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Pregones de otros meses de mayo
Un buen periódico, dijo alguna vez el escritor Arthur Miller, es una nación hablándose a sí misma. Y es verdad que cada uno escribe de cuándo, dónde y cómo le ha ido en la feria. La nuestra fue muy peculiar y el origen del periodismo mexicano singular como ninguno.
Las noticias comenzaron a difundirse en el siglo XVI, cuando por las calles de la capital de la Nueva España los famosos pregoneros las gritaban a todo pulmón, acomodados en plazas públicas o en sitios de gran concurrencia como los mercados. Nada de fajos de papeles ni puestos de la esquina.
Fue hasta mayo de 1539, cuando, a instancias del arzobispo fray Juan de Zumárraga llegó a radicar a la Nueva España el impresor italiano Juan Pablos, que México supo de las posibilidades de la imprenta. De manera paulatina se fueron instalando talleres de impresión y, poco a poco, las noticias en voz alta fueron sustituidas por tinta y papel. Comenzaron a circular las hojas volantes, el primer medio informativo, antecedente de los periódicos. Una de las más antiguas que se conocieron llevó una nota de carácter internacional: el aviso de un terremoto en Guatemala, devastador evento que ocurrió en noviembre de 1541, y que los mexicanos leímos hasta mayo del año siguiente, horrorizados como si fuera desgracia de última hora. Su largo título textualmente decía: “Relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias en una ciudad llamada Guatimala. Es cosa de grande admiración y de grande ejemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos apercibidos para quando Dios fuere servido de nos llamar.”
Después de aquello, las hojas informativas comenzaron a circular en nuestro país. Una de las favoritas la que se llamó El Mercurio Volante, editada por el muy ilustrado y amigo favorito de Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora, con noticias de carácter histórico y científico, fiestas, remedios y anuncios varios. Un medio donde era posible encontrar desde columnas de opinión, ensayos, poesía y temas desde astronomía hasta el cultivo de las zanahorias. Así, poco a poco, la práctica del periodismo comenzó a ser considerada necesaria, la pluma, finalmente, se reveló como un arma más efectiva que las balas, y la imprenta como herramienta imprescindible para dar batalla (contra las opiniones, las ideologías o los adversarios de cada etapa).
Fue justo en 1810 –con oportunidad periodística– cuando apareció El Despertador Americano, fundado por el cura Miguel Hidalgo. No fue ni manifiesto, loa, edicto o justificación, solamente el inicio del periodismo político en México. Verdadera inspiración para los diarios posteriores, donde pronto fue muy evidente que con las piedras que la prensa lanzaba podían erigirse monumentos o destruirse mausoleos.
Los enfrentamientos por el poder político serían los temas más ventilados por la prensa durante todo el siglo XIX y las primeras décadas del XX, y las contiendas ideológicas se verificarían en dos escenarios paralelos, totalmente diferentes, pero igual de importantes: los campos de batalla y las páginas de los periódicos. En la contienda electoral de 1867, por ejemplo, donde por vez primera se disputaron la presidencia las tres figuras más importantes de la vida política mexicana de la época: Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, los periódicos tuvieron un papel importantísimo. La radicalización de las posturas entre Lerdo y Díaz y sus respectivos seguidores, dividió a la prensa en dos grupos totalmente polarizados. Publicaciones como, por El Tecolote, La Ley del Embudo o La Carabina de Ambrosio defendieron la causa de Lerdo, en tanto otras como El Ahuizote, El Cascabel o El Padre Cobos, procuraban el cuidado de la campaña de Díaz. Don Porfirio no tardaría en ascender a la presidencia de la República y a relacionarse con la prensa a la más clásica manera de un dictador: enviando a la cárcel a periodistas enemigos, cerrando periódicos e inventando los suyos, amenazando y tirando línea para escribir sobre de la paz porfiriana y el progreso.
Las últimas semanas de mayo de 1911 fueron las más duras para los periódicos capitalinos. Sentados en sus curules, despachando en sus oficinas, disfrutando de sus fiestas, viviendo en sus anchas casas, la clase más pudiente, la más cercana al gobierno, la que había confiado en que el levantamiento armado desaparecería en un santiamén, comenzó a leer en los periódicos otra cosa: que Madero había convencido a la población con sus promesas de otro floreciente destino. La prensa reportó, al amanecer una soleada mañana de mayo, a varios amotinados afuera de Palacio Nacional pidiendo a gritos cada vez más fuertes la renuncia del presidente. Al día siguiente, 25 de mayo, se supo que Porfirio Díaz había firmado su renuncia y partiría hacia Veracruz para tomar un barco que lo llevaría lejos. Y aquella noticia sobre la silla vacía en la que don Porfirio se había sentado los últimos 30 años fue la más leída de la semana.
Todo es hoy muy distinto, podría pensar usted lector querido, pero en realidad nada ha cambiado. Las letras y las voces, hoy las pantallas, toda plataforma digital o página de tinta siguen reporteando y reportando igual. Esperando pregonar y dar la nota de otra silla que desde hace muchos mayos es la misma.