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Plaza Tahrir
La renuncia forzada de un Presidente no trae efectos duraderos en la felicidad de la población a mediano plazo y tiene consecuencias económicas negativas.
Aquí y en China (Venezuela o Egipto) la gente valora su libertad.
El 11 de febrero del 2011, Mohammed Hosni Mubarak, de 82 años, renunció a su cargo después de 18 días de protestas, cuyo epicentro fue la Plaza Tahrir (El Cairo), ahora símbolo de la revolución y la libertad en Egipto.
Gobernó casi 30 años (menos que Porfirio Díaz en México). En 1981, después del asesinato de Anwar el-Sadat, Mubarak llegó a la Presidencia. Luego, fue reelecto cuatro veces. La elección más reciente fue en el 2005 y la próxima estaba prevista para septiembre del 2011.
Entre el 2005 y el 2010, el Producto Interno Bruto (PIB) de Egipto creció anualmente, en promedio casi 6 por ciento. Nada despreciable. Pero la tasa de desempleo en el 2010 fue cercana a 9% y la de inflación fue de 11 por ciento. Los ciudadanos no sólo quieren mejores condiciones materiales de vida. Por ejemplo, antes de la salida de Mubarak, las promesas de cuatro opositores (Hermandad Musulmana, Asociación Nacional por el Cambio, Movimiento Egipcio por el Cambio y Movimiento Juvenil 6 de abril) incluían principalmente cambios políticos (reformas democráticas y constitucionales coherentes con la ley islámica; restringir los poderes presidenciales; limitar el mandato del Presidente a dos periodos; finalizar el estado de emergencia; etcétera), además, de controlar los precios de los bienes esenciales, apoyar el desarrollo de nuevas tecnologías y el acceso de los ciudadanos a Internet, etcétera.
El Legatum Institute, de Reino Unido, publica un índice de prosperidad. En el 2010, Egipto estuvo en el lugar 89 (México: 53; Venezuela: 75) entre 110 naciones (representan más de 90% de la población mundial). La posición más baja de Egipto fue en libertad personal (109) y la más alta, en educación (63). Las otras fueron: 95 en capital social, 84 en espíritu empresarial y oportunidad, 78 en gobierno, 77 en seguridad y protección, 72 en economía y 69 en salud.
Algunas conclusiones del Legatum Institute fueron:
1. Los egipcios tienen muy pocas libertades y están insatisfechos.
2. Aunque la tasa de matrimonio es alta y las redes religiosas son fuertes, pocos dicen que tienen a alguien en quien confiar.
3. La desigualdad y la falta de acceso a la tecnología socavan la innovación y el espíritu empresarial.
4. El gobierno de Egipto tiene elementos democráticos, pero sigue siendo autocrático.
5. Los problemas de seguridad nacional constituyen una amenaza para los ciudadanos.
6. A pesar del crecimiento robusto, los egipcios tienen bajas expectativas y malas perspectivas de empleo.
7. Un mayor gasto en salud y una mejor infraestructura podrían mejorar los estándares de salud.
8. A pesar de la falta de acceso a la educación y la insatisfacción general, Egipto tiene una fuerza laboral educada.
La renuncia forzada de un Presidente no trae efectos duraderos en la felicidad de la población; con frecuencia, a mediano plazo, tiene consecuencias económicas negativas. El 7 de febrero pasado, en medio de la turbulencia política, un banco de inversión redujo su previsión del crecimiento del PIB de Egipto de 5.3 a 3.7 por ciento.
Antes (agosto del 2010), Political Risk Services pronosticó para el 2011-2015 tasas anuales diferentes en función de tres regímenes: si el Partido Nacional Democrático permaneciera en el poder, 5.9%; si gobernara una alianza militar-civil, 3%, y si fueran los fundamentalistas, 1 por ciento.
fnunez@eleconomista.com.mx