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¡Sálvese quien pueda!
Ni siquiera los vecinos de la cuadra se conocen, ni quieren conocerse. Sólo se mira una monstruosa infraestructura en servicio de la máquina: el coche.
¿Qué son 30 o 50 milenios en comparación con la existencia del hombre sobre la Tierra, estimada en 2 millones de años; la piedra para cortar encontrada en Olduvai, Tanzania, o los restos humanos, de medio millón, en la Sierra de Atapuerca, España?
Durante tan larguísimo tiempo vivió a salto de mata, nómada según la escasez o abundancia de subsistencias, en grupos de doscientos de individuos como máximo, mucho más de los que van a concurrir a nuestro velorio, a los nombres que tenemos registrados en el celular o en cualquier artilugio up to date que sirve para andar como autistas.
La aparición de megalópolis es recientísima. Las de la antigüedad, en el Indo, el Tigris, el Éufrates y el Nilo, tuvieron, cada una, el mismo número de habitantes que la actual Tenancingo. La nuestra, México, tiene la friolera de 75 delegaciones y municipios devorados.
Cierto, no hay nada más devorador del ánima y del ánimo que tales engendros. Escribe Daniel Grotta en su libro sobre Tolkien y sitúa el decir ¡A principios del siglo XX!:? Desaparecían los bosques, los campos se transformaban en pueblos y los pueblos en suburbios y estos acababan absorbidos por las ciudades... Día con día, el campo y las tierras de labor se encogían... .
Por un lado, a esta polis nuestra ingresan comarcanos en busca de chamba o de seguridad. La aglomeración impide las relaciones humanas y destruye familias, horas dilapidadas en trabajo y transporte, amén de la enajenación de la TV.
Por otro lado, los círculos de vivienda, léase miseria, nos rodean y amenazan con ahogarnos. Constantes en esta forma de vida son violencia, ruido y anonimato. Ya no hay comunidades cuya historia promover.
Ni siquiera los vecinos de la cuadra se conocen, ni quieren conocerse. Sólo se mira una monstruosa infraestructura en servicio de la máquina: el coche. De la urbe, la fábrica y el gobierno, líbranos Señor , son los tres jinetes maléficos que menciona Luis González y González.
Sabido es que si queremos hacer algo por la sociedad, hagámoslo con nosotros mismos y con los que nos rodean. Aparte de centrar la atención en esta minúscula familia hay que promover todo lo que entrañe fuerza centrífuga, del centro a la periferia: el valor para emigrar y tener mayor calidad de vida aunque se gane menos, el impulsar los viajes en provincia y la riqueza cultural de las localidades pequeñas y medianas.
paveleyra@eleconomista.com.mx