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Mujeres y poder: Testosterona
¿Cómo se decide en una estructura patriarcal el reconocimiento profesional y la promoción de las mujeres? ¿Cómo viven las profesionistas las responsabilidades que impone un alto cargo? ¿Cómo inscriben en ese ámbito su vida personal y sus deseos? ¿Qué desechan y qué conservan de la femineidad tradicional y por qué? ¿Hasta qué grado están dispuestas a arriesgarse para obtener poder? ¿Cómo se juegan pasión y razón en momentos cruciales de la vida? Sabina Berman explora éstas y otras facetas de la complicada relación de las mujeres con el poder – aún masculino – en Testosterona, comedia inteligente y fresca, con destacadas actuaciones y atractiva escenografía.
La trama puede parecer sencilla. Antonio, director de un prestigioso diario, está por dejar su puesto y debe proponer a su sucesor, o sucesora. Además de la trayectoria de Beteta y Alex, como llama a su subdirector y subdirectora, asegura que tomará en cuenta sus propuestas para el futuro del diario, los argumentos que le den para justificar su ascenso y, también, el grado en que preserven su legado. En menos de 24 horas la decisión estará tomada, pero nada sucederá conforme a la etiqueta puramente profesional.
A lo largo de la entrevista y la noche que Antonio pasa con Alex, la amable subdirectora que se ha encargado de comprarle los regalos de Navidad para su familia, se desenvuelve una historia más compleja, con subtramas que recorren los terrenos del deseo, la corrupción y los juegos del poder. Ex discípula de Antonio, Alex tiene con él una relación laboral cargada de pasado, en que se mezclan admiración y deseo, respeto y familiaridad. Al cabo de veinte años de colaboración en el diario, ella se ha ganado prestigio y reconocimiento; ha demostrado su capacidad de trabajo y su sentido ético. Durante la entrevista se hace evidente que tiene la experiencia y las cualidades profesionales para suceder a su jefe y que éste la aprecia.
¿Basta la excelencia para triunfar? ¿y para competir y ganar en un mundo de hombres? La respuesta no es evidente. Como suele suceder, la autopromoción no es el fuerte de la mujer, ni su trabajo habla por ella, ni la ética se aplaude como cree quien la valora. Las características o vicios de un competidor, por despreciable que parezca, pueden resultar cualidades indispensables en un sistema donde se juegan dinero, poder y prestigio. En ese territorio, todavía masculino, más que dedicarse en cuerpo y alma al trabajo o defender principios, hay que saber enfrentar las trampas (¿y ponerlas?), aprender a defenderse del rival ¿y usar sus armas?
Además de plantear un dilema ético que sin duda atraviesa la vida de los medios y otras instituciones, Berman sitúa a sus personajes, Antonio y Alex, en una encrucijada donde aflora el deseo y los impulsos chocan con los dictados de la razón. Aunque Alex ha dejado, como muchas profesionistas, su vida personal y amorosa en segundo plano, se deja llevar por la pasión justo cuando está en juego su futuro. ¿Pierde el control o parece perderlo?
Aunque la respuesta a esta pregunta es decisiva para determinar los motivos de Alex, queda abierta a la interpretación de cada quien, porque las relaciones afectivas no pueden leerse, ni se viven, en blanco y negro. “El corazón tiene razones que la razón desconoce” y las pasiones no son lineales.
En todo caso, Alejandra demuestra que sabe que “las niñas buenas no hacen historia”, como comprobarán quienes asistan a la obra, cuyo desenlace provoca entusiasmo y deja a la vez, en esta espectadora, nuevas preguntas: ¿Es indispensable la testosterona para tomar y ejercer el poder? ¿Es posible modificar las relaciones de género dentro de las estructuras, verticales, autoritarias, existentes? ¿Cómo transforma el poder a las mujeres? ¿Cómo pueden ellas transformar los ámbitos de poder?
Con la excelente actuación de Cecilia Suárez y Enrique Arreola, bajo la dirección de Ana Francis Moor y producción de Isabelle Tardan, Testosterona divierte e invita a reflexionar sobre un tema fundamental en estos tiempos marcados por el #MeToo, y el proceso electoral.