dos riveras del océano; en México es la lengua mayoritaria y convive nutriendo y nutriéndose de otras lenguas nativas, en fin, que la lengua es el universo en que nos movemos, en el que soñamos y en el que somos; pero más allá de eso y quitando de por medio desde la conquista, colonización, occidentalización o como quiera que guste llamarlo, el lector atento tendrá mil y una razones para elegir la que a su juicio mejor represente aquel pasado remoto, España y México ha ido tejiendo una serie de encuentros que generan experiencias comunes y una vivencia casi familiar.
Nuestras lecturas son casi las mismas y no es raro que se piense que don Félix Candela, que proyectó el Palacio de los Deportes y alguna parte de la Ciudad Universitaria era mexicano, o quien piense que Alfonso Reyes es español y es esa confusión la que nos hace pensar en el trasiego de personas, ideas, ideales y aspiraciones que circulan entre ambos pueblos; vaya, de muchas maneras somos un poco España y allá, los españoles son un tanto México también.
El problema de las diatribas en el ámbito diplomático es que todas tienen consecuencias; las relaciones internacionales son el ámbito donde nada se olvida, todo cuenta y hasta los gestos son razones de Estado y ello por la calidad de quienes juegan en esa liga; son personas de derecho internacional - coinciden los estudiosos de la materia - los estados, los organismos internacionales, públicos y algunos privados y los grupos beligerantes reconocidos por la comunidad internacional, son personas en el sentido de que participan de la formación y ejercicio de su derecho y su política y por lo tanto cualquier cosa que dicen, hacen o sugieren se puede usar y de hecho se usa, en su favor o en su detrimento, pero nada es despreciable ni ocasional.
Desde siempre, la política internacional sirve para potenciar la política interna; así Cárdenas con la República Española logró fortalecer su discurso revolucionario; Echeverría con el asilo al depuesto gobierno de Allende y a sus miles de exiliados, ensayó el liderazgo regional y también buscó afianzar su legitimidad en la dolida izquierda de la época; no se debe hacer nada cuyas consecuencias no se deseen, no se debe hacer nada esperando que nada vaya a pasar, en fin, que las cosas no se hacen nomás por que sí, menos en el ámbito de las relaciones internacionales.
No existen las pausas en el derecho internacional, hay relaciones y rupturas, las relaciones internacionales pueden enfriarse - como cuando se deja sin embajador una sede por mucho tiempo -, pero no se pausan; cuando una relación internacional se enfría, los intercambios comerciales se empobrecen o se dificultan, la relación política debe ser tratada con mayor cuidado porque se vuelve explosiva y bueno, si enfriamos o nos distanciamos del venerable reino de Bután, cosa que no deseamos ni pretendemos, pues es un problema, pero cuando eso sucede con nuestro segundo socio comercial, con una población de varios decenas de miles de ciudadanos de cada estado viviendo en el otro y con un antecedente humano y cultural tan complejo, pues las cosas tienen otro color.
Porque en el fondo, ambos países viven una dinámica que supera a sus gobiernos, se trata de países cuya relación tiene una lógica particular en sus relaciones y que está muy por encima de las capacidades y facultades políticas de quienes detentan la representación internacional y diplomática. Esa inercia, esa lógica continúa y no puede ser detenida, al final del día crea presiones y termina volviéndose contra quien trata de escapar de ella, porque seamos francos… caramba que macabro juego de palabras, ni siquiera Cárdenas que tenía razón en la ruptura de relaciones con la España del dictador, ni los subsecuentes gobiernos que mantuvieron el ideal y el gobierno republicano, embajada incluida, pudieron impedir que Agustín Lara escribiera Granada y Madrid sin haberlos visto nunca o que en México, Max Aub escribiera la verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, que las familias se las ingeniaran para visitarse, que hubiera un representante oficioso de la dictadura o que los productos españoles llegaran a nuestro país pasando mil y una peripecias; sobre todo, no pudieron impedir que leyéramos a Ortega y Gaset o a Camilo José Cela; aquellos movimientos fueron tolerados por décadas porque nuestra diplomacia sabía, como lo sabe ahora, que se pueden dar órdenes a un almirante, pero no a la marea.
En fin, que no hay pausa insisto, no la habrá porque somos un solo continente, el de la Ñ, pero lo que habrá son consecuencias y una de ellas, la primera, es que no tenemos necesidad de trenzarnos con Panamá o con España, que no se nos ha perdido nada en Ucrania y que, si de verdad tuviéramos una diplomacia cultural la veríamos ahora moviéndose a toda velocidad para restaurar el estropicio que una diatriba que aparentó ser justiciera, causó sin que los ciudadanos lo quisiéramos o lo comiéramos.
*El autor es Abogado y Escritor.
Twitter: @cesarbc70